El milagro del Vístula

El 1920, el triunfante Ejército Rojo avanzaba imparable sobre el corazón de Europa. Polonia sería el dique de la marea soviética

El mariscal polaco Józef Piłsudski al frente de sus tropas
El mariscal polaco Józef Piłsudski al frente de sus tropasLa RazónLa Razón

“¡Hurra!”. Fila tras fila, calada la bayoneta, sorteando las explosiones de los proyectiles de artillería, con el ánimo encendido y dispuestos a morir si era necesario, los soldados de la 27.ª División soviética del Frente del Oeste del general Mijaíl Tujachevski se abalanzaron contra las defensas polacas de Varsovia cerca del pueblo de Radzymin. Las tres filas de alambradas y dos dispositivos de trincheras que los defensores habían construido a toda prisa parecían endebles, y de hecho no tardaron en ceder. Muchos de aquellos atacantes cayeron segados por las ametralladoras, pero muchos más consiguieron llegar hasta su objetivo más allá de las alambradas, saltar dentro de las trincheras e iniciar una lucha brutal contra los hombres del 47.º Regimiento de Fusileros polaco. Poco a poco, los defensores empezaron a ceder. Desanimados por semanas de retirada, reforzados por voluntariosos reclutas con mucha voluntad pero poca experiencia, los polacos echaron la vista atrás y, cuando uno de ellos, cualquiera, decidió escapar, abrió una compuerta por la que, como una riada, todo aquel sector del frente se desmoronó. La gran ofensiva soviética del verano de 1920 parecía a punto de alcanzar su objetivo.

El 12 de agosto de 1920, tras dos meses exitosos avances y tras haber recorrido más de 600 km desde sus puntos de partida en orilla del río Berézina, en el interior de Bielorrusia, los ejércitos soviéticos del Frente del Oeste del general Tujachevski habían llegado al fin ante Varsovia. En aquel momento, los atacantes, organizados en cuatro ejércitos, sumaban unos 101.000 hombres, tal vez hasta 130.000, contra 68.000 polacos en teoría desmoralizados tras una larga retirada de derrota en derrota. Lo que el jefe soviético no sabía era que aquellos hombres, muchos de los cuales eran voluntarios recién llegados y llenos de ardor guerrero, luchaban ahora por su capital y estaban dispuestos a todo. El plan del Ejército Rojo era que una parte menor de sus fuerzas atacara de frente a los defensores mientras el grueso rodeaba Varsovia por el norte, pero no contaban con dos personajes clave: el general Władysław Sikorski y el mariscal Józef Piłsudski.

Los combates por Radzymin, en el camino directo hacia Varsovia, comenzaron el día 13, mientras tres de los ejércitos atacantes se desplazaba por la orilla norte del Vístula. Frente a ellos se encontraba Sikorski con un ejército apenas organizado y que no tenía mucho más allá de 26.000 efectivos, con tan solo dos opciones: resistir y ser arrollado, o atacar, tal vez para ser derrotado contundentemente, pero también con la posibilidad de sorprender al enemigo. El jefe polaco eligió la segunda opción y fue enviando a sus tropas contra el enemigo nada más disponer de ellas, la batalla por las orillas del río Wkra rugió durante días, hasta que, desorganizados, sorprendidos y agotados, los soldados rusos empezaron a ceder terreno.

Mientras Sikorski avanzaba lentamente, desbaratando a un enemigo todavía fuerte, en el centro, los defensores de Varsovia se habían repuesto de los reveses y las retiradas iniciales. En ninguno de estos sectores iba, empero, a conseguirse la victoria. Se dice que, en la noche del 5 al 6 de agosto, encerrado en sus aposentos, el mariscal Piłsudski se situó frente a los mapas de operaciones y se puso a reflexionar en busca de una forma de evitar la derrota que avanzaba hacia Varsovia a pasos agigantados. Tras una noche insomne, y con la ayuda de su jefe de estado mayor, el general Tadeusz Rozwadowski, el día 6 partieron las órdenes que obrarían el milagro.

El 16 de agosto de 1920, desde la orilla del río Wieprz, muy al sur de Varsovia, dos ejércitos polacos atacaron hacia el norte contra el flanco de Tujachevski, que había concentrado sus fuerzas ante Varsovia. El avance fue veloz, la resistencia prácticamente inexistente, en apenas dos días la reserva polaca, dirigida por Piłsudski en persona, asaltaba por sorpresa al más meridional de los ejércitos soviéticos y empezaba la destrucción, una tras otra, de sus divisiones. Aquella acción debería de haber sembrado el estupor entre los atacantes, haberlos parado en seco y obligado a reconsiderar sus opciones, pero no fue así. La carencia de un sistema de comunicaciones adecuado hizo que los generales del Ejército Rojo que combatían al norte del Vístula siguieran avanzando como si todo estuviera sucediendo conforme a lo previsto, hasta que, uno tras otro, recibieron el choque de la contraofensiva polaca. A partir de entonces el frente de Tujachevski se desmoronó, oficiales y combatientes tuvieron que retirarse en plena confusión, unidades enteras se dispersaron o fueron capturadas mientras otras entraban en Prusia Oriental, provincia alemana, para ser internadas hasta el final de la guerra. Se había obrado el “milagro del Vístula”, Varsovia, la renaciente república polaca y quizás toda Europa central, se habían salvado.

Para saber más...

“Varsovia 1920”, Desperta Ferro Contemporánea (n.º 40), 68 páginas, 7euros

Revolución e independencia, el salvaje Este de Europa

En noviembre de 1918, cuando Alemania firmó el armisticio que daría fin a la Primera Guerra Mundial, los ejércitos del káiser, que habían sido derrotados en el oeste, aún controlaban un inmenso espacio en el este. El derrumbe de la Rusia zarista tras las revoluciones de 1917 y, ahora, la retirada de las fuerzas alemanas tras su propia derrota, convirtieron aquellas extensiones en una tierra sin gobernantes que diversas nacionalidades decidieron aprovechar para declarar su independencia, entre ellas Polonia. La Mancomunidad Polaco-Lituana había sido un estado tan extenso como poderoso, antes de su destrucción y reparto entre tres imperios –Alemania, Austria-Hungría y Rusia–, y sus habitantes decidieron aprovechar este vacío de poder para reconstruir el país. El gran problema, por supuesto, iba a ser fijar las fronteras, y para ello tuvieron que entrar en conflicto con todos sus vecinos. Las disputas en los lindes occidentales no tardarían en ser resueltas por los vencedores de la Primera Guerra Mundial, pero el enemigo más poderoso, el naciente imperio bolchevique, estaba al este. El conflicto que siguió empezó siendo una lucha no declarada en 1919, para convertirse en guerra abierta en la primavera de 1920 tras la conquista polaca de Kiev. Los meses siguientes verían desarrollarse acontecimientos cruciales para Europa pues el objetivo final de la ofensiva soviética era el continente entero, la revolución mundial. Varsovia era solo una primera fase, pero los polacos, tras haber fracasado en sus intentos de lograr la independencia en 1794, 1807, 1830, 1848 y 1863, no estaban dispuestos a fracasar de nuevo. Lucharían hasta el final.