Crítica de clásica: Triunfal Celso Albelo en el Teatro de la Zarzuela

Obra: Canciones y romanzas y piezas pianísticas de González Santamaría, Álamo, Gil, Power, García Bautista, Sorozábal, Guridi, Barbieri, Penella, Vives y Guerrero. Músicos: Celso Albelo, tenor. Juan Francisco Parra, piano. Teatro de la Zarzuela, Madrid. 5-X- 2020.

Un recital sembrado de aplausos y de ovaciones desde su mismo principio. No hay duda de que la concurrencia estaba con el tenor canario, al que cortejó de continuo con entusiasmo. La verdad es que el cantante, que se mostró simpático y dialogante con el respetable, mostró sus mejores virtudes evidenciando un excelente estado de forma a sus casi 44 años, que lo van a recibir cuando ha alcanzado ya la madurez vocal y artística. Se le ve seguro, asentado, dueño de sus medios, expresivo y musical y se nota que disfruta a conciencia de lo que hace y de cómo lo hace.

Su voz, que, transcurridas ya varias singladuras, puede decirse que es ahora prácticamente la de un lírico, posee ese agradable timbre levemente velado, que recuerda un tanto, aunque posee menos metal, a la de su ilustre y desaparecido paisano el gran Alfredo Kraus, de quien ha heredado ciertos acentos e incluso ciertas formas de ataque. Una voz que pierde algunos enteros en la zona del pasaje y no porque el cantante no la tenga resuelta ya que el sonido fluye libremente en ella. Los graves están bien provistos, los agudos son consistentes y bien apoyados y se agrandan y adquieren mayor personalidad a medida que la nota es más alta. El Si natural agudo y el Do sobreagudo no tienen problemas para él, que los emite con soltura, poder, anchura y firmeza, con un brillo muy reconocible, bien que algo falto de fulgor.

Con estas virtudes Albelo no tuvo problemas para desgranar un programa no especialmente complicado, en el que fue dejando muestras de su clase. Para el gusto personal, a veces rizó demasiado el rizo y abusó de portamentos, falsetes y adornos en las canciones canarias, todas ellas recuperadas con nuevas luces gracias a su colega Pancho Corujo, presente en la sala, y a quien agradeció el trabajo, y a Fernando Briones.

“Siete rosas” de Antonio González Santamaría estableció el camino por el que iba a discurrir el concierto: falsetes finos, falsetotes, reguladores, ligaduras… Un canto exquisito y barroquizante en el que el tenor se explayó a gusto, dueño de sus medios y conocedor de que con ellos llegaba al público. Admiramos más tarde los caracoleos en “La noche de Arguineguín” de Néstor Álamo, autor también de la famosa “Sombra del Nublo”, que tanto cantaba Kraus y que Albelo acometió asimismo en tesitura muy aguda, cerrada con un agudo soberano, coronado como casi todos con golpe de glotis.

En la segunda parte disfrutamos con la poco conocida romanza de “La isla de las perlas” de Sorozábal, con la especialmente matizada de “El Caserío” de Guridi, la de “Don Gil de Alcalá” de Penella y la tan hermosa “Por el humo se sabe donde está el fuego” de la “Francisquita” de Vives, donde el tenor tuvo un leve traspiés. Cierre con la heroica “Fiel espada triunfadora” de “El huésped del Sevillano” de Guerrero, con ligero cambio de letra en el agudo final. Ante las ovaciones, bises con guitarra (de Jaime Núñez nos pareció entender): “Morucha”, “Te quiero, dijiste”… El tenor se emocionó más de una vez ante el clamor del respetable. El pianista Parra, que interpretó a solo “Tanganillo: Estudio de concierto” de Teobaldo Power y un arreglo del dúo de “Los diamantes de la corona” de Barbieri, mostró soltura, complicidad con el solista, manos firmes y relativo refinamiento.