Maltrato, infidelidad, drogas y racismo: así fue la juventud de Mariah Carey

La artista confiesa en sus memorias, “The meaning of Mariah Carey”, los innumerables episodios traumáticos que vivió cuando era tan solo una niña

La cantante, compositora, productora y actriz estadounidense Mariah Carey es principalmente conocida por su interpretación de “All I want for Christmas". Gracias a este clásico navideño, imprescindible en toda celebración de la fecha de Santa Claus y los muñecos de nieve, Carey llegó a vender 16 millones de copias.

Por tanto, la carrera de la artista ha estado marcada por el éxito y la celebración. Sin embargo, su juventud no fue tan feliz como un brindis de Nochebuena. Al contrario, Mariah Carey tuvo una infancia de lo más problemática e incluso traumática, y ahora lo hace público por primera vez a través de sus memorias.

Ayer se publicó una obra donde la cantante, de 50 años, revela los secretos sobre su vida privada y sobre cómo ésta se ha reflejado en su carrera artística. Estas memorias, bajo el nombre “The meaning of Mariah Carey”, impactan y revelan una triste juventud de abuso doméstico, infidelidad, drogas, racismo y crueldad.

“Cantar fue una forma de escapismo para mí y escribir una de procesamiento”, escribe la artista. “Hubo una alegría en ello, pero principalmente fue la supervivencia, y todavía lo es”. Según recoge “The New York Times”, las conclusiones principales de estas memorias sorprenderían a cualquiera que conozca la vida extravagante y célebre de la que ahora disfruta Carey.

Violencia doméstica, racismo, control y abusos en su matrimonio con Tommy Mottola, quien era presidente de Sony, su compañía discográfica cuando se casó. Asimismo, la artista revela su pugna por sobrevivir en la industria de la moda, así como detalles sobre el trastorno bipolar que confesó padecer en 2018.

Hija de padre negro y madre blanca, sus hermanos mayores estaban profundamente resentidos con ella al tener una piel más clara y un cabello “rubio”. “Cuando era niña, había desarrollado el instinto de sentir cuándo se avecinaba la violencia”, explica Carey, “como si oliera a lluvia, me di cuenta de que los gritos de los adultos habían alcanzado un tono y una velocidad determinados que significaban que debía ponerme a cubierto”.

Sin embargo, aún teniendo “la piel más clara”, Carey también sufrió y fue testigo del racismo. Cuando tenía unos 13 años, se supo en su escuela que su padre era negro. Esto llevó a un grupo de niñas blancas de su colegio a encerrarla en una habitación: “Esta no fue la pelea de unas niñas malas del patio, fue un asalto premeditado, violento y tortuoso por parte de unas chicas a las que llamé amigas”, explica. Confiesa que, a veces, le escupían en el autobús escolar y le provocaban peleas por ser mestizas.

Una uña llena de cocaína

En particular, recuerda una pelea entre su padre y su hermano, tan grave que se necesitaron 12 policías para separarlos. “Cuando mi hermano estaba cerca, no era raro que se hicieran agujeros en las paredes o que otros objetos salieran volando”, lamenta.

En otra ocasión, con la artista con tan solo 6 años, vio cómo su hermano arrojaba a su madre contra una pared con tanta fuerza que sonó “como un disparo real”. También su madre debió sufrir, pues uno de sus novios amenazó con matarla a ella y a Mariah: “Sostenía una escopeta larga de dos cañones en una de las manos”, decía, “os voy a cortar a pedazos ya meteros en el refrigerador”.

Aunque hubo momentos en los que la música le generaba buenos momentos, Carey relaciona en sus memorias a su familia con la violencia: “Cuando tenía 12 años, mi hermana me drogó con Valium, me ofreció una uña del dedo meñique llena de cocaína, me provocó quemaduras de tercer grado y trató de venderme a un proxeneta”. Escalofriante y admirable al tratarse de una artista de éxito: a pesar de su problemática infancia, Carey ha vendido entre 175 y 200 millones de producciones musicales en el mundo.

Controlador, en todos los sentidos

Y, si su infancia no fue suficiente, después llegó un trágico matrimonio. Se casó con Tommy Mottola, entonces presidente de Sony Music, cuando ella tenía 23 años y él 44. “Incluso ahora me resulta difícil explicar cómo era mi relación con él. Esque no hay palabras, se atascan y desaparecen en el espesor de mi ansiedad”, escribe Carey.

“Nunca existió una fuerte atracción sexual o física pero le di mi trabajo y mi confianza”, explica. Y la elección fue tan mala como para que en sus memorias relate que dormía con una bolsa debajo de la cama por si tenía que huir de casa rápidamente. Mottola era un controlador, en todos los sentidos, pues ella se sentía tan encerrada como para llamar a la mansión Sing Sing, como la cárcel de máxima seguridad del Estado de Nueva York.

Él controlaba desde la música que escuchaban en el coche hasta la que cantaba en el estudio. Describe su presencia como “densa y opresiva”, agregando que “su poder era omnipresente, y con él vino un malestar indescriptible”. “Al principio, caminaba sobre cáscaras de huevo, luego se convirtió en un lecho de clavos y luego en un campo minado. Nunca supe cuándo o qué le haría estallar”, explica.

Además de bipolaridad, Carey padece insomnio crónico, estuvo en un centro de desintoxicación, que funcionaba como “centro de detención juvenil de lujo”, donde, además, fue testigo de cómo se derrumbaban las Torres Gemelas en “una cámara terriblemente lenta”.