Tanto

Cuando una puerta se cierra, al menos, dos ventanas se abren. Todos tendremos que convertir la pérdida y el error en ánimo y esperanza

Luis DíazLa Razón

En el siglo pasado hubo en Londres un maravilloso rincón que siempre estaba repleto de gente: la librería Foyle. Invadía alegremente un grupo de casitas desvencijadas pero llenas de encanto en Charing Cross. Su fama era legendaria e internacional en un tiempo en que todavía la gente se apiñaba dentro de pequeños espacios, respirando sin filtros ni mascarillas, y las comunicaciones se hacían a través de mensajes de papel.

Una época en que el sistema de Correos de cada país era una señal clara e indiscutible de su índice de desarrollo. Si el servicio postal era fiable, serio, eficaz…, el país también solía serlo. La librería recibía, en sus tiempos más gloriosos, miles de cartas diarias que llegaban desde los lugares más extravagantes y lejanos de la Tierra.

Era un refugio asombroso. Dicen que sus dueños y fundadores, los hermanos Foyle, decidieron vender los libros que habían comprado para preparar un examen que, después de todo, suspendieron. En vez de dejarse arrastrar por el pesimismo resolvieron convertir en beneficios las cenizas de su proyecto vital
frustrado. Nunca soñaron que tendrían tanto éxito. A veces, los caminos de la vida son retorcidos, enigmáticos, y suele ocurrir que, cuando una puerta se cierra, al menos dos ventanas se abren.

Esta noche, muchos se sentarán en sus casas mirando las sillas vacías alrededor de la mesa familiar. Habrá ausencias en incontables hogares. Dolor, recuerdos emocionantes, rabia y cansancio por una situación que dura demasiado. Añoranza por los seres queridos que ya no están. Son demasiados. Otros compartirán cena con la desilusión, porque este año tampoco les ha tocado la lotería, con la falta que hace. Pero, como los buenos libreros Foyle, todos tendremos que convertir la pérdida y el error en ánimo y esperanza. En fuerza para seguir luchando… Feliz navidad. Pese a tanto.