“Roadkill”: Maquiavelo ha muerto, ¡larga vida a Maquiavelo!

Movistar estrena una producción de la BBC sobre los bajos fondos de la política británica y con Hugh Laurie (“House”) como protagonista

This image released by PBS shows Hugh Laurie as a heedless British politician beset by scandal in the four-episode series "Roadkill," premiering on MASTERPIECE, Sunday, Nov. 1, 2020 on PBS. (MASTERPIECE/PBS via AP)AP

La ficción europea, que no europeísta, solía caer siempre en el manierismo del retrato de la política como un lodazal nada idealista en el que cada cual mira por lo suyo. La gente con la que llenan sus mítines no importa, importan sus votos y, sobre todo, el poder maquiavélico que desprenden. Por eso, todo aquel que anduviera con el olfato atrofiado de tanta pinza se llevó una grata sorpresa cuando la danesa «Borgen» llegó para cambiarlo todo sin añadir nada.

Resulta, en aquel maravilloso serial nórdico, que la «realpolitik» era más real que política, y que aquellos seres trajeados que nos habían hundido en la miseria misma tras la crisis hipotecaria, eran un poquito más humanos, más amables, menos raros. Idealista o no, es mucho más plausible encender la suspensión de la incredulidad cuando nuestro protagonista sufre por disponer de una manta presupuestaria muy corta y dejar destapados los pies de un colectivo concreto al que había prometido cuidar.

Decenas de imitaciones que intentaban desarrollar ese esquema naif hasta el paroxismo después, «Roadkill» llega para intentar subirse en el tren sin frenos que es la equidistancia y que tan bien está funcionando en la ficción del 2020 («Antidisturbios»). Esa que tiene que pelearse con una realidad mucho más compleja y morbosa que la empequeñece a cada telediario. Protagonizada por Hugh Laurie (el mítico Dr. House), esta serie británica cuenta con el sello de calidad de la BBC y en España está disponible gracias a Movistar.

Ácida, negra e intrínsecamente inglesa

En apenas cuatro disfrutables episodios de una hora, «Roadkill» se sirve del arquetipo del político populista, adorado por sus votantes y despreciado por sus compañeros, para hacer un viaje por los poderes que cimientan la democracia británica. Allí están, por supuesto, la periodista comprometida porque la verdad (y su nombre debajo) vean la luz, los asesores bocazas que esperan su turno para trepar y hasta los empresarios de ansia privatizadora que no dudarán en desaparecer si el cerco judicial se estrecha demasiado.

Quizá la franqueza de la propuesta de David Hare, guionista de «Las Horas» o «El lector», espante a aquellos que buscan en la política maratones circenses o agravios continuos, pero es lo suficientemente intrigante como para mantener atentos a aquellos a los que la lectura de «El príncipe», por repetida, les acabó siendo indigesta. De hecho, es probable que el aburrimiento inquisitorial que colapsa las instituciones inglesas, y también las nuestras, les haga replantearse si de verdad deberíamos fiar nuestra política a quien activamente busca que le fiemos nuestra política.

«Roadkill», además de un drama con tintes de comedia negra, es una reflexión antitética a la que planteaba la mencionada «Borgen». Esto es, mientras la última se planteaba cuánta humanidad queda en el cargo, la serie de Hugh Laurie le usa para preguntarse cuánto del cargo depende de la capacidad para ocultar dicha humanidad. De hecho, el paralelismo es tan obvio que si no pestañean mucho podrán ver también por allí a Sidse Babett Knudsen, la protagonista de la serie danesa.