Marbella: de la pasarela de estrellas al ocaso del lujo

Antes, cada noche era una aventura, la cuna del pecado. Tomabas té con Deborah Kerr y compartías golf con Sean Connery. Ahora, la capital del lujo esta vacía y sueña con tiempos mejores.

Pues verán, yo llegué a Marbella a principios de los 70, como enviado especial del diario “Pueblo”, cuando aún Deborah Kerr invitaba a té con pastas en el jardín que cuidaba con esmero de dama inglesa devota de Agatha Christie; cuando el motero aristócrata y golfo simpático Jimmy de Mora y Aragón (siempre un clavel en el ojal) te invitaba a una fiesta y sabías que ibas a acabar en una timba de póquer hasta el mediodía del día siguiente, más menos; cuando descubrías que, pese a las noches de champán y Luis Ortiz, Gunilla Von Bismarck se levantaba temprano y leía el “Financial Times” para ver cómo cotizaban las bolsas de Londres, Frankfurt y Nueva York; cuando Joan Collins aterrizaba en un apartamento de Guadalmina y te recibía con las maletas abiertas y sin deshacer, y así seguían una semana después, siempre como recién llegada o siempre como a punto de marcharse, y te preguntaba si toreaba por allí El Cordobés (padre); cuando Lita Trujillo, al amor de las estrellas y un par de whiskys con hielo y agua te contaba sus historias con Paul Newman y Steve McQueeen como una Sherezade interminable y eufórica; cuando Romina Power se me apareció en la piscina del Marbella Club con un bikini blanco y dieciocho años, recién salida de un internado suizo de monjas, y yo estaba allí a la sombra curándome la resaca con un grog: tuve que restregarme los ojos tres veces, tres; cuando…

Pero llevemos un orden en medio de la vorágine. Les estoy hablando de la Marbella que era como una fiesta eterna a lo Gran Gatsby con flamencos, un coctel de ricos ansiosos de fiestas benéficas para salir en Hola, famosos que jugaban al golf, estrellas rutilantes y decadentes, golfos que organizaban timbas y pasaban coca, banqueros que jugaban al mus en traje de baño, busconas quemadas al sol que despertaban al atardecer…Marbella era la fiesta de verano para despedirse del mundo a

golpe de rumbita, la cuna del pecado tras los muros de buganvillas. A Sean Connery, que jugaba al golf todo el día y sólo paraba para el martini seco del mediodía y la paella, le pregunté qué haría hoy si mañana fuera el fin del mundo. Uno entonces preguntaba esas cosas. Encendió un camel, me echó el humo a la cara y respondió: “Seguir jugando al golf”. Me lo había presentado Alfonso Hohenlohe, que era el gran anfitrión y el director de escena de aquel gran teatro de vanidades, el gran manipulador entre bastidores del circo rutilante. Alfonso, sí, con su pinta de galán maduro de Hollywood a lo Clark Gable. Me curaba las resacas con su grog: consomé de buey y jerez seco. A veces con ron, creo.

Si aparecían Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé (por separado), ya teníamos la crónica hecha, aunque ya fuera imposible la reconciliación. Lucía lo había amenazado con una escopeta de caza para que le diera la libertad. Gran seductora, no perdonaba una infidelidad, y el matador colmó el vaso de su ya escasa paciencia cuando se lió con su prima Mariví Dominguín después del rollito tan contado y cantado con Ava Gardner. Ya saben: ¿adónde vas tan de prisa?, le preguntó Ava mientras él se ponía los pantalones después del primer polvo. Y él: adónde voy a ir, querida, al café Gijón, a contarlo. Una noche de champán, Lucía me contó que se había enamorado del torero (ella le llamaba siempre así: el torero) cuando ella no hablaba nada de español y él no hablaba ni palabra de italiano. Y añadió que cuando se empezaron a entender en español, la magia se esfumó: “Entonces le conocí”, remató sonriendo.

Hice breve amistad con un millonario norteamericano que vivía en medio de un campo de golf. Creo que había sido secretario del Tesoro o algo así, pero no recuerdo su nombre, perdonen. Siempre tenía invitados famosos en su casa. Y no sé por qué, le gustaba que la prensa española diera noticia de su presencia. Despertó de la siesta a Maria Callas para que me concediera una breve entrevista, que luego no fue tan breve porque le caí bien a la Callas, cosa extraña, y me habló hasta de Onassis, del que se

había separado hacía poco. “Es el gran amor de mi vida”, me dijo. Estaba en Marbella con el tenor Giuseppe Di Stéfano. Por la noche, en una cena, la Callas nos cantó “Nessum dorma”. Inolvidable. Deborah Kerr no habla nunca de su vida íntima. Ella bebía té, sí, y su marido, el escritor Peter Viertel, le añadía un buen chorro de aguardiente. Peter me hizo la mejor definición de amistad que conozco: “Un amigo es aquel al que llamas a las tres de la madrugada para contarle que acabas de matar a tu suegra y te dice solamente: “Ahora voy con la pala”.

En fin, cada noche era una aventura: me emborraché con Liza Minnelli cuando aún era sólo la hija de Judy Garland, viví un suceso paranormal con Pitita Ridruejo, Lola Flores me leyó las rayas de la mano, Antonio (el bailarín) me quiso llevar al huerto, Sara Montiel me besó y me dejó con las ganas…Aquella Marbella murió y sólo quedamos unos pocos zombis.

El ocaso del lujo

La «milla de oro» de la costa del Sol no luce con el esplendor ni la opulencia precovid. Los ricos también añoran tiempos mejores y los empresarios lloran la ausencia de su clientela internacional. Las camas balinesas esperan cuerpos tostados a pie de playa y los famosos locales, como el imprescindible Trocadero, se las ingenian para salvar la temporada. Los famosos fieles al tesoro marbellí llegan con cuenta gotas y la mayoría prefiere permanecer encerrado en su villas a presumir de pamelas y paseos por Puerto Banús, donde los yates sacan lustre en el puerto a la espera de sus inquilinos.

Los datos dan buen reflejo de la indeseada nueva normalidad: el verano arrancó con la cifra de ocupación más baja, con un 60% de la oferta hotelera cerrada y con una previsión de cerrar julio que tan solo aumenta unas décimas. Ejemplo de esta caída del lujo es el cierre del mítico hotel de cinco estrellas Don Carlos, que ha se declarado en suspensión de pagos. La cantidad de vehículos de alta gama que, estacionados en primera línea de mar, antes separaban las tiendas de las más prestigiosas firmas de ropa de los yates más lujosos del mundo, ha dado paso al horizonte ininterrumpido de establecimientos sin actividad y embarcaciones perfectamente alineadas en pantalanes cerrados.

María Bruno reside en Marbella desde hace más de 20 años, aunque es natural de Bilbao. Se dedica a los «showrooms» de lujo y asegura estar muy preocupada ante la que se avecina. «Este año la clientela no es la misma ni las ganas de comprar, tampoco», reconoce. Y lo cierto es que las grandes avenidas dignas de la Quinta de Manhattan dejan una imagen desoladora con todas las tiendas de firmas de lujo vacías. «Yo salgo poco este año, pero es verdad que los restaurantes siguen teniendo clientela, eso sí, ya no hay listas de espera y puedes coger mesa sin preocupación.

Bienvenido Mr. Saudí

El casco antiguo de Marbella tan pintoresco y fotografiado por los miles de turistas que acudían siempre en busca de glamour, ahora está desierto. Los locales pequeños aseguran que no saben qué hacer «para que la gente entre». «No creo que lleguemos a septiembre si no hay clientes. Tenemos alquileres muy altos y esto es inviable», asegura el propietario de una de las tiendas que pide el anonimato. De hecho, muchos de sus compañeros comerciantes se muestran absolutamente desolados y ya están echando el cierre sin esperar a un posible repunte de su actividad en agosto.

Visitamos los otrora aclamados chiringuitos de playa como Opium, Sonora y Niki Beach. Todos están abiertos, pero su música solo ameniza a algún visitante despistado con casi todo el espacio a su disposición. Únicamente los fines de semana consiguen hacer una mejor caja. Siguen abiertos aunque más tranquilos de día, recuperando clientela de noche y fines de semana.

Tampoco son buenos tiempos para los Dj, que antes engrosaban sus cuentas bancarias amenizando fiestas sin fin en este paraíso. «Sigo trabajando, pero ahora cobro la mitad del sueldo», reconoce el encargado de poner música al chiringuito de Niki Beach. La misma percepción tienen en el club de playa Sacay, en El Cable, donde «la desescalada está siendo muy lenta y el negocio va a un 25 o 30%», reconoce el gerente, Domingo Santiago, quien todavía confía en que «venga el turismo inglés, alemán y francés». Los hoteles están todos al 60% cuando hace un año por estas épocas estaban al 110%. En Marbella el turismo internacional es de altísimo poder adquisitivo y este año su ausencia les va a hacer mucho daño, sobre todo a los hoteles. Entre los que no viajarán también están nos árabes, que desembolsan billetes sin miramiento y a los que la Covid mantiene retenidos en sus países de origen. Otro de los «termómetros» infalibles es el servicio de hamacas, que en estas fechas siempre lucían atestados y ahora muestran un vacío desolador. «Necesitamos del turismo extranjero y también del nacional»; reclama Alfonso, concesionario en la playa de Santa Petronila, pegada a Trocadero, que ha reducido el aforo al 25%.

Todas las miradas puestas en starlite

Sin duda, el festival de música Starlite es uno de los puntos fuertes del verano y, este año, pese a todos los contratiempos provocados por la pandemia, arranca hoy su IX edición que durará hasta el 29 de agosto. Ante la imposibilidad de acoger, como siempre, artistas internacionales, este año se hará un homenaje a las estrellas nacionales con Pablo López, David Bisbal, Aitana, Sara Baras, Rozalén y Miguel Poveda, entre otros. Además, este evento, más allá de la reputación mundial, es un potente aliado como motor de activación de la Costa del Sol, tan necesaria este año. En cada edición se lleva a cabo la contratación de unos 1.000 trabajadores y aporta un impacto económico en la zona de más de 186 millones de euros.