Un Beethoven de nuestros días

Obra: «Sonatas nº 31, op. 110» y «nº 29, Hammerklavier, op. 106», de Beethoven. Piano: Pierre-Laurent Aimard. Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. 30-9-2020, Madrid.

Este pianista galo, venido al mundo en Lyon en 1957, es por muchas razones una rara avis. Su buen entendimiento de los pentagramas, el respeto por los estilos, la capacidad de análisis, el amor por lo nuevo y la sinceridad en la búsqueda de propuestas distintas nos lo muestran como un artista siempre con cosas que decir, sensible, atento, aplicado y honrado.

Son interesantes estas manifestaciones del pianista acerca de la obra para teclado de Beethoven (de quien grabó en su día los cinco «Conciertos» con Harnoncourt): «Era un gran investigador de los sonidos, especialmente en las sinfonías, pero también en los conciertos y sonatas, donde siempre estaba experimentando. Tenía ideas metafísicas o poéticas y trataba de convertirlas en situaciones acústicas extremadamente nuevas». No es raro por ello que haya recreado las dos sonatas elegidas desde un ángulo no muy habitual en el que se refuerzan efectos tímbricos, acentos, ataques, dibujos e inflexiones no del todo acordes con lo que podríamos considerar un estilo romántico puro.

Una mirada singular que otorga a las lecturas una cierta sequedad, pero que las envuelve en una pátina novedosa y estimulante que nos deja ver nuevos perfiles y luces insólitas, lo que es verdad que orilla parte de esa emoción, de ese sentimiento, de ese latido que tantas veces nos ha tocado el alma. Naturalmente, esa óptica casa en mayor medida con la «Sonata Hammeklavier», una partitura demoledora, especialmente adelantada a su tiempo, de una extrema dificultad, coronada por una impresionante y extensa doble fuga y cuajada de sorprendentes disonancias. Una composición que causó en su día auténtica sorpresa en el público y en la crítica y pavor en los pianistas, que aún hoy, con los instrumentos modernos, se las ven y se las desean y se tientan las ropas para sacar adelante con limpieza, al menos con dignidad, todo su contenido.

Algo que sí creemos que logró Aimard, que nos parece recordar que ya tocó esta obra en Madrid hace tiempo cuando nos visitó por primera vez. Antes, escuchamos una nítida versión, no especialmente efusiva, pero bien nortada, de la «Sonata nº 31», de hechuras distintas, que era para el ilustre Wilhelm Kempff «la confesión más íntima de Beethoven». Carácter que quizá se le escapó al pianista francés, que, muy aplaudido por el escaso público –diezmado además por la ubicación propia de estos días–, nos regaló impertérrito, emparejadas de dos en dos, cuatro bagatelas beethovenianas y cuatro piezas del cuaderno «Musica Reservata» de Ligeti.