“Normal People”: manual del desamor para la generación vacía

Basada en la novela homónima de Sally Rooney, “Normal People” es un drama con vocación generacional y está disponible al completo en la plataforma Starzplay

Acostumbrados por aburrimiento, repetición y taladro al taxón del drama adolescente, la sorpresa con «Normal People» es de un calibre colosal. No se engañen tampoco, porque los ingredientes son los mismos de siempre: el chico fetén, deportista y hasta apolítico por no ponerle peros, se queda prendado de la chica de la última fila, la que lo tiene todo excesivamente claro y saca buenas notas pero tiene las destrezas sociales de un tarugo. Tampoco se dejen llevar por el estupor que provocan chavales ya talluditos luciendo uniformes escolares, porque la trama va saltando en el tiempo y, al final, hasta se agradece.

La gracia, pues, viene de cómo se mezcla todo. Basada en la novela homónima de Sally Rooney, ganadora del premio al libro del año allende el Canal de la Mancha, «Normal People» puede verse en nuestro país gracias a la plataforma StarzPlay y cuenta con los sellos de garantía de la BBC y Hulu («El cuento de la criada», entre otras).

La historia de este amor entre estos «zetas», ya saben, lo del «ghosting» y los «emojis», está cruzado por una universalidad apabullante que toma prestada de la novela original y extiende hasta encontrarse con tesis como las de Jane Austen sobre el vacío cuando nos queremos. O, más bien, cuando nos queremos querer.

Esa pulsión, entendida tanto desde el dolor infinito de quienes se saben caducos como desde el privilegio de quienes tienen tiempo que perder en estos asuntos tan etéreos, es la estructura que articula y da empaque a los doce episodios de esta mini serie.

Pequeñas postales desde el dolor

Marianne y Connell, que así se llaman los protagonistas a los que dan vida con una naturalidad impresionante Daisy Edgar-Jones y Paul Mescal, respectivamente, vivirán ante nuestra mirada un desarrollo emocional que nada tiene que envidiar al de producciones mucho más grandes y ruidosas. Eso sí, con vida en sus ojos. Con sexo. Con caricias. Con odios y desencantos. Recuerda todo a aquel tiempo, que creerán una ensoñación si no lo han revisitado, en el que el hiperrealismo era capaz de sentarnos frente al televisor a tomar posiciones sobre lo que estábamos viendo.

El gran logro de «Normal People», y su virtud máxima, es su constante juego con las perspectivas: ¿cómo demonios puede ser buena una serie que consigue que odiemos a todos y cada uno de sus personajes? ¿Es posible hacer encajar las piezas de un rompecabezas que usa la elipsis como pegamento? Al estilo de la celebrada y cosmopolita «Girls», de Lena Dunham, esta ficción tiene vocación de canto generacional. Eso sí, yendo un poco más allá en su estudio de las relaciones humanas. La cotidianeidad de Dublín, haciendo empático lo catártico y creciéndose en el fango, es un cuadro mucho más realista que cualquiera de ese Brooklyn alternativo en el que todo el mundo tenía dinero mágico para pagarse el alquiler.

Quizá la sucesión de encuentros entre Marianne y Connell, propia de su tiempo y espacio, pueda alejar equívocamente a aquellos que no se crean para estos trotes, pero crean, porque es una serie diseñada para llegar a ese pequeño rincón de vulnerabilidad al que cada vez dejamos menos espacio. En definitiva, aventurarnos a volver a aquello que pudiendo ser no fue y que, cuando pudo, no acabó siendo.