“Seven”, 25 años de terror en una caja

La película de David Fincher, protagonizada por Brad Pitt y Kevin Spacey, tan solo fue nominada al Oscar a Mejor Edición

Cuando David Fincher, un director que había deslumbrado por su visión cinematográfica en Industrial Light & Magic (la productora de George Lucas en la que empezó como cámara) se puso a los mandos de un proyecto explícitamente adulto, que contaría con Morgan Freeman, Brad Pitt y Kevin Spacey como protagonistas, fueron muchos los que confiaron en el potencial de la película. El Hollywood de mediados de los noventa se había sumido en un estancamiento autoral que los Scorsese, DePalma y Coppola ya romantizaban desde su saber hacer. Nada nuevo parecía brillar bajo el sol de California.

En septiembre de 1995 y después de mantener la tensión durante sus 127 generosos minutos de duración, “Seven” no solo se convirtió en un éxito de taquilla llegando a recaudar 327 millones de dólares en todo el mundo, sino que consiguió también instalarse en el imaginario popular de una sociedad, la estadounidense, que había relegado el género a producciones de bajo presupuesto y consumo rápido, casi siempre con ingredientes sexuales gratuitos. Después de 25 años y decenas de imitaciones fallidas, el filme de Fincher desprende un brillo descriptivo al que siempre intenta volver, ya sea con éxito rotundo como en su incursión seriéfila en “Mindhunter” o bien necesitando la brillante ayuda de los guiones de Aaron Sorkin como en “La red social”.

La película, que no llegaría a los cines españoles hasta bien entrado 1996, supo captar a la perfección el signo de los tiempos, entremezclando la vieja pulsión humana por hallar respuestas y el caos de una sociedad de la información creciente en la que cada vez se era más consciente de la existencia como un mero número, un conjunto de datos. Aunque este último aspecto lo explorara mucho mejor en ‘El club de la lucha’, su siempre mal entendida obra maestra, Fincher consiguió con “Seven” volver a desdibujar las líneas entre ética y moral que los multisalas faraónicos y el cine familiar habían trazado con riguroso orden económico al principio de la década. Un cuarto de siglo después, el nuevo visitante querrá saber qué hay en la caja, aunque ello le suponga dudar de todo lo que cree cierto y de su propia concepción del bien y el mal intrínsecos al ser humano.

Quizá la supervivencia de “Seven” en la cultura pop, más allá de lo morboso y laborioso de los asesinatos que le dan forma a la excusa, pase por lo crudo de su final. De hecho, New Line Cinema, que había confiado en el buen hacer del director del icónico “Vogue” de Madonna, no las tenía todas consigo a la hora de cerrar el último acto con un epílogo tan triste. Ante las dudas de la productora, Brad Pitt se plantó por su amigo Fincher y se negó a participar hasta que le aseguraran que el final fuera el que finalmente se estrenó en cines. Ese apego de Pitt a su personaje, que le terminó de consagrar como la figura de primera línea que es ahora, lo llevó hasta límites insospechados: todas las corbatas que luce el detective protagonista las compró el propio actor argumentando que su personaje debía tener “escaso gusto” para la moda.

Más allá de la atmósfera lúgubre y cochambrosa de la cinta, uno de los detalles que convierten a “Seven” en una película inolvidable es la propia imagen, la composición de los materiales con la que se rodó. Utilizando una técnica olvidada en el gran cine de estudio, permitiendo que la lejía dejara casi intacta la plata de la película en sí, los negros de cada escena ganaron en profundidad, incrementando la angustia de las linternas en la penumbra. Años después, Fincher reconocería que el “truco” tenía más que ver con sus lagunas en cuanto a iluminación y a su educación basada en el vídeo, para ver de inmediato lo que estaba rodando, pero para entonces ya había sido elevado al estatus de genio.

Sea como fuere, el filme de 1995 sobrevive hasta al visionado más revisionista, incluso teniendo entre sus protagonistas a Kevin Spacey, pendiente todavía de varias causas judiciales por acoso sexual e intimidación. Esa posteridad, que se ha ganado a pulso tras el desaire de la Academia nominándola solo a Mejor Edición, hacen de “Seven” una cápsula del tiempo perfecta de cuando los terrores de la sociedad se hicieron más humanos, más crudos, más turbios y, en definitiva, más cercanos. Cualquiera podía ser John Doe. Cualquiera, porque no era nadie.