Miguel Delibes: un escritor al margen de capillas

Darío Villanueva, miembro de la Real Academia Española, evoca la figura del novelista

Miguel Delibes reconocía que su vocación literaria había tenido un origen fortuito; que aprendió a escribir en el Curso de Derecho mercantil de Joaquín Garrigues; que fue leyendo literatura al dictado de los críticos; y que sus tres primeras novelas fueron escritas «tan intuitivamente como podría haber construido un barco». Pero desde la atalaya de su centenario sabemos que su obra está en la cumbre de nuestra literatura contemporánea.

Son veinte novelas y varios libros de relatos los que lo hicieron estar presente en los momentos cruciales de la narrativa posterior a la guerra. Delibes se mantuvo, sin embargo, siempre al margen de grupos y capillas, favorecido por la indiferencia hacia lo contingente que desde una ciudad no metropolitana se puede mantener. Esa independencia brilla también en otra de sus facetas inexcusables: su actividad periodística en «El Norte de Castilla». El periodismo aporta una curiosidad global, el pulso de la actualidad contemporánea, y demanda una prosa expresiva y eficaz a la vez. En los cincuenta, cuando el neorrealismo evolucionó hacia un realismo social, los novelistas se esforzaron en testimoniar hechos que los periódicos no podían difundir. Al Delibes director del diario le prohibieron dar noticia de que un vagón con naranjas había descarrilado en Venta de Baños, acaso porque el Régimen no consentía que se pusiese en solfa su eficacia y control total.

Aparte de esa proximidad periodística a la realidad, el oficio del novelista puede beneficiarse también de determinadas exigencias formales propias de los diarios. En primer lugar, garantizar la narratividad que el lector demanda y nuestros novelistas redescubrieron como imprescindible tras las veleidades del experimentalismo. Y complementariamente, un estilo directo, no retórico, compatible con la eminencia de la escritura literaria, no fungible. Delibes creía en el diálogo. La forma de sus novelas, y su humanismo, son básicamente dialogísticos, y gracias a sus conversaciones podemos conocer mejor su personalidad. Por ejemplo, saber que el periodismo lo «empujó a buscar el lado humano de la noticia» y que gracias a él aprendió que «había que decir lo más posible con el menor número de palabras posibles». Admitiría también, así, el tratamiento periodístico que dio al cerrilismo rural en «El tesoro» (1985) a partir de los hechos que vivió su hijo arqueólogo, virtudes del reportaje que lucen asimismo en «El disputado voto del señor Cayo» (1978), centrada en la transición. Pero lo mismo se puede apreciar con anterioridad, si comparamos las crónicas de «Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», y los avatares de Lorenzo reflejados en «Diario de un emigrante». El correspondiente cotejo habla de cómo la objetividad con que Delibes narra y describe para el diario se transmuta en un discurso de expresividad máxima cuando es el personaje el que, con sus palabras, hace lo propio.

Darío VILLANUEVA