“Un país sin descubrir de cuyos confines...”, o cómo hacer frente a la muerte ★★★★✩

Crítica teatral de “Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero”. Teatro de La Abadía. Desde el 12 hasta el 22 de noviembre de 2020.

Una imagen del montaje "Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero"Archive

Autoría y dirección: Àlex Rigola. Intérpretes: Alba Pujol y Pep Cruz.

Difícil no emocionarse con esta extraña y honesta función si tenemos en cuenta que pocos espectadores habrá ya, salvo quizá los más jóvenes, que no hayan tenido en su entorno más o menos cercano algún tipo de contacto con el cáncer y con su más temido pronóstico, o sea, la muerte. Y de eso va la obra, sin ambages ni eufemismos de ninguna clase. Ya en la introducción se expone muy bien la premisa argumental y dramatúrgica a partir de la cual han trabajado el director y los actores en esta suerte de teatro autodocumental con ingredientes performativos: la actriz Alba Pujol, hija del catedrático de Historia de la Economía Josep Pujol, perdió a su padre en 2019 como consecuencia del cáncer; poco antes de que eso ocurriera, en el periodo en que estaba siendo tratado con quimioterapia, Àlex Rigola se reunió periódicamente con padre e hija para hacerles una serie de entrevistas sobre las cuales levantar este espectáculo.

En el escenario, Alba Pujol hace de Alba Pujol y Pep Cruz da vida a su padre fallecido; pero el director catalán no aborda el material documental mediante una dramatización al uso con estos dos personajes. Se diría incluso que intenta por todos los medios, en el pudoroso manejo del texto y en la fría puesta en escena, que las palabras pierdan su capacidad natural para engalanarse en la ficción; y que quiere mostrar, despojado de cualquier adorno, por eficaz que sea, el pensamiento puro, desnudo, combatiendo con la zozobra, de dos seres humanos en el punto más crítico de su existencia en común: cuando se disponen a saludar, y aun a recibir cordialmente, a la muerte, que ha de llevarse a uno de ellos. A pesar de la asepsia casi quirúrgica con la que está todo tratado, la cosa funciona: la realidad puede ser tan dolorosamente hermosa como el mejor melodrama.

Lo mejor: El pulso del director y los actores para equilibrar las emociones y el pensamiento en un tema así.
Lo peor: Ciertos ritmos y mecanismos propios de la ficción dramática hubieran dado aún más empaque al producto.