La izquierda resucita a sus «profetas»

La crisis ha sido presentada por ciertos grupos como una manera de alterar el orden internacional

Calles de Madrid el día en que el ejecutivo ha ampliado el estado de alarma y el confinamiento de la población por la epidemia del coronavirus.
Calles de Madrid el día en que el ejecutivo ha ampliado el estado de alarma y el confinamiento de la población por la epidemia del coronavirus.Gonzalo PérezLa Razón

Una de los asuntos intelectuales más relevantes de la pandemia ha sido la resurrección de los profetas, todos de izquierdas o autoproclamados «progresistas». En Filosofía se distingue el pronóstico de la profecía. La primera es una proyección probable del futuro atendiendo a hechos. La segunda, un anuncio ideológico. La pandemia ha permitido a los profetas «demostrar» el fracaso de la globalización, del «neoliberalismo» y de la democracia liberal que ellos ya habían anunciado. La crisis ha sido presentada por ellos como una oportunidad para transformar al individuo, la sociedad, los Estados y sus Gobiernos, el orden internacional y el planeta entero. Era una revelación natural de que la parusía, la república universal feliz, es posible y estaba cercana.

Solo se trataba de una cuestión de voluntad. Lo han hecho filósofos y sociólogos muy conocidos, como Slovan Zizek o John Gray, pero también periodistas y políticos de izquierdas. Este florecimiento lo cuenta muy bien Arias Maldonado en «Desde las ruinas del futuro»: aprovecharon la ocasión para recordarnos a todos que ellos ya lo habían dicho. El capitalismo, afirman, solo trae males. De hecho, incluso hubo quien escribió que era un ajuste de la Naturaleza con el Hombre, una especie dañina por avariciosa. Los ecologistas se sumaron al coro de profetas. Habíamos creado nuestros propios riesgos, como señaló el alemán Ulrich Beck en 1986, y ahora eran catástrofes que estábamos pagando.

Los keynesianos también vieron que había llegado su turno. Los seguidores de Paul Krugman resucitaron a Keynes para defender que la pandemia demostraba que únicamente el Estado era capaz de salvarnos. El libre mercado es cosa de ricos y oligarcas, un engaño para establecer un modelo insuficiente, el «neoliberal». Era el momento de nacionalizar los sectores productivos, pero desde un «punto de vista sostenible», verde. Todo era cuestión de una economía centralizada y estatal basada en la «justicia fiscal» y la ecología.

Ostracismo eterno

No faltaron quienes publicaron libros y artículos diciendo que las muertes se debían a un sistema sanitario deficiente, como si la falta de previsión o el retraso en tomar medidas como hizo el gobierno de Sánchez no hubieran tenido importancia. Esa deficiencia ya había sido profetizada por dichos escritores, que exigían, ahora con la prueba de la pandemia, el fin de la sanidad privada, el ostracismo eterno de quien defendía un modelo mixto sanitario y la voracidad fiscal para pagarlo todo. La lucha de clases se comprobó con la pandemia: afectaba a los pobres, por lo que era de justicia que los ricos financiaran el sistema de salud. El culpable fue el capitalismo global, clasista, explotador y destructor de ecosistemas. La solución a esto era imponer el socialismo ecologista. Un episodio más en la enciclopedia de los profetas profesionales. Otros vieron en la crisis provocada por la pandemia una revancha de 1989, cuando se desplomó el bloque comunista. Lo presentaron como la «caída del Muro del Berlín neoliberal». El virus derrotó al capitalismo y demostraba que había que imponer fórmulas comunitarias y estatales a las que sacrificar la libertad en aras de la seguridad material. Era la victoria del futuro. Ya escribió Simone Weill que toda esta retórica procedía de un Marx que sometía sus conclusiones a la idolatría del futuro.

No hace falta irse al siglo XIX. Eric Hobsbawm, uno de los historiadores marxistas más reputados, confesó al final de su vida que usaron las categorías marxistas-leninistas para contar el pasado al objeto de demostrar un discurso político. En fin, que no siempre hicieron historia ni tampoco ciencia, sino argumentos históricos para una religión política y conseguir de esta manera la típica profecía autocumplida.

Esos intelectuales «progresistas» han sido los mismos que aplaudieron la suspensión de la democracia y la absorción de poderes por parte del Gobierno para que iniciara una dictadura comisarial, quizá dictadura constituyente, y llegar a través de esta vía a la denominada «nueva normalidad». «Lo viejo», como señalaba el maoísmo durante la Revolución Cultural, debía morir para permitir que «lo nuevo» naciera y resolviese todos los problemas que existían en la sociedad. La cuestión, como cuenta Arias Maldonado en su libro, es si los Gobiernos que asumieron esos poderes los van a devolver y también qué es lo que que van a hacer hasta que se produzca ese retorno. Si se extralimitan, asegura, no sería un control biopolítico o sanitario, sino «un control autoritario a la manera clásica» (pág. 159). En el fondo de las profecías está la guerra de comunicación, el interés de transmitir una determinada visión del mundo, una moral, y un manual de comportamiento que condicione la acción política. Es pronto y estamos demasiado cerca como para ver con claridad el horizonte, incluso para pronósticos fiables.

No hay orden alternativo

El Covid-19 está planteando desafíos médicos, como los que vamos a vivir con la vacunación masiva de la población mundial, desafíos económicos y también desafíos filosóficos y políticos. Manuel Arias Maldonado, después de sus estudios sobre democracia y ecología, estaba bien preparado para recoger este último. Así, aprovechó los meses de encierro para escribir este ensayo, titulado, casi como el de Don DeLillo sobre la respuesta al 11-S, «Desde las ruinas del futuro». En el título hay algo más que un préstamo. Se trata de hacer la crítica de una posible respuesta a la pandemia con la que el siglo XXI se confirma como el de las crisis encadenadas en plazos breves. No es cuestión de rechazar la modernidad ni la globalización. Se trata de comprender la dimensión del acontecimiento, que nos pone en el camino de algo que ya estaba ahí, como es la necesidad de reordenar nuestras relaciones con la sociedad y la naturaleza. Es una de las grandes preocupaciones del autor. También habremos de comprender que de la pandemia no ha surgido un orden alternativo y que no tenemos por qué echar a perder los ideales liberales heredados de la Ilustración. Todavía no somos lo bastante modernos, se podría decir, y si el Covid-19 ha puesto en jaque los sistemas de prevención y de tratamiento, también ha revelado todo lo que del pasado subsiste en nuestras sociedades, ya irremediablemente globalizadas. Como había insinuado en «Antropoceno», Arias Maldonado se adscribe a un liberalismo sin dogmatismos ni nostalgias. Sí queda tocado el progresismo en lo que tenía de creencia en un futuro siempre mejor, que no en el fin de la Historia. Por eso el libro propone, en las páginas finales, una forma de ser ilustrado que el autor llama «pesimista» y que también podemos llamar «escéptica» en cuanto a sus resultados propios y a nuestra capacidad de controlar la realidad.
José María MARCO