“Antígona”: La dificultad de ser rey ★★✩✩✩

Autor: David Gaitán (sobre el texto de Sófocles). Director: D. Gaitán. Intérpretes: Irene Arcos, Fernando Cayo, Clara Sanchis, Isabel Moreno, Elías González y Jorge Mayor. Teatro Romano de Mérida, Extremadura. Hasta el 26 de julio.

Ni el temor por los rebrotes de la pandemia, ni las restricciones ya impuestas por las autoridades –reducción del aforo a un 75%–, ni la enloquecida tormenta de la noche anterior, que arruinó el ensayo general, han impedido que Mérida inaugure con notable y sorprendente éxito de público la 66ª edición de su Festival de Teatro Clásico, que empieza ya a ser casi tan mítico como las piedras que lo acogen cada año.

La presencia de los Reyes de España junto a sus dos hijas en este primer estreno sirvió para conjurar el miedo a la ira de los dioses del Olimpo –muy cebados este año con nosotros–, y la gente se decidió por fin a sacar su entrada para reconciliarse con Dioniso, con Apolo y con toda la pléyade de musas que habría de inspirar el feliz reencuentro de artistas y espectadores. Era la primera vez desde 1992 que la Casa Real acudía al festival, y con ella 1.600 espectadores –el total de localidades este año es de 2.000– ocuparon su asiento para ver una obra, Antígona, que precisamente habla sobre el poder y la ley, y sobre la complejidad inherente al ejercicio ético y responsable de ese poder. De tal modo se ha querido escarbar en ese asunto, ya medular en la obra original de Sófocles, que, en esta función escrita y dirigida por el mexicano David Gaitán, es el rey, Creonte, quien toma el protagonismo casi absoluto, en detrimento de Antígona y en detrimento también, y aquí radica la principal pega de la propuesta, del rico conflicto, equilibradísimo en fuerzas y en razonamientos, en el que ambos deberían estar igualmente inmersos.

La función se abre con un discursivo parlamento de una ciudadana de Tebas –transmutada poco después, sin ilación sólida, en la Sabiduría– que sirve, a modo de introducción, casi como declaración de intenciones del propio autor de la versión: “El camino para alcanzar la justicia es el debate. No hay exceso de palabras ni argumentaciones superfluas. Antes de decidir, se ha de agotar el lenguaje si es necesario”. El problema es que a continuación ese autor se coloca como como actor, y no como atento espectador, en todo el combate dramático que ha de venir después; en todo ese profundo debate que exige de sus personajes y que en Sófocles aparecía ya con pasmosa modernidad. Esa intervención dramatúrgica no es tan arbitraria en el propio desarrollo de la trama, que sí parece bien encauzada en aras de la lógica –aunque se hayan metido algunos incisos bastante forzados cambiando el código d erepresnetación–, como en la prejuiciosa manera de perfilar los caracteres protagónicos. De manera que Creonte, nada más abrir la boca –”No me place”, es lo primero que dice, de manera bastante caprichosa– ya se presenta ante el espectador como un tipo en extremo arrogante, autoritario y hasta veleidoso. Rasgos todos ellos de un perfil que no casa en absoluto con la hondura conceptual que debe guiar sus acciones, las cuales, en la obra de Sófocles, se justifican a la perfección en virtud del permanente e irresoluble enfrentamiento que plantea el poeta griego entre la razón y el corazón de los humanos; entre el orden y la pulsión; entre la idea más pura de justicia y la parcialidad de los afectos para interpretarla. Afortunadamente, Fernando Cayo es tan bueno que, incluso sometido a las exigencias de un Creonte tan escorado –e incluso tan parodiado en algunas escenas– saca petróleo del personaje y da una lección de ritmo, ductilidad y dinamismo que no alcanza Irene Arcos dando vida a una Antígona algo apagada durante toda la representación.

Lo mejor

Fernando Cayo es capaz él solo de hacer casi pequeño el teatro de Mérida.

Lo peor

El lucimiento absoluto del protagonista se trunca porque el personaje no termina de estar a la altura del actor