La mentiras de la historia de España: los infortunios de la Revolución Francesa

Nunca se dice que teníamos grandes bibliotecas y una ilustración en marcha que nos habría conducido con menos traumas por el camino de la modernidad

Tal vez no sea necesario recordar que uno de los términos más afortunados de nuestro diccionario es el de «Revolución». Todo lo que tiene que ver con una revolución es bueno. Cuando se acuña el sustantivo «revolución» con un adjetivo, el adjetivo queda instantáneamente bendecido. Y no hay más que profundizar.

Así, nada como la «revolución sexual» (de grandes beneficios, beneficiados y beneficiadas sin ningún perjudicado) así, nada como la «revolución industrial» (que trajo el desarrollo y la felicidad como se ve en las obras de Dickens y el mundo actual); o la «revolución atómica» (…); o de entre las políticas, por qué no recordar las «revoluciones inglesas» (con juicios, decapitaciones de reyes, guerras civiles y restauraciones de la Monarquía); por no mencionar la gran, mítica e inconmensurable «revolución soviética» (de infinitos logros para el bienestar, la libertad y la dignidad de los seres humanos). La cadena de ejemplos podría seguir haciéndose infinita y criticable.

Pero lo que me interesaba recordar es que ha habido una revolución de cuyos manantiales aún bebemos. La «Revolución Francesa». Al contrario que otras, su impronta se ha mantenido en el mundo occidental. Su impronta, digo, sus principios de «Libertad, igualdad y fraternidad». De aquella revolución salieron –se nos ha dicho– grandes novedades, que a veces no lo fueron tanto: de entre ellas el derecho al voto. Sin duda es así. Pero votar, votar, ya se votaba antes: en Castilla se llamaban «concejos abiertos» e incluso había unas Cortes y todo, aunque diferentes de las actuales…, muy diferentes porque las actuales no creo que tengan parangón en la Historia. Claro que, y no voy a discutirlo, que no es el mismo sentido, ni concepto de votación el que se abre paso desde 1789 en adelante hasta nuestros días, aunque me parece que ha habido varios tipos de derecho al voto, con sus cortapisas, por el nivel de renta, el sexo, la edad y tantas cosas más. Afortunadamente vivimos ya en democracia, en donde vale lo mismo el voto de uno que otro porque todos somos ciudadanos que disfrutamos de la Democracia, que es el día que metemos la papeleta en la urna. Si los elegidos (¡qué calvinista queda esto de los elegidos!) luego nos engañan, vaya Vd. a reclamar al maestro armero. Espere cuatro años –o los que sean– y vote otra cosa, que seguro que el poder no habrá hecho uso de sus capacidades de dirigir las voluntades del pueblo soberano, libre, crítico e instruido. Porque el modelo aristotélico de evolución social nunca tuvo, ni ha tenido, razón.

Los nacionalismos

Otra de las novedades de la Revolución Francesa fue el amor a la patria. Desde 1789 dejó de haber Estados patrimoniales y florecieron los nacionales. El cambio fue de tal magnitud que todo el siglo XIX, con sus epílogos en el XX, fueron un no parar de revoluciones de todo tipo. El pueblo empezó a amar a su patria nacional y dejó atrás los amores a su espacio vital directo y hubo de amar a formulaciones basadas en muchos casos en invenciones. Me refiero a la construcción de las realidades nacionales.

Y con la Revolución Francesa, llegó el progreso, que sin ella no lo habría habido nunca. Suele soslayarse que aquella revolución, como todas, se basó en la implantación de regímenes de terror y pánico, durante meses o años, matando a miles de personas para la implantación del nuevo régimen. Y aquellas revoluciones, siguieron con el exterminio de los hombres, una vez logrado el poder, como hicieron los salvajes comunistas en la URSS, China y Vietnam, por no segui; o como hizo el nazismo en Centroeuropa.

En lo que afecta a de España, cabe preguntarse: ¿era necesaria la implantación de las novedades revolucionarias tal y como se hizo? Porque aquello costó dos guerras, la una la Guerra de la Convención y la otra, la de Independencia. Esta fue, ha sido, la más grave crisis que ha habido en nuestra Historia. Nunca antes había habido tantos muertos. Nunca antes tantísimas crisis institucionales. Nunca antes una crisis económica similar. La llegada de los franceses y la fractura entre los españoles, con los vaivenes de constitucionalismos y reimplantaciones de absolutismos a lo largo del XIX, es sangrante. ¿Era ese el indefectible camino que había que seguir? ¿Era un imponderable que hubiera de conocerse la Revolución Francesa y sus secuelas de guerra, fuego, muerte y expolios (¡que hay que ver lo que se ha robado en nombre de la Libertad!)?

Godoy y los ilustrados

¿O era posible otro mundo sin tanta alharaca, siguiendo el sosegado camino trazado por los ilustrados aun a pesar de las reacciones más absurdas desde los poderes políticos o religiosos (con un Godoy, por ejemplo, tumbado y con una vara de mando entre las piernas ¡qué gran metáfora de Goya!).

¿Es que la España dinámica no estaba en marcha a finales del siglo XVIII?; ¿cómo se puede decir que no había Ilustración en España?; ¿por qué se nos ha enseñado hasta la saciedad a pensar que no había bibliotecas internacionales o movimientos sociales propugnadores de las novedades?; ¿por qué no se aclara que la vida de Jovellanos, con sus encarcelamientos o destierros se debía al miedo que causaba en Godoy y los suyos lla ilustración española?; ¿por qué no se expresa claramente que la ciencia en España entonces no se podía hacer en unas abstrusas universidades y se hacía desde las expediciones, laboratorios u observatorios militares?

¡Qué bueno habría sido si se hubiera podido retener a Napoleón en el Pirineo, si no hubiera habido un Godoy, o un Fernando VII y si se hubiera podido dejar vivir en paz a ese mundo con ilusiones y esperanzas que empezó a brotar por toda España desde finales del siglo XVIII y que la Revolución Francesa destrozó a sangre y fuego…, ¿para qué? Y el pobre Pablo de Olavide, que fue el alma mater de las nuevas poblaciones de Sierra Morena, y que acudió a vivir en París cómo iba la Revolución y que pasó por las cárceles de la libertad, acabó escribiendo tras su enorme decepción postrevolucionaria y su escarmiento, su famosísimo «El Evangelio en triunfo». Es lo que hay.