Mujeres que mientras hacían pan, soñaban con ser libres

Maryam Touzani se estrena en la dirección de un largometraje con “Adam”, un homenaje intimista a la fuerza y coraje femeninos, elegido por Marruecos en la carrera de la pasada edición de los Oscar

Lubna Azabal y Nisrin Erradi dan vida a Abla y Samia respectivamente en "Adam"ImdbImdb

Cuando Maryam Touzani regresó momentáneamente a la casa que sus padres tenían en Tánger durante su época de estudiante universitaria, conoció a una mujer que de forma involuntaria se le quedó atravesada en el pecho. Se instaló sin pretensiones en una cavidad esponjosa del cuerpo donde se almacenan los recuerdos, las caras, los nombres y los lugares que generan algún tipo de impacto o alumbramiento en la cotidianidad de nuestro desarrollo vital y todavía hoy duerme ahí, en el mismo lado donde se recostó por primera vez hace casi veinte años.

“Un día vino una mujer a la que no conocíamos de nada a llamar a nuestra puerta. No tenía marido y estaba embarazada de ocho meses. Había escapado del pueblo donde vivía y nadie sabía que estaba en cinta. Tras varias semanas vagando de puerta en puerta, solicitando trabajos que le eran continuamente negados, aterrizó en nuestra vida", relata la cineasta marroquí acerca del origen argumental de “Adam”, su debut en el largometraje y la perla audiovisual por la que su país de origen apostó para la carrera por la estatuilla de mejor película de habla no inglesa en la pasada edición de los Oscar.

Los padres de Touzani abrieron la puerta sin contemplaciones a esta mujer embrutecida por el abandono con la intención de mediar en la familia de la joven y solventar la situación, pero pronto se dieron cuenta de que no existía una forma demasiado complaciente a corto plazo que lo hiciera posible. “Para protegerla a ella y a su hijo, mis padres decidieron dejarla con nosotros en casa. Viví con mucha intensidad su último mes de embarazo y a medida que pasaban los días, me daba cuenta de que estaba viendo cómo una mujer se transformaba en madre delante de mis ojos. Llevé a esta mujer dentro de mi durante diecisiete años, hasta el mismo día en el que yo me quedé embarazada. Cuando mi tripa empezó a moverse, volví a pensar en ella de manera recurrente”, prosigue la directora.

Después de meses rumiando la posibilidad de materializar el recuerdo de esta inspiradora figura en algo que siriviese como agradecimiento por la huella marcada y el aprendizaje adquirido, Touzani derivó en esta delicada cinta liderada por Abla y Samia, dos mujeres luminosas empujadas por las circunstancias a entenderse como iguales y retadas por el conservadurismo de la sociedad que las rodea a constituirse como mujeres libres.

Reconoce la directora que “la sororidad ha existido siempre, no es un concepto moderno” y también que “el feminismo es ante todo humanismo. En los últimos años creo que se ha extraído una parte bastante superficial del concepto. Pero cuando eres humanista no puedes no ser feminista”. Haciendo uso de unos primerísimos planos que acercan el ojo del espectador al aire que transpira la masa de las deliciosas arzizas que preparan las protagonistas o a la pena espesa de una mirada deshidratada por el luto, Touzani construye una bella historia de hermanamiento con la esperanza de que algún día llegue a su destinataria. “Me hubiera encantado compartir todo esto con ella, ojalá vuelva a llamar a la puerta. Mi madre no ha cambiado de casa”.