Pinceladas de acuarela y óleo

La soprano lírica Elizabeth Watts
La soprano lírica Elizabeth Watts. La Razón

Obras de Mazzoli, Gluck y Beethoven. Soprano: Elizabeth Watts. Orquesta y Coro Nacionales. Directora: Nathalie Stutzmann. Madrid, 11-XII-2020.

Pocos casos tan curiosos como el de la francesa Nahalie Stutzmann. Sorprende que una artista como ella, tanto tiempo dedicada al íntimo mundo de la canción, se haya convertido en una directora prestigiosa y de un oficio impensable hace unos lustros. Su formación musical la avala. Abrió el fuego con «Sinfonia (for Orbiting Spheres)» de Missy Mazzoli, una meditación sonora camerística sobre las órbitas planetarias. Viene a ser una más bien breve pincelada que se inicia, en lo que ha de ser un lento desenvolvimiento, con cuerdas evanescentes, a la manera de un amanecer con reflejos lejanamente impresionistas.

Los siniestros trombones no logran que desaparezca una sensación placentera y bien sonante. Tenues percusiones, acompañadas de la insólita voz de las armónicas, dan fin a la agradable composición. Siguieron unos números de una partitura tan rica y variada, tan danzable como la de «Ifigenia en Tauride», en la que la directora logró crear ambiente, marcando sin una sola duda el ritmo más adecuado en cada caso y dejándose ir en los pasajes más líricos, en los que se alcanzaron momentos de gran finura.

Cantó bien la soprano lírica Elizabeth Watts, cuyo timbre argentino de antaño se ha oscurecido en buena parte, en este caso ayudado por la amortiguadora mascarilla que la cantante no se quitó en ningún momento. Lo mismo que las catorce féminas que integraban el Coro y que se acoplaron perfectamente a las directrices de la batuta, aplicándose en los pianos. Se cerraba la sesión con la siempre esperada «Sinfonía nº 5» de Beethoven. Escuchamos una versión bien ideada, enjuta y poco contemplativa, de «tempi» rápidos y terminantes, una suerte de aproximación híbrida, de rasgos aparentemente clásicos envueltos a veces en aromas románticos. Timbales secos, trompas y trompetas naturales daban un color especial a las texturas. El fatídico comienzo no fue del todo ajustado y, sobre todo, en el «Allegro» inicial, los planos no encajaron y hubo instantes de notable borrosidad, aunque el gigantesco «crescendo», antes de la coda, fue estupendamente construido.

Muy bien acentuado el primer tema del «Andante», que tuvo detalles de calidad, con una elegante exposición del segundo motivo. Buen trabajo de los chelos. Stutzmann no quitó ojo en todo instante al percutivo timbal del eficiente Juanjo Guillén. Relativa claridad en los determinantes compases fugados del «Scherzo» y demasiado fuertes los «pizzicati» que dan paso a la triunfal entrada del «Allegro», a la que le faltó grandeza y amplitud, con las cuerdas ahogadas por el resto y del que se eliminó una repetición. No apreciamos diafanidad en los contrapuntos y en la combinación temática. Furibundo cierre y éxito asegurado.