“Anfitrión”: Los caminos más trillados de la comedia ★★✩✩✩

Autor: Molière. Director: Juan Carlos Rubio. Intérpretes: Pepón Nieto, Toni Acosta, Fele Martínez, Paco Tous, Daniel Muriel y María Ordóñez. Teatro Romano (Festival de Teatro Clásico de Mérida). Hasta el 2 de agosto.

Cuanto más tiempo pasa, más evidente parece la agonía de las comedias grecolatinas con respecto a las tragedias. No es que estas últimas conserven su vigencia intacta en todos los casos, claro; es verdad que unas y otras se ven lastradas por un elemento que hoy poco interesa al público en general: el protagonismo divino en el planteamiento de los conflictos y en el destino de los personajes. Sin embargo, las tragedias dejan siempre un resquicio para ver el desarrollo psicológico de los caracteres o el combate de algunas ideas bien fundamentadas; y esa vista nos resulta en ocasiones deslumbrante, aun hoy, por la meridiana luz que ilumina tantísimos matices en el terreno anímico, intelectual y moral. Y esto, nos pongamos como nos pongamos, no ocurre en las comedias. No ocurre ni siquiera cuando han sido reescritas tiempo después por autores de indudable envergadura, como es el caso de Molière con su versión del “Anfitrión” de Plauto.

Evidentemente, no cabe exigir de una comedia, ya sea clásica o moderna, la hondura conceptual –aunque algunas sí la tengan– de un drama o de una tragedia; pero el problema no radica tanto en la ligereza de los temas como en el tratamiento de los personajes. Dicho de un modo más llano, el problema es que la comicidad de estas obras antiguas descansaba sobre todo en la estupidez de unos personajes frente a otros y frente al público. Todo se basa en la caricatura; y, aunque cierto es que Molière, precisamente, supo sacar petróleo de ese afán caricaturesco en otras obras suyas, en esta, excesivamente fiada a su modelo original, le faltó indagar de manera más analítica y reflexiva en los personajes y en sus acciones, algo que él y los otros grandes autores de los siglos XVI y XVII en Europa ya habían empezado a hacer, ampliando así esa simplista definición aristotélica del género cómico como el de la “imitación de seres inferiores”.

Todo esto nos lleva a concluir que, para hacer medianamente rica y moderna una comedia de base grecolatina como Anfitrión, habría que cambiar de raíz los propios mecanismos de su comicidad. Y, claro, ahora hay que preguntarse si eso merecería la pena; si se pueden obtener buenos resultados siendo radical a partir de algo que, en realidad, es tan convencional y está tan delimitado. El riesgo es grande, y no parece que, artísticamente, este trate de ser un proyecto arriesgado, sino más bien un ejercicio bien hecho, de naturaleza comercial, sobre una plantilla bien estudiada. A tal fin, como ya hiciera el propio Molière con Plauto, el director Juan Carlo Rubio, que se maneja muy bien en todo tipo de productos, se ha limitado esta vez a exprimir, con su habitual soltura, lo que ya había sobre el papel y conocíamos, y ha intentado sobre todo que los actores, todos muy populares, transiten la acción dramática de una manera cómoda y adaptada a sus propias cualidades interpretativas.

En el desigual elenco destaca de una manera rotunda Daniel Muriel, que hace encomiables esfuerzos para dar algo de prestancia y consistencia dramática a un personaje que, en verdad, resulta tanto o más pobre que todos los demás. La bonita escenografía de Curt Allen Wilmer, aunque no termina de integrarse bien en la propuesta; la iluminación de José Manuel Guerra o la música de Julio Awad sirven para dar lustre a un correcto producto comercial que no va, ni probablemente quiera ir, más allá.

Lo mejor

El producto está hecho con oficio, y eso, en un teatro como el Romano de Mérida, luce

Lo peor

La comicidad de la obra, que es insalvablemente obsoleta, y los tics de algunos actores