La «Vida larga» de Falla

Reducida y con algunos cambios, «La vida breve» abrió la temporada del Teatro de la Zarzuela junto a «La Tempranica»

Todos tenemos en el recuerdo algunas representaciones emblemáticas de ciertas obras. Yo tengo dos en el caso de «La vida breve» de Falla. Una de ellas fue en un curiosísimo concierto en Tokio. El añorado Frühbeck de Burgos dirigió a la local Orquesta Yomiuri y a la no menos añorada María Orán, con un coro también japonés. Cosecharon un éxito enorme. La otra fue en el Palau de les Arts, con una inolvidable dirección musical de Lorin Maazel. El maestro era genial cuando quería y lo quiso allí, quizá también inspirado por la mejor puesta en escena que jamás se haya realizado de la obra de Falla. La firmaba Giancarlo del Monaco.

Es, reducida y con algunos cambios, la que el viernes abrió la temporada del Teatro de la Zarzuela junto a «La Tempranica». Hay cambios lógicos debidos a la pandemia y algún otro, quizá innecesario que posiblemente solo sirva para echar la sal de la polémica. No es nueva, ni desacertada, la alusión al mundo taurino con la forma en que Paco torea a Salud, sí es discutible la masturbación de ella. El espectáculo, en cualquier caso, es formidable. La lástima es que «Tempranica» y «Vida breve» no se ofrezcan juntas, porque del Monaco ha logrado una simbiosis que parecía imposible dado el estaticismo de la partitura de Gerónimo Giménez. Una crítica con ganas de un titular llamativo podría rezar «Los rojos toman la Zarzuela». Realmente, quien toma el teatro es el color rojo, referencia en ambos espectáculos. Sin embargo, tampoco ha de olvidarse del negro. Posiblemente, le habría encantado a Stendhal, gran amante de la ópera, por aquello del «Rojo y negro». También a Goya, porque el negro trae a la memoria las pinturas de su célebre periodo goyesco.

Pero hay otro factor tan importante o aún más: el impagable trabajo que ha realizado Miguel Ángel Gómez Martínez. No en el foso, que también, sino al lograr reducir la amplia plantilla orquestal a menos de veinticinco atriles y el coro a apenas diecisiete, de forma que el conjunto sonoro no pierda enjundia. Al ser una obra tan corta y exigir amplios elementos orquestales y corales, ve limitada sus posibilidades de representación en muchos teatros y, sobre todo, en el extranjero. Con esta reducción se podrá ampliar su difusión, de forma que «La vida breve» pueda tener una vida considerablemente más amplia y larga.

No puedo terminar estas líneas sin recordar el doble espectáculo –«Sombrero de tres picos» y «Vida breve»– con el que se reinauguró de forma polémica el Teatro Real. En otra ocasión, quizá la próxima semana, les contaré la desconocida historia, realmente típica de nuestro país y sus políticos, de cómo se fraguó aquella reapertura. Un capítulo de unas memorias sobre el Real que algún día tomarán vida.