Siete pies de tierra inglesa

Año 1066, tres aspirantes para un solo trono. Vikingos, sajones y normandos. La batalla por Inglaterra estaba a punto de comenzar

“De la furia de los hombres del norte líbranos Señor” sería durante generaciones la plegaria más popular en la Inglaterra anglosajona, que desde finales del siglo VIII comenzó a sufrir la “furia” de los vikingos. Los iniciales ataques y saqueos esporádicos fueron pronto seguidos de ejércitos conquistadores y del establecimiento de asentamientos permanentes, hasta que a comienzos del siglo XI, un poderoso príncipe danés lograría someter a escandinavos y anglosajones bajo su soberanía: Canuto el Grande, a la sazón rey de Inglaterra, Dinamarca y Noruega. Su muerte en 1035, sin embargo, provocaría una serie de profundas crisis sucesorias que no se resolverían hasta el año decisivo: 1066. Un panorama tan convulso es el escenario ideal para desarrollar “wargames”, o simulaciones de batallas históricas con miniaturas. Aviso para navegantes: no hace falta ser un militarista recalcitrante para sentir pasión por estos juegos de estrategia.

Uno de sus precursores fue H. G. Wells, pacifista declarado, que además de “La guerra de los mundos” (1898) escribió “Little Wars” (1913), biblia de un hobby que él mismo practicaba en la moqueta del salón de su casa. Segundo mito, tampoco hace falta poseer cientos o miles de “soldaditos” para recrear grandes batallas de la historia. Precisamente uno de los reglamentos más de moda, “Saga” (se puede adquirir en Atlántica Juegos, 14,95€), nos permite recrear a las mil maravillas toda esta suerte de acciones a pequeña escala tan propias de la Era Vikinga (expediciones de saqueo, escaramuzas entre señores de la guerra rivales…) con apenas cuarenta miniaturas por bando, pero con grandes dosis de historicidad, en el que cada una de las diferentes facciones del periodo tiene sus propias peculiaridades, tipos de tropa, armamento, tácticas... ¡y hasta sus propios dados!

Amenaza a York

En enero de 1066 Haroldo Godwinson, conde de Wessex, fue coronado rey de una Inglaterra por entonces mestiza tras siglos de presencia escandinava. Un trono anglodanés al que no le faltaban aspirantes: por un lado un vikingo, el rey de Noruega Harald Hardrada, auxiliado por Tostig Godwinson, malquistado hermano de Haroldo al que este había mandado al exilio; y por otro, un descendiente de vikingos, el duque Guillermo de Normandía, apodado “el Bastardo”. Consciente de la amenaza normanda, Haroldo desplegó a su ejército en el sur de Inglaterra, pero antes de que esta pudiera materializarse, el 15 o 16 de septiembre le llegaron preocupantes noticias del norte: una invasión vikinga liderada por Tostig y Hardrada amenazaba la importante ciudad de York, a 320 km de distancia.

El 25 de septiembre el desprevenido ejército vikingo, que esperaba una comitiva de paz de las autoridades de la ciudad, se encontró en su lugar con las fuerzas de Haroldo, que habían protagonizado una vertiginosa marcha forzada de hasta 40 km al día. A su llegada, a su hermano le dijo que deseaba la paz, y le ofreció en vano un tercio de su reino. A Hardrada, “siete pies de tierra inglesa, o algo más, ya que es más alto que otros hombres”. El encarnizado combate que se sucedería a continuación, conocido como la batalla de Stamford Bridge, se saldaría con la victoria inglesa y la muerte de Tostig y Hardrada.

El 28 de septiembre, tres días después de Stamford Bridge, Guillermo de Normandía desembarcaba con sus tropas en el sur de Inglaterra. Sin apenas tiempo de enterrar a sus muertos, el ejército inglés no tuvo más remedio que desandar el camino y acudir raudo al sur para hacer frente a la nueva amenaza. La batalla final se libraría el 14 de octubre en Hastings, donde los esforzados hombres de Haroldo desplegaron en lo alto de una loma en una densa formación en la que los soldados de las primeras filas formaron un férreo muro con sus escudos que resultó impenetrable para la caballería normanda.

Esta decidió emprender una retirada (aún se debate si real o fingida), que atrajo a los eufóricos ingleses, creyéndose victoriosos, a romper la formación para salir en su persecución. ¿Golpe de suerte o genialidad táctica? Los ingleses, ahora desordenados y dispersos, fueron presa fácil de la caballería y los arqueros y ballesteros enemigos. La debacle fue total. Haroldo se encontraría entre los caídos, según algunas fuentes con una flecha ensartada en un ojo. Inglaterra tenía un nuevo soberano, Guillermo el Conquistador.

Para saber más: “1066. La batalla de Hastings”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, Nº60, 68 páginas, 7 euros