Fernando Aramburu, entre la ópera, su infancia y el fútbol

El escritor reúne en un volumen una serie de artículos literarios donde reflexiona sobre sí mismo y sus principales preocupaciones

Para Fernando Aramburu, el éxito de «Patria» podría haber resultado ser su maldición de Tutankamón, pero no ha sido así. El presente libro es igual de hermoso, rotundo y sensorial que todo lo que sale de su pluma. Asistimos a una recopilación de artículos publicados durante 81 semanas. No están editados cronológicamente, sino agrupados en siete apartados que nos transportan a recuerdos de su infancia, los años de universidad, el tiempo de docente, su opinión sobre la ópera, el fútbol, los paseos en tren o sus viajes.

Pero, sobre todo, la vida de Aramburu es una «vida de libros» –como él mismo resalta–, y eso lo atraviesa todo el volumen. A diferencia de «Autorretrato sin mí», que era una colección de apuntes netamente biográficos, aquí no hay una intención memorialística, pero sí logramos conocer mejor a Aramburu, adentrarnos en su sistema operativo y explicarnos las razones por las que han nacido, crecido y transitado algunos de sus personajes emblemáticos así como la gestación de sus tramas más complejas. Como siempre, ya desde los que nos conmovimos con «Bami sin sombra», vemos que nuestro autor se afana en depurar el idioma hasta lavarlo a la piedra para que su resultado sea casi matemático, como una fuga de Bach bien temperada.

La forma de abrazarnos

Sobre su tono, siempre enarbola la voluntad de evocación del pasado tanto como su capacidad de radiografiar situaciones –el comportamiento de los viajeros de un tren, el modo en que nos abrazamos...–. Por último está su necesidad metódica y analítica, siempre con una observación que nos remite a un escritor nada satisfecho con su propia inteligencia y poco pagado de sí mismo. Aramburu es un hombre poético y directo; rechaza las medias tintas, los caminos imprecisos o la hipocresía... porque no milita más en que su ética. Jamás osa hablar ex cátedra ni se muestra vehemente, pues su tinta no está cargada de bilis ni de sentencias pero sí en un humor inteligente.

Estas páginas son, como él dice, «ejercicios de pensamiento libre». El matiz es que está escrito por una de las plumas más libres que tenemos. Narrador con una prosa que nos es regalada sin intención de recompensa y trufada con destellos llenos de autopsias sobre la verdad, la mentira y sus alrededores. Estamos ante un genio, un autor de consenso, un narrador excelso y un hombre bueno... Deberíamos cuidarle, porque es una estirpe en vías de extinción. España no suele saber hacerlo con los suyos.

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