Los Rodríguez: "¿Cómo sonaríamos 30 años después?

Los supervivientes del grupo Andrés Calamaro, Ariel Rot y Germán Vilella, se reúnen por primera vez desde su disolución, y Rot se plantea: “Lo que más curiosidad tengo es cómo sonaríamos los tres después de unas semanas en los locales de Tablada”

Fue un 28 de septiembre de 1990 cuando aterrizaba en Barajas Andrés Calamaro. Con su pelo descontrolado, el teclado y una maleta hecha polvo. Pero la Guardia Civil no le paró a él para un cacheo selectivo, sino a los dos individuos que, ojerosos y algo sonámbulos, acudían a recogerle. Eran Ariel Rot y Julián Infante, ex componentes de Tequila y germen de Los Rodríguez, aunque todavía no se habían dado un nombre.

«Accedí a quedarme en Madrid tocando porque Julián vino muy ilusionado con el proyecto. Pero impuse una condición. Una sola. Que yo traía al cantante». Y un mes después, dejando mujer, piso, estudio y carrera en Buenos Aires, aterrizó Calamaro en Madrid como un perfecto desconocido. Esa aventura musical, tras hacer historia, se esfumó en un «Hasta luego», el último disco del grupo, que no llegaron a separarse oficialmente.

Desde entonces no se habían vuelto a reunir los supervivientes –Julián Infante falleció en 2000–, por lo que la cita de ayer tenía algo de histórica. Fue para presentar la biografía del grupo, «Sol y Sombra. Los Rodríguez» (BAO Bilbao Ediciones), escrita por Kike Babas y Kike Turrón, que han tardado siete años en escribirla, más de los seis que Los Rodríguez estuvieron juntos. Sin embargo, además del sexo y drogas en su justa medida, tuvieron tiempo de hacer mucho rock & roll: publicaron los discos «Buena suerte» (1991), «Sin documentos» (1993) y «Palabras más, palabras menos» (1995) antes del recopilatorio «Hasta luego».

La química del grupo fue, desde el principio, fuera de lo común. Rot e Infante ya habían sido estrellas del rock en España. Calamaro llegaba desbordando creatividad. «Fuimos Tequila reposado», declaró ayer el compositor de muchos de los éxitos de la banda. Germán Vilella, batería del grupo, tardó exactamente «tres acordes» en darse cuenta del talento del argentino, del que no había oído hablar ni una palabra.

Todos a la cárcel

Vivían juntos en «el Rancho», el apodo que recibía su piso, que es, como aclaró el argentino, una palabra que se refiere a la vivienda humilde y rural de gaucho, y también al servicio que se presta en los comedores colectivos, como el de los presidios. A la cárcel de Carabanchel fueron a tocar una vez como parte de un programa. Y cuando llegaron, ahí estaba Jose, el proveedor de costo de Calamaro en Malasaña. «Se saludaron e hicieron una maniobra como de un intercambio –recordaba Ariel Rot–. Inmediatamente todos los celadores se pusieron de mal rollo con nosotros y no nos quitaron los ojos de encima», se reía ayer, más de veinte años después, dejando entrever que en su día no le hizo tanta gracia. «Claro, yo iba siempre a pillar a su casa en la calle del Tesoro», corroboraba Calamaro. «Pues para salir de la cárcel nos revisaron hasta el bombo de la batería», apuntó Vilella.

Acerca de la posibilidad de una reunión, Los Rodríguez no fueron concluyentes. «Podríamos haberlo hecho en el 2000, pero falleció Julián y no sé dónde estábamos cada uno. Para mí habría sido una auténtica salvación», dijo Calamaro acerca de una época en la que acababa de publicar «El salmón» y atravesaba por una crisis personal. En 2006 murió el guitarrista Guille Martín, que fue parte de la banda, y en 2007 se suicidó Daniel Zamora, el único bajista del grupo. Señalaron que, de reunirse, lo primero sería visitar los viejos estudios de Tablada, 25 en el barrio de Tetuán, que «debería convertirse un museo». Empezar por ahí. «Lo que más curiosidad tengo es cómo sonaríamos los tres después de unas semanas en Tablada», precisó Ariel Rot, pero ninguno rechazó de plano esta posibilidad, quizá, para tiempos después de la pandemia. Sería la ocasión de resarcirse: “En su momento no pudimos hacer una gira por Latinoamérica y creo que podríamos haber gustado mucho en México o en Colombia o en muchos otros lugares”, lamentó Calamaro. Y dijeron de neuvo hasta luego, no sin recordar «a los amigos ausentes».