Rabia contra la luz que se esconde

Pablo Heras-Casado brinda una gran interpretación de Beethoven durante la gala «Acordes con solidaridad»

Pablo Heras-Casado
Pablo Heras-CasadoTeatro RealLa Razón

Cuando Dylan Thomas, en la década de los cincuenta, nos increpaba con aquel «Rabia, rabia contra la luz que se esconde», apelaba sin saberlo a ese espíritu revolucionario contra el sufrimiento que tanta falta nos hace hoy y del que tan acertadamente nos ha hablado siempre Beethoven. La rabia no es un mal combustible para según qué días. Intentando recuperar el tiempo perdido en este año Beethoven, la ya clásica gala de «Acordes con solidaridad» retornaba con dos obras que se esfuerzan en proyectar sobre el pentagrama la dualidad del héroe y su lucha interior. Arrancó el concierto, no sin ciertos nervios por parte de la Orquesta Sinfónica de Madrid, con la Obertura Coriolano, op. 62, una pieza que Heras-Casado supo dibujar mejor en su primer y agresivo tema (ese que se inicia en su habitual tonalidad «tormentosa», la de do menor de la «Quinta Sinfonía») que en el segundo, más lírico y que perseguía el espejismo de la sabiduría. Fue la tónica del concierto, lecturas rudas en el mejor sentido del término, sin delectación ni espacios para lo contemplativo.

Animal herido

El centro lógico del concierto era la «Séptima Sinfonía» en la mayor, op. 92, que corrió por la sala como animal herido, enrabietada la mayor parte de los compases y algunos otros (los menos) con una lograda intimidad. Más allá de las decisiones propias del enfoque historicista que quiso reflotar el director granadino (dinámicas incisivas, balance con el viento-madera mejor equilibrado, moderación del vibrato…), se palpó el esfuerzo durante el primer movimiento por dejar atrás los atavismos estructurales y las herencias formales del anteayer clasicista. Las articulaciones directas de la cuerda y el sentido ensoñador de flautas y oboes estructuraron con solvencia el Vivace. El segundo movimiento, sobre el que tantos ignoran su carácter sarcástico, de falso adagio que ridiculizaba más que alentaba el espíritu heroico de la marcha militar, se leyó sin excesos dramáticos y con suficiencia expresiva por parte de la cuerda. Pero fue el Presto el verdadero hallazgo del concierto, donde la rabia y la cólera menos domesticada hicieron acto de presencia con la complicidad de Heras-Casado, que disparó por momentos el tempo y acentuó el contraste de la hermosísima transición hacia el segundo tema. El resto es el conocido aquelarre del último movimiento, esa catarsis danzable que supone uno de los fragmentos mejor escritos de todo el siglo XIX. Chelos y contrabajos llevaron el peso de ese héroe que está escapando de las tinieblas, metáfora, esperemos, de los días que vendrán. Gran concierto.