La arriesgada y efectiva inmersión psicológica de la Zarzuela

Gerónimo Jiménez y Manuel de Falla fusionan dos potentes obras con raigambre andaluza para inaugurar la temporada

Obra: “La tempranica” de Gerónimo Jiménez y “La vida breve” de Manuel de Falla. Director: Miguel Ángel Gómez Martínez. Intérpretes: En “La tempranica”: Nancy Fabiola Herrera, Rubén Amoretti, Ruth González, Gustavo Peña, Gerardo Bullón, Miguel Sola, Ricardo Muñiz. En “La vida breve”: Ainhoa Arteta, Jorge de León, María Luisa Corbacho, Rubén Amoretti, Gustavo Peña…

Buena idea la de unir en una sola representación estas dos obras profundamente andaluzas, granaínas por más señas. Pero el espectáculo proyectado se ha ido al traste por las medidas sanitarias, y así han debido desarrollarse por separado. Gian Carlo del Monaco había ya creado en 2010 una imaginativa puesta en escena de la ópera de Falla para el Palau de les Arts de Valencia. Y ha pretendido para vestir la zarzuela de Giménez establecer los mismos presupuestos que había empleado para aquella. Aunque con las lógicas limitaciones y la notable reducción de los elementos escénicos. La cosa no ha funcionado del todo. En realidad son dos composiciones bastante diferentes más allá de que mantengan similitudes indudables, sobre todo desde el punto de vista argumental y “paisajístico”, costumbrista y étnico.

Las grandes bazas de la puesta en escena en la obra de Falla son la eliminación de factores excesivamente localistas, la ausencia de un realismo verista tantas veces de guardarropía y el intento de penetración psicológica en el personaje principal, aquí presente de principio a fin. Este, llamémoslo así, irrealismo, que se desarrolla en un espacio prácticamente desnudo encaja mejor con “La vida breve”. Esos enormes paneles terrosos en un fondo móvil conceden a la narración un carácter obsesivo, presidido por un fatum inevitable. Acertado el dibujo gestual y la planificación, debidos a Nuria Castejón, de las Danzas (estupendas las cuatro parejas de bailarines). Salud, descalza y de riguroso y premonitorio luto, es como un fantasma. No es muy convincente esa especie de paso de Semana Santa con la crucifixión de Salud. No es ella, como enseguida comprobamos, sino el cantaor.

Un subrayado -simbolizar el tremendo sacrificio, hacerlo aún más presente- que no nos convence. Como tampoco la innecesaria masturbación durante el dúo con Paco. Ni que la joven no tenga una muerte natural, sino a consecuencia de la herida que se propina empujando la mano de su amante en la que ella misma ha puesto la faca, lo que difumina el supremo instante lírico. Discutible, aunque de menor calado, es que la abuela, aquí fuera de la fiesta, se pase toda la última parte haciendo conjuros con las cartas. Es, en cambio, un acierto la presencia constante en el último cuadro de un gigantesco ventilador que cuelga del techo y que, a medida que la tragedia se consuma, va descendiendo lentamente sin dejar de girar. Sus aspas son metáfora de la atmósfera asfixiante, aplastante, demoledora, inevitable.

Un poco en paralelo, el montaje de “La Tempranica” huye del colorido, de la luz y nos sumerge en una atmósfera que tiene algo de onírico y que navega por una suerte de submundo goyesco en el que tiene lugar una especie de aquelarre, quizá salido de la mente de la joven gitanilla, que al final queda sepultada por los jirones de un telón en el que antes se han proyectado motivos y postales andaluzas y que se derrumba estrepitosamente. La representación se cierra con la estática figura de don Luis a su lado. Un final que no tiene nada que ver con el establecido por Giménez y su letrista, Romea. Los diálogos han sido sustituidos por un texto elaborado por Alberto Conejero en el que dialogan Giménez (Jesús Castejón), su libretista (Juan Matute) y Manuel de Falla (Carlos Hipólito). Tiene su miga pero distrae del meollo de la zarzuela cuyos jugosos y evocadores pentagramas discurren a lo largo de siete números.

Desde un punto de vista musical las dos representaciones han funcionado muy bien, en versiones arregladas para orquesta muy reducida de no más de 25 instrumentistas. Notables trabajos de Miquel Ortega para la obra de Giménez y de Miguel Ángel Gómez Martínez para la de Falla. Este último empuñó la batuta, que se reveló diestra en ambos casos por claridad expositiva -con tiempos más bien prudentes-, acentuación, fraseo y apoyo a las voces. Echamos de menos un colorido más subido en la primera y una dimensión orquestal más vigorosa en la segunda. Hubo dos claras triunfadoras en ambos casos. Nancy Fabiola Herrera dibujó con primor y entusiasmo los perfiles de su gitana luciendo una voz plena de mezzo lírica bien coloreada y regulada y creció de manera especial en su romanza, provista de agudos redondos, tersos y bien apoyados.

Por su parte Ainhoa Arteta se entregó con ahínco y grandes dotes de actriz trágica a su exigente labor vocal y escénica. Estuvo tensa en todo momento y acometió con valentía su comprometida “particella” exhibiendo volumen, afinación y poder marginando lo refinado y lírico en beneficio de lo dramático y exasperado con sonidos a veces en exceso ásperos y notas vecinas al grito. Tuvieron buenos compañeros. Muy bien Rubén Amoretti como don Luis -un personaje muy mal parado en esta puesta en escena, como borracho impenitente ridículamente ataviado- y Tío Sarvaor. Su tonante voz de bajo se dejó oír. Competente y vibrante, con agudos tenoriles muy firmes, Jorge de León en su deslucida parte de Paco... Excelentes secundarios: Peña, Bullón, Sola, Muñiz… Y la abuela, demasiado joven, Corbacho. Buenos el cantaor, Jesús Méndez, de timbre oscuro y destreza melismática, y el guitarrista, Rafael Aguirre. Gran éxito ambos días.