El padre del Pijoaparte

Es público que se llevaba mal con Puigdemont y Junqueras, y que al final de su vida tuvo que replegarse a su mundo

Juan Marsé siempre fue una mirada crítica para los nacionalistas
Juan Marsé siempre fue una mirada crítica para los nacionalistasQUIQUE GARCÍAEFE

Es curioso como, después de una vida de esfuerzos y obras, los escritores luego terminan pasando a la Historia simplemente por el personaje más conocido que hayan creado. Cervantes es Don Quijote, Stevenson es el doctor Jekyll, Shakespeare es Hamlet y Juan Marsé será para siempre el Pijoaparte. El protagonista de su libro más perfecto retrata toda una época de Barcelona, la de los niños de posguerra, con una ciudad en crecimiento en la que se volcaba un caudal inagotable de emigración. Marsé encontró el tono perfecto para un narrador distanciado que debía dar cuenta de la tristeza que empujaba hacia el cinismo al emigrante espabilado que quisiera sacar los pies del plato y ascender socialmente, disfrutando de los mismos gozos que los ricos. En «Últimas tardes con Teresa», la maquinaria social trituraba finalmente al Pijoaparte y castigaba su atrevimiento. Pero en el libro se conjuraban muchas más cosas: las plácidas verbenas de verano mediterráneas, la libertad individual que conjuraban las motocicletas en ese ambiente tibio bendecido para su uso, la belleza irresistible de la sangre nueva que aportaba la diversidad, la inquieta dignidad de los pobres, etc. En el libro de 1966, «Pijoaparte» perdía, pero, en los años siguientes, la clase de la que provenía se llevaría de calle a las Teresas y el supremacismo habitual de la zona entraría en perdida por falta de sustentación. Su vuelo dejó de ser estratosférico (por expresarlo en términos aeronáuticos) y Marsé nunca se llevó bien con Puigdemont y Junqueras. El nacionalismo rural, para imponerse en los pueblos, para conservar sus privilegios, tenía que acabar con el Pijoaparte, con Cobi, y con esa Barcelona cosmopolita y móvil que se le resistía. Ahí empezó un sordo enfrentamiento que siempre se ha querido negar a un nivel general.

Juan Marsé no ahorró nunca críticas contra el independentismo, pero le dio mucha pereza bajar a la arena de los asuntos concretos para entrar en controversias. No gustaba de quedarse en la equidistancia, como otros de sus colegas de generación, tan dados a la indulgencia complaciente, pero le aburría tener que ponerse a estas alturas de su vida a repetir cosas obvias. En el fondo, la prolongación social del personaje que él había retratado en Pijoaparte era lo que explicaba la aparición de Ciutadans y la sañuda inquina con la que esa iniciativa fue recibida por el supremacismo (amplio pero ya solo de vuelo gallináceo) que quedaba en la región. Esa posición tenía que ser muy enojosa para él, como para todos los izquierdistas de los sesenta, que fueron generosos con el catalanismo y luego no fueron pagados por él con la misma moneda. Sus encontronazos con Baltasar Porcel, el escritor de guardia de Jordi Pujol, fueron legendarios. En los últimos tres lustros, con la desaparición de sus principales némesis, Marsé abominó de cualquier totalitarismo nacionalista y se refugió en un mundo literario solipsista, basado en la memoria, consciente de que ese mundo de Lola y Lolitas, Pepas y Pepitas, donde creció, estaba en franca desaparición. Eso explica hasta cierto punto su orillamiento en los últimos quince años, solo interrumpido por un merecidísimo premio Cervantes en 2008. No todos los días un escritor tiene la oportunidad de ver cómo toman encarnación y se alzan en la realidad diversos trasuntos de los personajes que uno ha creado. Lo que vamos a echar mucho de menos y será insustituible, sobre todo en su región de nacimiento, es esa voz narrativa irónica e implacable, seca y distanciada, no complaciente; capaz de ver los aspectos vergonzantes de la vida humana y no cerrar los ojos ante ellos.