Pétain, de héroe a villano

De Gaulle estaba deseando imputar al militar en un juicio y, tras ser condenado a cadena perpetua, él acabó sus días en soledad en la isla de Yeu, en la costa de la Vendée

El mariscal de Francia Philippe PétainAP PHOTOAP

Hace 75 años Francia entera estaba pendiente del proceso del presidente Philippe Pétain, el héroe de Verdún y uno de los mariscales más distinguidos en la victoria sobre Alemania en 1918. En 1945, la situación era totalmente distinta: por carambola, Francia volvía a sentarse en la mesa de los vencedores, pero vivía una época de humillación y revancha: humillación por su derrota 1940 y cuatro años de ocupación; revancha, porque la Francia Libre, cuyos dirigentes pastoreaban la victoria, rabiaban como invitados de segunda categoría. Coincidiendo con el proceso de Pétain se abrió la Cumbre de Potsdam en la que Francia no estaba invitada y si se hallaba en el Consejo de Seguridad de la ONU era porque Churchill no quería verse sólo frente a la URSS. Ira, también, porque tanto Washington como Moscú solían recordarles que su colaboracionismo había contribuido al éxito nazi en 1940/42.

Odio al colaboracionismo de Vichy y revancha por la actuación de su policía y su milicia y rechazo a la acomodación del país a la presencia alemana. «El colaboracionismo estaba sufriendo un ajuste de cuentas: 30.000 ejecuciones arbitrarias en la euforia de la liberación (Peter Novick); 6.763 condenas de muerte dictadas con 791 ejecutadas; 50.000 “degradaciones nacionales” (pérdida de derechos políticos y civiles), 16.113 depuraciones administrativas e incontables castigos por “colaboración horizontal”». Pero a Charles De Gaulle lo que le escocía especialmente era la capitulación de Pétain en1940 pues había ambicionado continuar la guerra desde Argelia como galvanizador de la resistencia y aliado de Gran Bretaña y no como humillado refugiado político a merced de la buena voluntad británica. Queda claro en sus memorias: «Todo el mundo veía necesario que se hiciera justicia (...) Yo compartía ese punto de vista. Sin embargo, había muchos que no veían como yo la acusación que a mí me parecía esencial: la falta capital de Pétain y su Gobierno era haber firmado el mal llamado “armisticio” con el enemigo en nombre de Francia». Y como, indudablemente, lo había firmado Pétain, el veredicto del proceso estaba escrito aún antes de comenzar.

Philippe Pétain (1856- 1951), alcanzó tarde el generalato pero tuvo la gran oportunidad de mostrar su valía en Verdún, que defendió en inferioridad de medios. Ese éxito le proporcionó la jefatura del Ejército, lo cual le granjeó gran prestigio. Aún participó en la campaña contra la sublevación rifeña de Abd el-Krin, fue ministro de la guerra y embajador ante Franco, en 1939, ya con 83 años. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial él estaba en la reserva, pero ente la derrota, tratado que galvanizara la resistencia, fue nombrado ministro de Estado y vicepresidente del Consejo. Cierto que se elevó la moral, pero a mediados de junio, la derrota era ineluctable y el mariscal dejó claro su rechazo a escapar a Argelia con los restos del ejército; él se quedaría a compartir las miserias con los franceses porque «La patria no se lleva en la suela de los zapatos». Fue designado jefe de gobierno y su primera medida fue solicitar el armisticio.

Patriota y práctico

Pétain, con 84 años, carecía de toda experiencia política, pero era un patriota y un hombre práctico. No dudó en hacer lo que pidieron los alemanes si beneficiaba a los franceses y no perjudicaba a Francia. Permitió las maniobras de Laval porque facilitaban la vida a sus compatriotas, pero se negó a unirse al esfuerzo militar de Hitler (Montoire, 24/10/1940), por canales secretos mantuvo relaciones con Churchill y cuando su flota corrió peligro de pasar a manos alemanas, la barrenó en Tolón (27/11/42). Tras el desembarco de Normandía se retiró a Alemania, pero, sintiéndose prisionero, se escapó a Suiza, donde hubiera podido quedarse como refugiado, pero regresó a Francia para ser juzgado. Su proceso fue una mascarada, según el presidente del Colegio de Abogados de Francia: «Donde se habrían necesitado jueces –y jueces de excepcional imparcialidad– se confió a partisanos el poder de juzgar». El 14 de agosto, en la última sesión, se le concedió la palabra a Pétain, que esta vez decidió hablar: «Opté por quedarme con mi pueblo, según había prometido, para tratar de protegerle y atenuar sus sufrimientos. Pase lo que pase, el pueblo francés no lo olvidará. He defendido lo mismo que defendí Verdún. Señores jueces, mi vida y mi libertad están en vuestras manos. Pero mi honor se lo he confiado a la patria”. Fue condenado a muerte, que se le conmutó por cadena perpetua. Se le quitó cuanto tenía y su esposa vivió de la caridad. Quedó recluido en una húmeda y fría prisión pirenaica hasta casi final de 1945. Luego se le trasladó a la isla de Yeu, en la costa de la Vendée, donde vivió sus últimos años en soledad. Falleció el 23 de julio de 1951.