Beethoven ya no sonará igual

La OCNE presenta temporada con unas medidas en las que se reduce el tamaño de la orquesta, a la vez que se pondrán mamparas a los instrumentos de viento para evitar contagios

Pongámonos de andar por casa. Si no lo han hecho ya, prueben a organizar, por ejemplo, una barbacoa con sus amigos siendo todo lo meticulosos y responsables que se debe ser a día de hoy. Distancia, mascarilla, geles, etcétera. Y si pueden, para evitar el intercambio de miasmas y demás peligros, sepárense unos de otros con trasparentes metacrilatos. No tardarán en sentir algo así como estar dentro de una pecera o en los boxes de partida de una carrera en el hipódromo. Eso sí, todo «covid free». Lo cual no es criticable, pues es lo que toca hasta que lleguen tiempos mejores (o, simplemente, la vacuna contra el bicho). Después de toda la parafernalia, se habrá disfrutado de una maravillosa jornada junto a los colegotes, aun sin ser lo mismo de antaño.

Similares serán las sensaciones en el Auditorio Nacional cuando se retome la actividad (medio) normal en septiembre. Ayer presentaba la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) temporada y David Afkham, como director titular y artístico de la misma, no se escondía: «La distancia no ayuda». Reconoce de la nueva situación que «no es fácil» porque suena diferente. Ya no valen las orquestas de cien componentes, ahora se reúnen 48 o 50 y gracias. «Musicalmente, debemos acostumbrarnos», asume un Afkham que ya no ve el conjunto como un bloque compacto, sino como algo «grande, ancho...». Hasta se siente «solo sin un compañero al lado». Porque, digámoslo, los 1,5 metros resultan fríos. Sin embargo, son lentejas (y aquí no vale, como en el refrán, dejarlas). «Es un proceso al que debemos acostumbrarnos» y, de hecho, «cada día nos escuchamos mejor». Y es que no es solo la distancia lo que difumina el poder de coro y orquesta, sino también el metacrilato que separará al viento del resto. La única manera de que esos pulmones poderosos no se conviertan en un «megatrón» vírico en el caso de que hubiera alguna traza de Covid.

Dicho esto, también se puede reconocer la inteligencia de la OCNE a la hora de programar. Que no se pueden hacer grandes dispendios operísticos, pues recurrimos a Beethoven. Un clásico que no requiere centenares de instrumentos para recuperar su esencia. Por ello se ha dedicado al compositor alemán la primera parte del curso, de septiembre a diciembre, cuando no entren más de 50 instrumentalistas en el escenario y el coro ande desperdigado por bancos, tribunas y laterales. Medidas, por otro lado, incompatibles con la programación de piezas como «Fidelio» (demasiado larga ahora que tampoco se pueden hacer descansos) o «preconciertos» en las salas del Auditorio, en vistas de evitar aglomeraciones de más. Otra normalidad será la de enero en adelante, en la que se confía recuperar las viejas costumbres y en la que, ya sí, Beethoven sonará a lo que nos tenía acostumbrados.