Un mundo de guerra y paz: el año que Churchill perdió las elecciones

Acababa de ganar la Segunda Guerra Mundial y era favorito en las encuestas, pero las urnas no le dieron la razón

Haber conducido a Gran Bretaña y a los Aliados, en general, a una victoria llena de llanto y muerte fue insuficiente para que Churchill se impusiera a Clement Attlee en las elecciones
Haber conducido a Gran Bretaña y a los Aliados, en general, a una victoria llena de llanto y muerte fue insuficiente para que Churchill se impusiera a Clement Attlee en las eleccionesLa RazónGtres

Churchill apenas se había bajado de un automóvil oficial desde las Gran Guerra cuando, en 1940, se le reclamó para que salvara a la patria y, tras aquella célebre promesa a su pueblo de «Sangre, sudor y lágrimas», galvanizó al Reino Unido para enfrentarse al III Reich. Fueron cinco años de lucha, primero, en terrible inferioridad, después, a partir de 1942, de sangriento equilibrio de «golpe por golpe» y, luego, desde 1944, de un duro pero directo camino hacia el triunfo. En julio de 1945, tras haber celebrado el éxito sobre el nazismo, los británicos debían elegir primer ministro y, naturalmente, Winston Churchill (Blenheim, 30 de noviembre,1874-Kensington, Reino Unido, 24 de enero 1965) se presentaba a la reelección y era, incuestionablemente, el favorito. El hombre que les había llevado a la victoria contra toda esperanza pedía el voto y sus compatriotas debían elegir entre el león glorioso y veterano, 71 años, y un laborista, el socialdemócrata Clement Attlee, de 62 años, que, desde 1940, renunciando muchas veces a sus ideas en favor de la unidad y de la victoria, había formado parte del gabinete de unidad Nacional de Churchill.

El 5 de julio de 1945 se celebraron las elecciones generales y el resultado debía hacerse público el 26 de julio, durante la Cumbre de Potsdam. Aunque los pronósticos le eran favorables, Churchill acudió a la cita de los Grandes acompañado por su rival, Clement Attlee, de modo que, fuera cual fuese el resultado, el Reino Unido contase con un jefe de Gobierno al corriente de lo que se cocinara en la Cumbre que debería solucionar los problemas derivados de la contienda. Churchill y Attlee asistieron juntos a la reunión de la Cumbre en la mañana del 25 de julio y, por la tarde, tras despedirse de Truman y Stalin, regresaron a Gran Bretaña por separado. Durante el viaje pudo meditar sobre los muchos cabos sueltos que dejaba en la Cumbre, en lo poco que se había avanzado y las frases afectuosas y socarronas de Stalin, a propósito de las elecciones en Gran Bretaña.

Churchill le rogó que se olvidara del asunto en los brindis oficiales de la cena para no herir a su rival electoral. Pero fue el propio Churchill quien aludió al asunto, durante la cena ofrecida por su delegación al resto de los participantes: «Brindo por el jefe de la oposición, quien quiera que sea». Attlee rió la gracia al igual que los demás comensales. Ese era Churchill, tan ocurrente como incontinente y Attlee era una de sus víctimas preferidas. Una de sus «gracietas» clásicas decía: «Un coche vacío se detiene y de él desciende Clement Attlee». Otra muy celebrada se burlaba de su rival, un político tan honesto como aburrido, tan animoso como gris: «Attlee es un cordero con piel de cordero».

Churchill llegó a su casa la noche del 25 de julio, pensando en descansar tras las fatigas de la Cumbre, pero padeció una noche de pesadilla: en su sueño todo se complicaba y los electores le daban la espalda. Tras el desayuno se instaló en la sala de reuniones para seguir el escrutinio, que le fue negativo desde el comienzo y era pésimo al medio día. Mientras almorzaba comentó la situación a su esposa Clementine: «No hay mal que por bien no veng», dijo ella, pensando que, a sus 71 años, le sentaría bien un poco de sosiego. «De momento, querida –replicó él– lo único seguro es que viene mal».

Y tan mal. Attlee cosechó 11.967.746 votos (49,71%) con 393 escaños, frente a los 8.716.211 sufragios (36,2%) y 197 escaños de Churchill. Mil análisis se han hecho sobre el resultado sin un diagnóstico concluyente. Creen los historiadores que los votantes pensaban que quien les había conducido a la victoria, exigiéndoles esfuerzo, llanto y muerte, no era el guía apropiado para una nueva época de reconstrucción y esperanza. No vendrían tiempos buenos: a la orden del día estuvieron el racionamiento, las nacionalizaciones y las renuncias imperiales, pero, también, se pusieron los primeros peldaños del estado del bienestar, como la educación y la sanidad para todos. De inmediato, Churchill presentó su renuncia al rey y el día 27, Attlee asumió el poder y por la tarde se sentaba como premier ante la mesa redonda de la Cumbre.

La presencia de Churchill seguramente en nada hubiera cambiado los debates y conclusiones de Potsdam, pero lo seguro era que Attlee carecía de peso y de genio para imprimirle un cambio de rumbo. Pese a su edad, no sería el adiós definitivo de Winston Churchill a la política: al año siguiente, 1946, pronunció su famoso discurso de la Universidad de Fulton, Missouri, denunciando el Telón de Acero levantado por la URSS en Europa Central y en 1951, con 77 animosos años, volvió al poder, del que dimitió en 1955.