El caos de Lissner en París y Nápoles

La Ópera de París no levanta cabeza. Empezó el año sin música, arrastrando las huelgas convocadas desde el 5 de diciembre por la reforma de las pensiones y los chalecos amarillos, y lo acabará también sin espectáculos y sin director. El consejo de administración ha aprobado la realización anticipada de las obras de renovación de varios espacios escénicos a partir de julio, una decisión que han impulsado las dificultades de llevar a cabo la programación prevista a causa del coronavirus.

Estas se prolongarán hasta mediados de noviembre en la Ópera de la Bastilla y hasta finales de 2020 en el Palais Garnier. La Bastilla reabrirá sus puertas el 24 de noviembre con «La traviata» en una producción de Simon Stone inicialmente programada en el Palais Garnier. El año se cerrará con la producción de Calixto Bieito de la «Carmen» de Bizet, y la coreografía de «La Bayadère» que firma Rudolf Nureyev. La programación se retomará según se ha anunciado a partir de 2021.

Por otro lado, Stéphane Lissner ha puesto pies en polvorosa, abandonando sus funciones el 31 de diciembre, seis meses antes de que acabe su contrato. Según los diarios franceses, el director ha tomado esta decisión para dejarle el camino libre a su sucesor, Alexander Neef, quien deberá elaborar un plan de recuperación económica que palíe las pérdidas de las huelgas de enero –estimadas en 14.5 millones de euros–, y las del coronavirus, calculadas en cerca de 31 millones. En total, más de 40 millones. Todo un éxito al final de sus seis años de mandato, que él trata de justificar . «La situación podría compararse con la de sanidad. En el teatro, como en los hospitales, cada vez faltan más recursos y la situación de sus trabajadores es muy similar a la de los enfermeros, con contratos intermitentes, mal remunerados y en una situación precaria», aludiendo en referencia a los 1.600 empleados fijos y 200 temporales de la Ópera de París.

No suena “La flauta”

Todo ello para justificar su huida y aterrizaje en el San Carlo de Nápoles, donde ha aumentado los problemas nada más llegar. Designado por unanimidad en el Consejo de Dirección, Lissner no contó con la aprobación de todo el equipo. El director musical del teatro, Juraj Valcuha, declaró que no renovaría su contrato. A ello se sumó ahora el coronavirus, una de cuyas primeras consecuencias fue la cancelación de las ocho funciones programadas para «La flauta mágica». Lissner envió a su casa a los artistas, tras semanas de ensayos, sin pagarles ni caché, ni hotel, ni viaje, según la prensa italiana y el programa de la RAI «La Barcacccia», que está dedicando emisiones a analizar la situación lírica en Italia.

Pero el escándalo en Nápoles es aún mayor. Lissner decidió, a través de su director de casting, cancelar los contratos firmados con cien artistas de las representaciones de los títulos suspendidos y programar estos al aire libre en concierto, en fechas posteriores, con los llamados «big», como Netrebko, Eyvazov, Tézier, Pirozzi, Kaufmann o Rachvelishvili, entre otros, para «Tosca» y «Aida». La justificación, según ha denunciado La Barcaccia: «Los cantantes italianos no tenían el nivel». Naturalmente estos perjudicados han puesto el asunto en manos de abogados. ¡Menudo aterrizaje el de Lissner en Nápoles! Y toda Italia se está volviendo a reír del célebre vídeo de la televisión francesa en el que es incapaz de reconocer las arias, cantadas por Callas, de «La Wally», «Forza del destino» y «Tosca», acertando solo con «Carmen». ¿En qué mundo estamos? ¿Cómo es posible que personajes así puedan dirigir teatros de primer nivel? Son las preguntas en la prensa italiana. ¡Cómo añoramos a los Ghiringhelli o los Bing!