Miguel del Arco: «Me pongo de los nervios cuando me ofrecen chocar el codo»

Si antes de la Covid el del Teatro Pavón era un proyecto tan bonito como endeble económicamente, imagínense ahora, pero es que el director no lo puede evitar: es kamikaze por obligación

Miguel del Arco no es kamikaze por capricho, sino por genética. No lo puede evitar. Le brota el arte por cada poro de su cuerpo y tiene que darle salida como sea. Sí, también al coste que sea. Detrás de su estela lleva a una legión de seguidores que le ven como un mesías al que adorar desde mucho antes de los tiempos de crisis. Si antes de la Covid el del Teatro Pavón era un proyecto tan bonito como endeble económicamente, imagínense ahora. Pero ahí sigue el equipo, remando hasta que aguante el oxígeno.

-¿Cómo está la familia kamikaze?

-Sin saber muy bien qué va a pasar todavía. Tendremos que luchar, entre otras, con los miedos de la gente.

-¿A cuántos niveles del Tetris equivale hacer una programación en estos tiempos?

-A muchos. Pero no nos hemos permitido esbozar un calendario todavía porque es ridículo. El nuestro es un proyecto que se tambalea desde su inicio y esta situación, desde luego, no va a contribuir a sacarlo adelante. Si la taquilla falla no vamos a poder resistir.

-Como compañía, han cogido el virus, ¿hasta cuándo les durará la inmunidad de las IgG?

-No sé hasta cuándo aguantaremos. Estamos en apnea.

-¿Siguen en la UCI?

-Sin frivolizar ni hacer bromas, digamos que nuestro estado natural es la UCI. Nos pilla entrenados. Hemos resistido con capa y espada porque somos muy kamikazes y así nos lo planteamos, porque lo lógico hubiera sido cerrar ya.

-¿Su modelo es vivir en la penuria económica?

-El común denominador de estos años ha sido la huida de la penuria, pero es verdad que hemos elegido un modelo de negocio que no está basado en el dinero, sino en la cuestión artística, que no deja de ser extraño y complicado de llevar a cabo. Llegará un momento en el que tengamos que hacer caso a eso que hemos dicho más de una vez de que «somos kamikazes y no gilipollas».

-Con la crisis se han aplazado/perdonado varios alquileres, ¿el suyo?

-Por lo menos nos hemos reunido, que antes parecía algo impensable.

-Se les acaba el contrato en 2021, ¿han buscado casa nueva con una buena «terraza», que es lo que ahora quiere la gente?

-No tenemos apalabrado nada... Esto ya no es ni como el «partido a partido» de Simeone, sino «hora a hora».

-¿Qué hacemos con el teatro en «streamig»?

-Es un horror. No lo soporto. Me parece terrorífico.

-Bárbara (Lennie) e Irene (Escolar) van a intentar darle una vuelta y han contado con usted...

-No puedo hablar... A partir de una pieza teatral, intentan buscar una pieza audiovisual.

-Ópera, cine, teatro, series, director, actor, cantado, bailado... Solo le falta dibujar.

-No, no. Soy motivo de risa cada vez que lo intento. Pinto para explicar los planos porque no tengo otra, pero va a ser que no. Las plásticas no van conmigo.

-Es muy «tocón», muy de abrazar, ¿cómo lo lleva?

-Fatal. He estado llevando la comida a mis padres a casa y hemos estado sin tocarnos hasta que un día mi madre me cogió de las muñecas y dijo: «Ven para acá. ¡Que le den!». Nos comimos a besos. Para mí es imprescindible. La gente del teatro somos tocones y besucones. Me pongo de los nervios cuando me ofrecen chocar el codo. Haber perdido los abrazos es una putada.

-Alguno más habrá dado...

-Sí, hemos pecado todos, pero pocos. Tendremos que acostumbrarnos como con la mascarilla, ya no sales de casa sin ella.

-Cartera, llaves y... mascarilla.

-Eso. Es de esos usos y costumbres que han venido para quedarse.

-Se ha definido como un «picaflor»: cuando era actor le llamaban «el bailarín» y cuando bailaba era «el actor». ¿Don Miguel ya ha encontrado su sitio?

-No lo tengo nada claro. Cuanta más experiencia tengo, todo se me hace más cuesta arriba. Cada vez soy más inseguro y me pongo más nervioso.

-¿Por querer mantener el nivel o por qué?

-No es una cuestión de que nadie me diga al nivel al que estoy. Esta profesión, para mí, es volver a empezar cada día. Echo de menos la inconsciencia de los primeros proyectos en los que me metía. Ahora siento la presión por crecer bien. Hay veces que soy mi peor enemigo.

-Dicen que no hay que perder ese runrún en el estómago antes de cada función.

-Pero, a veces, está demasiado presente y yo soy muy intenso, que según mi terapeuta está muy bien porque me hace vivir las cosas de una «manera más espectacular», dice. Aunque tampoco puede jugar en mi contra. Me preocupo demasiado y hay que ocuparse y no preocuparse.

-Le veo como un dibujo animado con un ángel en un hombro y un demonio en el otro.

-Sí. Siempre he dicho que debíamos de ser gemelos, pero que absorbí al otro en el vientre de mi madre y se ha quedado viviendo en mí como un auténtico hijo de puta.