«Los únicos que ayudaron a mi padre tras el drama de los Urquijo fueron Carlos Falcó y Esther Koplowitz»

Macarena López-Roberts, Marquesa de Torrehermosa e hija de Mauricio López-Roberts, uno de los condenados por el crimen, relata el destierro que vivió su familia y cómo la mayoría de la «jet set» le dio la espalda

El Banco Urquijo estaba a punto de fusionarse con el Hispano Americano y el marqués no aprobaba esa unión. Como en el caso italiano del Ambrosiano, en el del asesinato de los marqueses de Urquijo también apareció un hombre ahorcado, el principal acusado, Rafi Escobedo. Pero, en vez de colgado de un puente, como Calvi, le encontraron en su celda dos días después de haber sido entrevistado por El Loco de la Colina donde aclaró que daba por finalizada su vida. ¿Qué fue de aquella casa del horror donde se cometió el doble asesinato? Sigue en manos del hijo, el actual marqués de Urquijo, que ha tratado de venderla en varias ocasiones pero no lo ha conseguido. Así que la alquila para rodar películas o alojar forasteros. Poco después de dormir en esa mansión, Nicole Kidman grabó la película de terror «Los otros», y seguro que pernoctar en la habitación del horrible crimen la inspiró.

Quién iba a imaginar que los dolores de espalda que sufría desde pequeña la marquesa de Urquijo propiciarían, en cierta forma, una vía de entrada a sus asesinos. Los sicarios encargados de matar al matrimonio llegaron por la piscina interior de la vivienda, las únicas ventanas de la planta baja que carecían de barrotes metálicos. Doña María Lourdes de Urquijo nadaba todos los días en ella. De las cuatro familias caídas en desgracia, la de Rafi Escobedo, la del huido Javier Anastasio, la de los dos hijos de las víctimas y la de Mauricio López-Roberts, posiblemente la de este último sea la más compleja porque no participó en el horror, pero su concepto del honor y de la amistad le llevaron a la cárcel. Cada vez que la Marquesa de Torrehermoso teclea sus apellidos en internet salen 400.000 referencias de su padre como encubridor del único acusado del crimen, Rafi Escobedo. Macarena López-Roberts tenía 12 años cuando los mataron y 21 cuando su padre ingresó en prisión. Durante cuatro años le visitó entre rejas.

–Aquella situación no debió ser fácil. ¿quién les echó una mano?

–El marqués de Griñón le dio trabajo a mi padre en el safari El Rincón. Pero la persona que le ofreció un empleo para poder salir de la cárcel cuando le concedieron el tercer grado fue Esther Koplovitz, seguramente porque era íntima amiga de mi madre y una persona cercana y sensible al drama familiar que estábamos viviendo. A partir de la publicación de «Interviú» en la que fue señalado como «El cazador», empezó a abrirse una grieta social por la que fuimos escurriéndonos lentamente. Mi padre dejó de ir a monterías y nosotros a las fiestas de cumpleaños de los hijos de sus amigos, que poco a poco dejaron de llamar. El rechazo social no se manifiesta de manera frontal. Simplemente dejas de existir para los demás. No cuentas, ni cuentan contigo. La expulsión del olimpo de los hipócritas es gradual, silenciosa e implacable.

–Tras la experiencia de la cárcel, el honor que adujo para encubrir a Escobedo, ¿para qué le sirvió a su padre?

–Cuatro años y medio en una cárcel privado de libertad debieron darle para mucho. Por las reflexiones sobre la vida contenidas en sus cartas, nunca tuve la impresión de que sus valores hubieran cambiado, ni su manera de ser, a pesar del castigo impuesto. La lealtad y el honor no son valores que se pierden por haber tropezado. Son el motor que mueve tus acciones. Nadie es honesto ni cabal las 24 horas del día. Y ya que hablamos de honor, me habría gustado ejercer mi derecho al olvido. ¿Por qué después de cuarenta años, al teclear mi nombre en Google sigue apareciendo la vinculación de mi familia al caso Urquijo? ¿Podremos cerrar algún día este capítulo y olvidarlo definitivamente? Google ha respondido a mi petición con una negativa rotunda: tendría que haberlo solicitado Mauricio.

– Es coautora, junto a la periodista Angie Calero, del que sería el octavo libro sobre el asesinato de los marqueses. ¿Por qué no se ha publicado?

–Nos habría encantado llegar al aniversario del crimen con el libro. Contiene diez entrevistas inéditas, incluida una a Javier Anastasio y al mayordomo de los Urquijo. La trama sobre la que pivota la obra es precisamente el derecho al olvido en Google.

–Los asesinatos que no se aclaran están condenados a la vida eterna. ¿Qué falla en este?

–Responde a lo que se denomina el crimen perfecto. Solo se condenó a Rafael Escobedo, pero él siempre habló en plural y dijo que no había actuado solo. «Cuando matamos a mis suegros...», decía. Aunque él sí que estuvo aquella noche en la casa de Somosaguas, los informes psicológicos y psiquiátricos mantuvieron siempre que él no apretó el gatillo; y los forenses explicaron en varios escritos y en el juicio que esos disparos tan certeros solo pudo hacerlos un experto. Ese no era el caso de Rafi, que no había empuñado un arma en su vida. Volviendo al crimen perfecto, Angie y yo hemos hablado muchas veces de que las historias familiares de los Urquijo (la relación entre padres e hijos, el matrimonio fallido entre Myriam y Rafi, la íntima amistad de este con Juan de la Sierra, las fiestas de los hijos en la casa después de muertos los marqueses...) hicieron mucho ruido y desviaron la atención sobre lo realmente importante: ¿quién mató a los marqueses de Urquijo? ¿Quiénes fueron los autores intelectuales y materiales? Rafi se llevó ese secreto a la tumba.

–¿Al parecer, el marqués no aprobaba la fusión del Banco Urquijo con el Hispano Americano. ¿Esa operación pudo ser el móvil?

–Él no aprobaba la fusión, que se firmó en enero de 1983. Después de documentarnos mucho y de haber leído los 3.000 folios que integran los dos sumarios del caso (el de Rafi Escobedo, y el de mi padre y Javier Anastasio), me atrevería a decir que la negativa del marqués a la fusión no fue el móvil del crimen.

–¿Entonces, cuál pudo ser?

– Hubo dos, uno pasional y otro económico. Aunque no fue el único que participó en el crimen, Rafi Escobedo encajaba muy bien en ambos. A Rafi le gustaba vivir bien, como al resto de su grupo de amigos, pero lo cierto es que mucho dinero no tenía. Por otro lado, estaba enamoradísimo de Myriam, que le había dejado por Dick Rew. A Rafi le ofrecieron dinero a cambio de llegar hasta el final aquella noche. Le dijeron que si iba a la cárcel en un año estaría fuera. No apretó el gatillo, pero participó y se auto inculpó para proteger a aquellos que le habían pedido que lo hiciera.

–Todos eran hijos de familias bien, ¿qué necesidad había de verse involucrados en estos asesinatos?

–Nada era lo que parecía. Las familias de antes se cuidaban mucho de no airear sus trapos sucios y evitaban hablar de la falta de dinero. Mi padre había sido empresario y como muchos otros vivía de su trabajo y no de rentas. Tampoco la de Rafi Escobedo nadaba en la abundancia. Es lo que suele denominar como «familias venidas a menos». Rafi y Javier hacían sus pinitos en el mundo de la noche. Myriam trabajaba y Juan continuaba con sus estudios y no disponía de dinero. De hecho, eran conocidos en su círculo como «los pobres de Somosaguas». Títulos nobiliarios, posición y reconocimiento social, pero era la realidad.

–¿Qué ha sido de los hijos, Juan de la Sierra, actual marqués, y Myriam?

–En el plano personal, Myriam continuó con Dick Rew y en 1987 tuvieron a su primer hijo. Desde 2006, trabaja en la empresa ACN, donde da charlas de liderazgo y superación personal. Se divorció de Rew hace unos años. Juan se casó con Rocío Caruncho en 2000 y tuvieron tres hijos. En 2017 se separaron y desde entonces pasa temporadas en Panamá, donde tiene negocios, y continúa además con algunos que tenía su padre.