La fría luz de Rusalka

Eric Cutler (izda.), Karita Mattila (sobre la mesa) y Asmik Grigorian (en el suelo) durante uno de los pases de «Rusalka»La RazónLa Razón

El tema de la criatura sobrenatural que, por amor a un ser humano, renuncia a su status, la tragedia a la que le empuja tal decisión, son líneas argumentales ampliamente utilizadas en la literatura musical de finales del XIX . La contraposición entre la glacial eternidad y la bendita mortalidad constituye el núcleo argumental básico; aspectos irreconciliables que divisamos, de uno u otro modo, en las wagnerianas «El buque fantasma», «Tannhäuser» o «Tristán». Dvorák logró una síntesis perfecta en el tejido musical continuo de la partitura, que no tiene prácticamente puntos de desfallecimiento. El arioso, el aria y un rico y expresivo recitativo componen un «totum» constructivo que otorga unidad al amplio conjunto, en el que se dan números complejos, dúos, tríos, coros magníficos. Se inscriben en una panoplia que mantiene firme y fluida una acción musical y dramática en la que, aquí y allí, aparecen climáticos intermedios orquestales.

Andres Maspero dirige los ensayos del coro en el backstage de "Rusalka". Bernat ArmangueAP

En esta muy larga representación del Real de casi cuatro horas y con una detención en el último acto de 15 minutos por «un problema técnico», ha sobresalido de manera muy especial la soprano lituana Asmik Grigorian, que ha resuelto ciertas pasadas veladuras en su emisión y nos ofrece una voz límpida, cristalina, extensa, homogénea y firme; la de una lírica plena, ideal para la parte de Rusalka. Dio un curso de bien cantar, matizando, expresando, interpretando cada palabra, cada frase. A su lado brilló, aunque menos, el tenor Eric Cutler, a quien hay que alabar que se entregara a fondo, con general éxito, pese a que su timbre, de lírico algo pobretón, no sea del todo grato. Muy valiente, con el «handicap» de que hubo de cantar con muletas a consecuencia de una operación de tobillo.

Ensayo de escena con el primer reparto de Rusalka, de Antonin Dvorák, con dirección de escena de Christof Loy, escenografía de Johannes Leiacker, diseño de vestuario de Ursula Renzenbrink, diseño de luces de Bernd Purkrabek y coreografía de Klevis Elmazaj. "Rusalka", la sirenita de Antonin Dvorak.Monika RittershausEFE

A estupendo nivel el resto del reparto. Sonora y contundente la mezzo –hasta hace bien poco soprano. Dalaiman como hechicera; voluntariosa,

generosa, algo destemplada la ya madurita Mattila como Princesa extranjera; sólido y oscuro, algo forzado arriba, el bajo Kuzmin-Karavaev como Vodnik, el Espíritu de las aguas. Estupendas las tres ninfas, potentes y afinadas. Y más que cumplidor el resto. Como cumplieron con creces la Orquesta y los coros internos al mando de un muy seguro y expresivo Ivor Bolton, que mostró, con sus grandes y revoloteantes manos, su mejor cara, llevando todo en palmitas y logrando momentos de rara exquisitez. Habríamos deseado, pese a todo, un mayor grado de refinamiento tímbrico general y una acentuación más variada.

En lo musical, pues, aplauso generalizado; que nos habría gustado extender a lo escénico. Loy, siempre inteligente, analista, metafórico y explicativo, ha tratado de «actualizar» hasta cierto punto la acción, que juega, como se ha comentado, con elementos sobrenaturales y mágicos, pero no ha acertado porque importantes valores y significados se le escapan. Aquí, al contrario de en «Lulu» y «Capriccio», dos de los grandes éxitos del regista en este Teatro, no se expone una historia realista, una narración lineal, sino un asunto evanescente. Aquí no hay lago, no hay ondinas, no hay paisaje.

Baritone Sebastia Peris porta una mascara en los ensayos de "Rusalka".Bernat ArmangueAP

Todo se desarrolla en el frío decorado grisáceo del vestíbulo de un teatro en el que habitan los restos de una «troupe». Hay bailarinas que van y vienen, rocas en medio de la escena y, siempre, una fría luz clara y diáfana, sin matices ni claroscuros, que únicamente se regula en el triste final, tras el maravilloso dúo de los imposibles enamorados. Se escapa así la dimensión profundamente poética, de un lirismo exacerbado, de la historia. Loy mueve todo muy bien y construye estupendamente una suerte de orgía balletística en el segundo acto. Demasiado aparato. Lástima

De Antonín Dvorák. Director musical: Ivor Bolton. Director de escena: Christof Loy. Intérpretes: Asmik Grigorian, Eric Cutler, Karita Mattila, Maxim Kuzmin-Karavaev... Coro y orquesta del Teatro Real. Madrid. 12-11-2020.