Centenario de La Legión: Cumplir con el deber sin contar los días

Esta nueva entrega de la serie recuerda cómo fue la dura y exigente misión de Afganistán para el cuerpo

La Legión participó en este durísimo escenario con cuatro agrupaciones tácticas y otros cuatro equipos de mentores (instructores), entre los años 2006 y 2012, en el marco de la «operación Romeo-Alfa» (Reconstrucción de Afganistán), denominación que recibió la contribución española a la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) de la OTAN, hasta su finalización en diciembre de 2014, tras trece años de permanencia. Afganistán, en su orografía, en su clima, en las características del enemigo –austero, fuerte y aguerrido– y, sobre todo, en el tipo de guerra que practicaba, basada en la movilidad, en la sorpresa, en el conocimiento del terreno, en el aprovechamiento de cualquier error o descuido, representaba un verdadero reencuentro de La Legión con sus orígenes militares. La misión puso de manifiesto la plena actualidad del Credo Legionario.

El propósito de Millán Astray al redactarlo fue rendir culto al honor y al valor militar, y que, sugestionados con estos sentimientos, los legionarios vencieran al instinto y no temiesen a la muerte. Muerte que acechaba cada día, en cada salida de misión. Un enemigo silencioso, que había demostrado en múltiples ocasiones su letalidad, esperaba en cada curva del camino. Los temidos Artefactos Explosivos Improvisados (IED) eran difíciles de detectar, pero en ningún caso podían paralizar la voluntad de cumplir la misión, que hubiera sido contraria al espíritu de combate, que exige cumplir con el deber sin turno, sin contar los días, ni los meses, ni los años. El combate contra la insurgencia fue duro, como lo fue en el Rif, Yebala y Gomara. No hay más opciones que desplegar y vivir entre la población que solicita, que necesita, seguridad para vivir en libertad, prosperar sin temor a las extorsiones, a los robos, a la negación de una educación y sanidad para las mujeres, a construir una sociedad sin miedo, y aspirar a un bienestar que no es incompatible con las creencias religiosas. Pronto los legionarios empezaron con sus picos y palas, con sus sacos terreros, a fortificar sus posiciones y campamentos. Ya no se llamaban «blocaos», ahora la influencia anglosajona los denominaba COP (Combat Out Post) y FOB (Forward Operation Base), pero la esencia era la misma y la austeridad en las condiciones de vida iguales. Y todo reflejado, palabra a palabra, en el espíritu de sufrimiento y dureza. Y en esas condiciones duras, incómodas, de riesgo continuo, surge ese sólido sentimiento legionario construido sobre los espíritus de compañerismo y de amistad. Compañerismo que también es alegría y que nace con naturalidad en las filas de La Legión. Ya lo decía su fundador: «¡Oh, no, soldados tristes, no!». Y nunca estuvieron tristes.

Las muchas horas en las posiciones, de días que parecen interminables, se transformaban en animadas tertulias, en mejorar con ingenio los refugios excavados en la tierra, en completar un rancho de conservas y pan-galleta con la elaboración de una buena hogaza en hornos de barro improvisados, o platos de pasta o arroz condimentados no se sabe bien con qué. Y cómo no, soñar con ese botellín de cerveza frío, casi helado, que podrán disfrutar a su regreso. Todo ello sin bajar la guardia. Al abrigo de las últimas luces del día, buscando la retirada al amparo de la noche, llegan los ataques. Algunos lejanos, con cohetes que avisan de su llegada con un silbido que endurece los músculos a la espera del impacto. Otros, más audaces, que desde las alturas próximas hacen fuego con fusiles, ametralladoras y granadas RPG. La respuesta no se hace esperar, disciplinada, dirigida por unos oficiales que, en pie sobre sus vehículos, emulando a aquellos oficiales a caballo, intentan localizar los orígenes de fuego para una respuesta eficaz. Ahí está presente ese hermoso y esencial espíritu del legionario. Un par de valles más allá vivaquea sobre el terreno un equipo de mentores de La Legión que acompaña, en su tarea de adiestramiento, a una unidad afgana. Al escuchar el fuego, su jefe contacta y pregunta si es necesario su apoyo. No puede esperarse otra cosa cuando se han recitado, retreta tras retreta, los espíritus de acudir al fuego y de unión y socorro. Se le asignan objetivos y hace fuego con sus morteros. La insurgencia se siente cercada y abandona sus posiciones. Al amanecer, una nueva misión. Patrullar el territorio mano a mano con el ejército afgano, que debe hacerse cargo de la seguridad de su propio país, en ello radica el éxito de la misión. La ejemplaridad es fundamental. Largas marchas en vehículo o intensas patrullas a pie, según la misión y el terreno, bajo un calor abrasador en verano o un frío siberiano en invierno. Las temperaturas en la provincia de Baghdis, la provincia «española» por ser la de responsabilidad de nuestro ejército, son extremas. Los soldados afganos aprenden de mano de sus compañeros legionarios los espíritus de marcha y disciplina, y también que todos los hombres legionarios son bravos, que cada nación tiene fama de bravura, pero que aquí es preciso demostrar qué pueblo es el más valiente. Pero no solo hombres encuadró La Legión en Afganistán. Las damas legionarias dieron sobradas muestras de bravura para asombro de sus colegas afganos. Y al final, todo este esfuerzo y sacrificio a miles de kilómetros de España con un único pensamiento en la mente y un solo sentimiento en el corazón: servir a España allí donde esta lo demanda, dispuestos a cumplir con el espíritu de la muerte, porque es más horrible vivir siendo un cobarde cuando se aspira a que la bandera de La Legión, que es la bandera de España, sea la más gloriosa. Por ello nuestros gritos de combate, gorrillo en mano, todavía resuenan en Afganistán: «¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva La Legión!».