“La Traviata” en el Real: Emoción frente a virus

Nuestro crítico Arturo Reverter asiste al regreso de la ópera en Madrid con la obra de Verdi

Las circunstancias han hecho que uno de los títulos más populares de Verdi, también uno de los que más veces ha visitado su escenario, haya debido exhibirse con arreglo a las limitaciones impuestas por las autoridades sanitarias: reducción del aforo en un 50 por ciento, movimientos entre los cantantes muy regulados, orquesta situada en el foso de mayor tamaño… Aún así la música ha planeado victoriosa haciendo frente al virus y embargando de emoción al respetable. Hay que aplaudir la valentía del Teatro.

Los pliegues psicológicos del personaje principal, sus sufrimientos y anhelos, su íntima tragedia aparecen maravillosamente recogidos en una partitura de una minuciosidad increíble, cuajada de claroscuros, de melodías difícilmente olvidables, de muy avanzadas propuestas de construcción de un sugerente y conversacional recitativo dramático. Todo ello presidido por un soberano empleo de la armonía, que planifica los colores y las palpitaciones del ánimo, y de una discreta y climática orquestación, propia ya del Verdi maduro, pasados con éxito los años de galera, en los que el músico se fue fogueando hasta alcanzar la plenitud.

Castaldi ha preparado una escena sobria, trabajando bien el gesto, la actitud y dotando de emoción a determinados momentos, como el extenso y magistral dúo –auténtico núcleo expresivo de la obra- entre Germont y Violetta. Coro estatuario, “griego” y parcos y escasos objetos. Suficiente cuando la música es la que es y está aceptablemente servida por una batuta de la competencia que tiene la de Luisotti, que ama esta partitura, como demuestra el cuidado exquisito con el que dibuja y planifica los preludios del primer y tercer acto. Sabe respirar con las voces y anima de continuo con su expresivo gesto, con el que, sin embargo, no pudo resolver algunos problemas de ajuste en el primer acto, en el que, como en ciertos pasajes del segundo, no reconocimos el imperturbable tempo-ritmo verdiano; así en la escena del juego, en donde el imperioso 6/8 quedó en ocasiones diluido. La Orquesta, pasajeramente falta de empaste, funcionó bien. Coro acertado, sobre todo en el segundo acto.

Marina Rebeka posee una buena voz de soprano lírica, suficientemente extensa, aunque con evidentes tiranteces en la zona sobreaguda. Con buen criterio no se fue al Mi bemol 5 (no escrito) en el cierre de la “cabaletta”. El timbre es penetrante, aunque exento de terciopelo, escasamente sensual, pero la cantante delinea con gusto, con pianos de buena factura (“Dite a la giovane”) y correcta expresividad. No nos tocó la fibra cordial en “Addio del passato” (cantado sin repetición). A mucho menor nivel su Alfredo: Fabiano es un tenor de agradable centro y agudo generalmente abierto y destimbrado, esforzadísimo en su “cabaletta” “O mio rimorso”, expuesta sin repetición. No se atrevió, con buen acuerdo, a cerrar con el Do 4 no escrito. Frasea falto de línea y emplea un falsetillo poco lustroso.

Mucho mejor Rucinski, si hacemos abstracción de su tendencia a practicar inesperadas elongaciones y portamentos podo edificantes. Pero es un barítono lírico de buena extensión, agradable color y fraseo bien cincelado. En el final de un bien expuesto “Di Provenza” aprovechó para hacer una extensísima frase sin respirar admirablemente regulada. De todas formas le faltó algo de empaque. Buena colaboración general de los secundarios, casi todos españoles (¡Bien!) con dos meritorias mezzos líricas al frente: Sandra Ferrández (Flora) y Marifé Nogales (Annina).

Arturo Reverter