Fenómeno “Woke”: Azote del activismo de clic y camiseta

Cólera fanática, revisionismo y histórico y revanchismo social son algunos de los rasgos del nuevo puritanismo de la izquierda que denuncia Andrew Doyle

Titania McGrath, la «autora» de «Woke», es el alter ego de Andrew Doyle, periodista y escritor británico. Es una sátira hiperbólica, casi valleinclanesca, del nuevo puritanismo que una sección de la izquierda –infantil, cortoplacista, adanista y tuitiva– pretende imponer, con su exacerbación del yo («soy mucho mejor persona que tú»), la sublimación de lo emocional («a los sentimientos no les importan tus hechos» y el desprecio a la razón («todo el conocimiento es un constructo patriarcal») por bandera. Este formato, la parodia, le permite a Doyle analizar el fenómeno «Woke» sin necesidad de ser explícito en la crítica, dejando al lector activo que llegue a esas conclusiones –crudas y desoladoras– por sí mismo a través de las reflexiones de McGrath, algunas tan descacharrantes como: «Las clásicas conversaciones cara a cara están bien, pero lo mejor para debatir asuntos políticos serios es hacerlo a través de una plataforma online, que nos ahorra la posible intimidación que puede conllevar el contacto humano directo y donde no hace falta desarrollar los argumentos más allá de 280 caracteres». Imposible retratar mejor y en menos espacio el hiperactivismo en línea constante y calmaconciencias, el del golpecito de clic, de la consigna de chapa y camiseta, de la causa justa más «trendy» del momento. Ni hay reflexión ni se la espera.

Causas de perogrullo

El fenómeno «Woke» –pasado simple de to wake: despertar– englobaría a todo aquel movimiento concienciado con la justicia social, las políticas identitarias y la corrección. Lo curioso de todos ellos, la gran paradoja de esto es cómo, para luchar por las más legítimas causas justas –¿quién en su sano juicio podría estar a favor del machismo, la homofobia o el racismo?– se hace uso de argumentos y actos que acaban siendo exactamente iguales que los de aquellos a los que se pretende combatir. Cómo, para defender derechos –libertad sexual, igualdad– se atacan hasta poner en serio peligro otros tantos –libertad de expresión y creación, presunción de inocencia–. La cólera fanática, el revisionismo histórico y el revanchismo social como catarsis y purga. Muera la inteligencia, que dijo aquel.

El verdadero mérito de Doyle en esta joya que es «Woke» es haber sido capaz de parodiar a una progresía internacional que es ya, en sí misma, una parodia. Llegados al punto en que una escritora española denuncia en un hilo de Twitter el terror que le supuso que dos hombres la saludaran en un ascensor –o sea, que lo que ocurrió es la nada–, una actriz peruana reivindica que el mundo pase a llamarse «la munda» para empoderar a la mujer –como si existiese correlación alguna–, o es vandalizada una estatua de Cervantes como protesta contra el racismo –cuando él mismo fue esclavizado–, el remedo se ve superado por la propia realidad. Y ahí es cuando se nos congela la sonrisa: cuando somos conscientes de que estamos rodeados de miles de reales Titanias McGrath, con otros nombres y otras caras. Apuesto a que a ninguna de ellas les ha hecho ni pizca de gracia «Woke».