“El salto de Darwin”: La guerra y otros tantos absurdos ★★★✩✩

Esmeralda MartínTeatro Español

Autor: Sergio Blanco. Directora: Natalia Menéndez. Intérpretes: Juan Blanco, Cecilia Freire, Olalla Hernández, Teo Lucadamo, Goizalde Núñez y Jorge Usón. Naves del Español en Matadero (Sala Max Aub), Madrid. Hasta el 17 de enero.

Cuando la Guerra de las Malvinas está llegando a su fin, en junio de 1982, una familia recorre Argentina en su coche para esparcir las cenizas del hijo que han perdido recientemente en ese conflicto. Tomando este viaje como pretexto argumental, el autor francouruguayo Sergio Blanco urde una extraña comedia negra sobre la absurda y antojadiza dirección de nuestros designios y, en un plano más profundo, sobre el indescifrable sentido de nuestra existencia. Este entramado conceptual, que puede parecer muy “filosófico” descrito así, se expresa en la historia y en la idiosincrasia de los personajes, sin embargo, de una forma llana, directa y cercana, tanto en lo estrictamente literario como en los códigos dramatúrgicos que emplea.

Cuando Kassandra, una prostituta transexual que asegura haber sido el gran amor del hijo fallecido, irrumpe en camino de los protagonistas, todos se volcarán en ella, en un intento desesperado y patético por devolverse a sí mismos algo valioso. A este sentido puramente metafórico que tiene el personaje de Kassandra hay que sumar el de otros dos igualmente potentes: por un lado, el del espectro del hijo, que sobrevuela de una forma poética toda la acción cantando canciones melancólicas de la época, y que representa la inocencia perdida de manera inexorable por el curso de la calamitosa acción humana; por otro lado, la figura de Darwin, a quien se alude de distintas maneras y cuyas teorías acerca del significado de la civilización se revelan como una demoledora paradoja de la sinrazón con la que nos gobernamos los seres supuestamente racionales.

Bajo una falsa apariencia realista, que se fractura deliberadamente a menudo, Natalia Menéndez se mueve cómoda, entre un humor a veces tierno y otras veces cruel, para mostrar la conmovedora estampa de unos personajes cualesquiera intentando, probablemente más que cualquier otra cosa, hallarse a sí mismos en las procelosas aguas de la vida. Uno de los aciertos de la propuesta es el bonito contraste que logra presentar la directora entre los cotidianos quehaceres de esa familia durante todo su periplo y el marco político y social en el que todo acontece, dominado, como siempre en la historia de la humanidad, por el enfrentamiento y la guerra. Como precioso colofón a la obra, la voz de Aute expresando con clarividencia lo que el espectador ha visto en el escenario: “Ay, amor mío, qué terriblemente absurdo es estar vivo”.

Lo mejor

La mezcla de ternura y estupidez que define a los personajes y, por extensión, al género humano.

Lo peor

El reparto es muy desigual y eso impide que algunas escenas adquieran el debido peso dramático.