Egipto: los secretos del Valle de las Momias Reales salen a la luz

José Ramón Pérez-Accino dirige un equipo de arqueólogos que trabaja en el mismo "wadi" donde aparecieron las momias de los grandes faraones, como Ramsés II, y sus estudios anticipan ya resultados prometedores para la egiptología

Es un «wadi», junto a los valles de los reyes. Un sitio salpicado de leyendas y rumores que se había dejado de estudiar por decisiones equivocadas, prospecciones mal rematadas, evaluaciones erróneas y destinos que ahora no merece la pena mencionar. La ironía es que este emplazamiento, puro desierto, cincuenta grados al sol y un rumor de ecos que pervive entre la arena, fue de los primeros en comenzar a excavarse en el siglo XIX, mucho antes de que la egiptología hiciera furor en el mundo y atrajera al Nilo a un montón de científicos fascinados por su pasado y, junto a ellos, también, a una amplia cohorte de chalados capaces de ver la mano de civilizaciones de alienígenas en la sombra de una tetera. Ahora, este lugar discreto, apartado, que se había evitado trabajar durante décadas, empieza a mostrar los tesoros que habían permanecido enterrados y silenciados durante demasiados siglos. «Hemos identificado un camino tallado en la roca sobre una falla geológica que discurre por lugares que han tenido actividad humana. Nadie sabía que en la montaña tebana ocurría esto. La pregunta es: ¿para qué sirve? Lo fascinante es que en la parte opuesta es donde se encontraron las momias de los grandes faraones de Egipto», comenta José Ramón Pérez-Accino, director de la expedición que investiga este emplazamiento. El arqueólogo se refiere a un suceso famoso, que tuvo repercusión en la prensa, pero para el que hay que remontarse hasta la fecha de 1875, cuando dos hermanos, dos saqueadores (sus descendientes todavía permanecen en el valle y hoy es una familia reputada) , descubrieron una tumba de dimensiones impresionantes (de unos 13 por 70 metros) repleta de sarcófagos que custodiaba cuarenta momias en su interior.

Esos objetos de El Cairo

Las tiendas de El Cairo y Europa no tardaron en ofrecer objetos y recuerdos procedentes de un rico ajuar. El entonces director de antigüedades de Egipto, alarmado por esta afluencia de piezas desconocidas, decidió enviar a dos grandes arqueólogos, Émile Brugsch, un personaje fascinante que tenía relación con el polémico Aleister Crowley, y Ahmed Kamal, para que le informaran de que ocurría. Los dos egiptólogos comprendieron que los objetos que se estaban despachando a turistas eran de enorme valor histórico y habían pertenecido a conocidos reyes.

No tardaron demasiado en identificar a los ladrones y tenderles una trampa en Luxor. Durante un interrogatorio, confesaron de dónde extraían los tesoros y los investigadores dieron así con uno de los mayores legados patrimoniales que han salido a la luz en este país: las momias de Ramsés II, Tutmosis III y los principales gobernantes de Egipto, algunos de ellos aún envueltos con un halo mítico. «Émile Brugsch y Ahmed Kamal no titubearon y ayudados por lugareños vaciaron la tumba en el transcurso de una sola noche –relata Pérez-Accino–. Los sarcófagos daban tumbos en el aire. Para evitar que se golpearan y estropearan contra las paredes, los sacaron envueltos en vela de barco y los trasladaron a un sitio seguro en El Cairo. La tragedia es que no hubo registro y a nadie se le ocurrió hacer ni siquiera un dibujo. Las libretas que conservaban anotaciones se han perdido. La anécdota es que con la diferencia de humedad, algunas de ellas comenzaron a oler fatal y tuvieron que ser enterradas en un jardín para que se les pasara el olor. Los europeos, interesados en conocer cómo era el rostro de Ramsés II, les retiraron las vendas. A raíz de esas fotos empieza el mito de Egipto. Eran las primeras imágenes de momias reales que se publicaban».

Un nuevo enigma

¿Pero qué hacían ahí? ¿Por qué las enterraron juntas? Existen varias teorías, como explica José Ramón Pérez-Accino, de la Universidad Complutense de Madrid que dirige las nuevas investigaciones: «Dicen que las escondieron. En el año mil, 500 años después de abrir el valle, éste se cierra porque existen saqueos y deciden meter a estos faraones en una tumba que nadie conozca. Esta es la teoría tradicional, la que nace cuando aparecen las momias. Lo que sucede es que tiene problemas de consistencia: es imposible que saques a 40 reyes, los transportes por el campo, los metas en una necrópolis y no se entere nadie alrededor. El segundo inconveniente es que hemos encontrado en nuestras campañas que la tumba estaba en un lugar conocido –un detalle que se había ignorado–, como demuestran a día de hoy los grafitis que hemos hallado y el camino tallado en la roca».

Aquí es donde comienza la aportación de los investigadores españoles, con el apoyo financiero de la Fundación Gaselec y la Sociedad Userkaf, entre otras entidades. «Nuestra teoría es que los egipcios conocían este lugar. Puedo comprar que movieron los cuerpos de los faraones hasta este lugar con la intención de protegerlos, pero no esconderlos. Han metido a los reyes a 13 de metros bajo el suelo y han colmatado el emplazamiento. Es muy difícil que en una noche robes este sitio y que nadie te vea. Hay otra prueba, además: hemos descubierto que la tumba no estaba escondida. De hecho está situada a cien metros de donde la gente se reunía para asistir a las procesiones. Y es lógico: con cierta actividad alrededor es mucho más fácil de proteger cualquier emplazamiento. Y eso es lo que ellos hacen. Se lo llevan a un lugar venerado, con enorme importancia simbólica y que está vinculado con el origen del Valle de los Reyes. Creemos que aquí existe un elemento que es funcional y, por otra parte, otro que es ritual, sagrado».

Sus pesquisas han dado fruto y en este «wadi» ya han encontrado varias inscripciones que aluden a la sacralidad de esta geografía, una mesa ritual y una roca desgastada, porque es arenisca, una materia muy frágil a los efectos producidos por la erosión, con los vestigios de un rostro. Un hallazgo extremadamente importante a pesar de su deterioro. «Me había subido a unos andamios que instalamos con el propósito de tomar unas fotografías de un dibujo que representaba una esfinge y una pirámide. Al darme la vuelta, de repente, como una revelación, lo que veía grabado en la pared, lo vi justo delante de mí. Fue como una epifanía. Me di cuenta de que el autor de ese dibujo estaba inmortalizando el paisaje de alrededor».

José Ramón Pérez-Accino hace hincapié en el asombroso paralelismo que existe entre ese sitio y Giza, donde se conservan las pirámides y la esfinge. Algo que para él tiene una explicación: «Lo que tenemos aquí es una especie de Monte Rushmore. La pregunta es qué imita a qué. La forma de las montañas es los que inspira a levantar las pirámides o son las pirámides las que influyen para buscar estos lugares. Hay que tener en cuenta de que existen muchas pirámides que son naturales, que son montes con esa forma, que contienen en el interior tumbas. De hecho toda la montaña tebana se ve como una pirámide y a sus pies está el Valle de los Reyes, que es un emplazamiento con numerosas cámaras funerarias. Las tumbas egipcias, incluso las de los nobles, tenían encima una pirámide de adobe, o tendían a hacerse una tumba en colinas con forma piramidal».

Simbología

Su conclusión, por tanto, es que «lo que se está planteando ahora la arqueología es si es la naturaleza lo que inspira lo artificial o al contrario. Hay que tener presente que en Giza no hay montañas. Lo que hace humano es recrear paisajes señores y cargados con una simbología. Es un impulso tremendamente humano. Aquí lo que tenemos es una montaña con forma de pirámide y una cabeza esculpida en una roca que nos recuerda a una esfinge. Estas dos cosas se habían dejado de lado. Además, tenemos la sospecha de que esta cara tallada en la roca es de alrededor del 1.500 a de C., en el Reino Nuevo». A esto hay que sumar otras evidencias, como que este valle estaba impregnado de religiosidad, algo que queda demostrado por los nombres que se han hallado de sacerdotes, las oraciones que hay escritas en las paredes y una rústica pero importante mesa de ofrendas.

Un lugar prometedor

Este «wadi» se excavó posteriormente, en 1920, por el arqueólogo Ambrose Lansing. Este egiptólogo hizo una campaña, con catas por todo el valle, pero las llevó a cabo en los rincones menos interesantes y con menos posibilidades de dar con hallazgos que fueran reveladores. Además, no descendió lo suficiente en los niveles. José Ramón Pérez-Accino y su equipo han estudiado ahora el valle y se han dado cuenta de que probablemente existen estructuras por desenterrar que pueden resultar prometedoras. Conserva «acúmulos intactos», que son exactamente igual que los materiales del valle de al lado que ocultaban templos. Y todavía están cubiertos. También creen que a veinte metros de altura hay una zona trabajada por el hombre que puede deparar sorpresas; una gruta que entra en la montaña y que tiene un receptáculo.