«Los cambios verdaderos se fraguan en silencio, sin avisar. Lo demás son síntomas»

El filósofo Arturo Leyte advierte sobre el peligro de considerar la vacuna del Covid en términos “teológicos”, como si la inmunidad que promete “se generalizara hasta entenderla como inmortalidad”

El mundo iba a cambiar para siempre en 2001. El atentado contra las Torres Gemelas era un hito que no podríamos esquivar, dijeron algunos. No sucedió. La definitiva sería la crisis económica mundial de 2008; después de aquella debacle nunca seríamos los mismos, imposible. Pues bien, la pandemia nos ha encontrado tal como éramos hace veinte años y todo apunta a que nos dejará también iguales. ¿O será esta la buena? Acudimos al catedrático de Filosofía Arturo Leyte (Vigo, 1956), autor de «El paso imposible» (editorial Plaza y Valdés), en busca de algo de luz.

–¿Estamos al borde de una transformación profunda?

–¡Claro que no! La historia del mundo es la historia de sus sucesivos finales, que en realidad son «hitos» para la continuación del mismo. Siempre nos acompaña la idea de ese «cambio» que por fin definirá nuestra vida, se buscan «acontecimientos» señalados que den sentido a una generación. Ignoro si la pandemia va a corregir la tendencia destructiva del mundo desarrollado, pero lo veo difícil. Los verdaderos cambios se fraguan en silencio y sin avisar. Lo demás son síntomas.

–Hemos cambiado los aplausos de las ocho por la polarización. ¿Qué está pasando?

–Nada ha cambiado: la polarización ya estaba presente y los aplausos venían acompañados muchas veces de rechazo a los aplaudidos. Como ha ocurrido antes, al ensalzamiento de los héroes ha seguido su caída en el silencio. Los aplausos estaban cargados de «sentimentalidad», no de «solidaridad», y los sentimientos son fuente de polarización. Los aplausos no han sobrado, lo que ha faltado es una posición racional y una información transparente.

–¿No nos dicen la verdad?

–Los gobiernos temen hablar claro en parte porque quizá la desconozcan y no quieran reconocerlo ante su «público». Una actitud racional hubiera tenido que ser humilde y admitir la propia ignorancia, pero resulta más fácil eludir la obligación de una información veraz, aunque sea incompleta. No se quiere aceptar que esa humildad no degrada, sino que engrandece. Gobernar hoy, en una sociedad avanzada que se llama democrática, pasa por comunicar la verdad sin paliativos.

–¿Nos aferramos a la ciencia como si fuera a salvarnos de todo?

–Que la ciencia resulta hoy absolutamente imprescindible es incuestionable. Otro asunto muy distinto es que ocupe una posición que no le corresponde, como por ejemplo la de «gobernar». Claro que el político no sabe de salud, ni tiene por qué, pero eso no es negativo, no quiero imaginarme una sociedad gobernada por científicos, sería terrorífica. También me preocupa ese significado «religioso» del que en ocasiones se tiñe la ciencia, porque de ella se espera la salvación que la religión ya no garantiza. Eso significaría sustituir un despotismo por otro.

–¿Qué puede aportar la filosofía a esta falta aparente de sentido?

–Para ser francos, no puede aportar nada, porque no es un recetario. La filosofía no es superior a cualquier otro tipo de saber, al contrario, es muy poco efectiva. Pero quizá en ese defecto se encuentre su ventaja, por ejemplo, para valorar la propia «falta de sentido». En las sociedades complejas, todo se ha vuelto más difícil, incluso reconocer el sentido que de uno u otro modo las rige, aunque lo tengamos a la vista.

–La incertidumbre lo impregna todo. ¿Nos acostumbraremos o la falta de certezas va contra nuestra esencia?

–Es el más curioso «descubrimiento» de la modernidad: cómo un sujeto vulnerable y cercado por la incertidumbre desarrolla una tendencia hacia la certeza a cualquier precio, que encuentra en el cálculo matemático. La incertidumbre es el punto de partida y aquello que nos acompañará siempre, es nuestro estado natural. Sería una pena echarnos en brazos de cualquier otra certeza.

–¿Vemos la vacuna, erróneamente, como una garantía de inmortalidad?

–El peligro reside en considerar la vacuna en términos «teológicos», como si la inmunidad que promete se generalizara hasta entenderla como inmortalidad. A veces da la sensación, hasta en el trasfondo de conversaciones cotidianas, de que la fe se encuentra depositada en una vacuna contra la muerte. No me quiero imaginar la capacidad de destrucción y catástrofe que generaría que asumiéramos ser inmortales. Celebremos que no hay una vacuna que nos haga inmortales. Eso nos proporcionará más cariño, en vez de egoísmo, hacia nosotros mismos.

–¿Observa un incremento del interés por la espiritualidad como el último asidero?

–La verdad es que no estoy atento al «termómetro» que mide el interés por la espiritualidad. Quizá no hayamos aprendido que todos, no solo este, son tiempos de zozobra, y que si hay que cuantificarla nosotros salimos muy bien parados, incluso con pandemia: ¿por qué no recordar las ciudades y naciones asoladas tras la II Guerra Mundial, y la catástrofe que se vivió? Lo que ocurre es que cada vez soportamos menos la zozobra y la inseguridad, precisamente porque la continua asistencia técnica nos ha vuelto más débiles, pues «ella» es la que se ocupa de todo: hoy es más «espiritual» en ese sentido un teléfono inteligente que una oración.

–¿Cómo se explica la ola de negacionismo sobre el virus pese a la abrumadora evidencia científica?

–Lo primero que haría es preguntarme qué niega esa ola: ¿la existencia del virus y sus efectos o, más bien, las medidas médicas y políticas? En este caso, seguramente surge como una difusa reacción contra un absolutismo de las «verdades científicas» y la apabullante intervención de los gobiernos en nuestras vidas. Un poco de humildad por parte de la ciencia médica y epidemiológica para reconocer la ignorancia inicial sobre el virus hubiera desactivado muchas sospechas.

–¿Cree que el espíritu crítico del ciudadano también está menguando en medio de esta crisis?

–El espíritu crítico ya estaba menguado antes de esta crisis, al punto de que algunos efectos perniciosos de la misma ya son resultado de ello, es decir, de esa falta de formación. En este punto, me atendría a lo que a propósito de la Ilustración dijo Kant: «¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!». En eso consiste el espíritu crítico.

–El teletrabajo fusiona los espacios de ocio y obligación, las relaciones sociales disminuyen... ¿Está cambiando nuestra forma de estar en el mundo?

–El teletrabajo modificará sin duda la vida de algunos, pero en general no creo que cambie esencialmente nuestra forma de estar en el mundo, constituida con anterioridad a la pandemia. Creo es que es el teléfono inteligente el que ha cambiado el escenario: dicta tanto el trabajo como el ocio, muchas veces sin distinción. Ha modificado lo que en la cultura occidental entendimos por «espíritu»: nuestro entendimiento, memoria y hasta nuestra voluntad, se han puesto al albur de lo que dicte la máquina. Los ciudadanos son los que tendrán que pensar si prefieren tener un alma «móvil» o una «interior».

– Usted dice que la pandemia no es democrática porque sus efectos agudizan la desigualdad. ¿En qué sentido?

–En principio, es bastante obvio, no solo porque, por ejemplo, la vacuna solo llegará a ser universal a lo largo de años y, por lo tanto, de sus efectos no podrán beneficiarse de entrada más que los privilegiados. No hay seguramente hoy una enfermedad, ni siquiera el cáncer, que no signifique «desigualdad». Por no hablar de una desigualdad cruel, recién experimentada: el funesto triaje entre jóvenes y viejos, abocados en muchos casos estos últimos a la enfermedad sin tratamiento y a la muerte. ¡Qué paradójico resulta comprobar cómo la misma sociedad que ha llevado a esos ancianos a vivir por encima de sus condiciones naturales, en honor y beneficio de la tecnología médica, se deshaga de ellos a las primeras de cambio!

– También dice que la muerte adquirirá aún más un «significado estadístico» que disolverá su sentido.

–Me sentía muy extraño cuando los noticiarios en los momentos álgidos del primer confinamiento anunciaban de una manera rutinaria e informal el número de víctimas por día, como quien enumera cualquier tipo de incidencias. Para mi sensibilidad, había cierta obscenidad, como si se hubiera perdido el sentido «sagrado» que, en definitiva, tiene toda muerte. Es verdad que la sociedad moderna, en su ansia de eternidad, ha dejado de considerar la muerte de ese modo absoluto y tiende, más bien, a verla como un mero accidente que podría subsanarse con los medios técnicos adecuados. Es esa tendencia a considerarla solo como un accidente lo que la convierte en materia estadística. Quizá no habría que olvidar que «muerte» es siempre la mía, y no deberíamos dejárnosla arrebatar, como tampoco queremos que nos arrebaten la vida.

– Los políticos están demostrando poca altura de miras. ¿Cree que son un mero reflejo de lo que somos nosotros?

–Los políticos no son un reflejo: somos «nosotros» transformados por la posición que a uno le confiere «tener poder» y «ejecutar». ¿Por qué el nivel de los políticos iba a ser superior al nivel de la formación que en general la política ha decidido para sus ciudadanos? Eso sí que sería un milagro. Hay un medio peligrosísimo de ocultar la ignorancia, que pasa por ordenar y mandar: la ejecución disipa cualquier duda, y hasta los ciudadanos acaban alabándola, como si por ella misma ya se demostrara todo.

– ¿Qué lecturas recomienda para un momento como este?

–Solo puedo recomendar lo que me recomendaría a mí mismo: novelas clásicas como «La montaña mágica» de T. Mann o «La peste» de A. Camus. Y desde luego, un diálogo de Platón, excepcional para entrar en la filosofía: «Fedón». Hay tanto que leer que a uno le gustaría ser inmortal.

– ¿Ha observado algún cambio en usted mismo desde la irrupción del Covid?

–No. Tal vez si hubiera caído enfermo lo sentiría. Sí he sentido una gran melancolía por percibir lo ya sabido: la vulnerabilidad de la que ha dado muestras el mundo, que se veía tan poderoso. ¿Nos hemos olvidado de que, ya no por la pandemia, sino por una acción militar nuclear, una guerra bacteriológica, o incluso por una guerra de información, podemos desaparecer en cualquier momento; que el mundo se sostiene gracias a un entramado técnico que ya no tiene dueño y que, de tenerlo, nunca será fiable? Pues es hora de pensar en ello.