Monchín Triana: la gran figura del fútbol que mataron en Paracuellos

Que su padre fuera el secretario de la Cofradía de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón fue el motivo que se alegó para terminar con la vida del “Rey del regate” y las de sus hermanos

Monchín Triana era una celebridad de la época. Futbolista de talento incuestionable y primer gran regateador del fútbol español, militó varias temporadas en el Athletic de Madrid para después cambiar de acera, vestir la camisola merengue del Real y protagonizar el primer trasvase sonado entre los dos grandes equipos de la capital. Según Santiago Bernabéu, Ramón Triana y del Arroyo era la mejor garantía de espectáculo sobre un terreno de juego. “Si quieren divertirse, vayan a ver a Monchín”, llegó a decir en alguna ocasión.

Llegó al cuadro athletico -aún mantenía el club su primera denominación- con sólo 17 años. Era 1919. Desde el principio, sobresaldría por su capacidad técnica, por sobrarle el talento y por encandilar a los aficionados con una novedosa acción que él empleó como nadie. Muy rápido, conquistó el apodo de “Rey del regate” y fue una celebridad de la capital.

Monchín Triana, el futbolista del momento, compaginó la alta competición con sus oposiciones a notaría, se convirtió en hombre de extensísima cultura y fue la figura de un mítico conjunto colchonero conocido como “equipo de los caballeros”. La guerra iba a cebarse con muchos de sus integrantes.

Eran hombres de pelo en pecho, pasión por el balompié y vida plena. Conquistaron los primeros títulos para el Athletic -para el Atleti- y dejaron sobre el césped una viril estela de épica futbolera. En el año 1925, en la cancha barcelonista de Les Corts, un aficionado azulgrana osó insultar al rojiblanco De Miguel, y Triana -lleno de santa ira- abofeteó al hincha ante el estupor general.

Monchín llenó de gloria la casaca colchonera durante casi una década, pero decidió cambiar de aires cuando la institución casi entró en bancarrota y sus poderosos vecinos, desde siempre con mayor potencial económico, le presentaron una oferta difícil de rechazar. El gran regateador, el notario, el delantero de amplia sonrisa y habilidad endiablada, se convertía en actor principal de un trasvase que, seguro, levantaría ampollas y forjaría rivalidades eternas.

Es verdad que sus cuatro años vestido de blanco no fueron tan lucidos como los protagonizados con la camiseta de enfrente, pero fue integrante del equipo que conquistó la primera liga para el Madrid: temporada 1931/32. En ese momento, Monchín estaba ya cerca de la retirada.

Un día antes de estallar la guerra de 1936, el cielo de España mostraba un rojo insólito, como si fuera el espejo adelantado de lo que muy poco después ocurriría sobre unos campos, sobre unas plazas, sobre un país convertido en valle de lágrimas y en campo de batalla. A partir de julio, Madrid fue ciudad de checas y de crímenes horrendos.

Resultó que el padre de Monchín era secretario de la Cofradía de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón, y por eso -por peligroso católico- los enseñoreados milicianos quisieron detenerle junto a sus tres hijos. Todos lograron esconderse hasta que alguien les trasladó una terrible amenaza: si no se entregaban, las víctimas serían las mujeres de la familia. Como ellas también decidieron ocultarse, la casa de los Triana fue arrasada. Al fin, hartos de jugar al escondite -y esperanzados con que la fama de Ramón les salvara-, los hermanos varones claudicaron. De inmediato, fueron llevados a prisión.

El gran Triana habitó la cárcel Modelo, donde coincidió con Ricardo Zamora -otro católico peligrosísimo- y vio los horrores de aquel Frente Popular convertido en turba sangrienta. Una mala tarde , se abrieron los ficheros por la letra M y eso supuso la condena de los hermanos: serían fusilados los presos con apellidos que comenzaran de la M a la Z.

El 7 de noviembre de 1936, un camión atestado de hombres llegó hasta el pueblo de Paracuellos del Jarama. Era otoño. Era de noche. Del vehículo descendieron padres, hijos y hermanos que iban a morir juntos, pero también hombres solos como el falangista gallego Juan Canalejo o Manuel Delgado Barreto, director de La Nación. Los Triana también serían masacrados.

Tras la dramática noticia, una de las hermanas ingresó en un convento y otra volvió a la devastada casa familiar; como en ella encontró a personas refugiadas, prefirió darse media vuelta por no hurtar a aquella gente el único amparo que tenía en el mundo. Y, piruetas macabras del destino y de la historia, uno de los sobrinos de Ramón militaría años más tarde en organizaciones de extrema izquierda y luego, ya fuera de España, combatió nada menos que con la guerrilla nicaragüense.

Desde 1952 hasta 1968, Monchín Triana daría nombre al trofeo a la deportividad que impulsó el diario “Marca”. Entre sus vencedores destacan Paco Gento o Adrián Escudero, figuras de los dos equipos que marcaron la carrera futbolística de un “Rey del regate” cuya vida, tan fecunda y cinematográfica, fue segada por el odio endiablado de un grupo de matarifes.