Cine

Todo lo que no sabía sobre Marilyn Monroe

La autora ofrece un retrato de la actriz que va más allá del icono sexual y la muestra como una mujer inteligente y moderna.

Marilyn Monroe retratada por Bert Stern en 1962
Marilyn Monroe retratada por Bert Stern en 1962

La memoria de Marilyn Monroe permanece presa de esa campana de cristal que es su estereotipo. De ella sobrevive una imagen burda, de póster en blanco y negro y rubia del celuloide, que, aparte de incierta, articula bien con sus biografías difundidas, pero no con su vida real. La escritora y dibujante María Hesse, que viene de encarar a Frida Kahlo y David Bowie en unos álbumes biográficos con aristas divulgadoras, cierra su primera trilogía de memorias en la editorial Lumen rindiendo tributo a uno de los ángeles infelices más célebres de la meca del cine. «Intento mostrar una imagen de ella que es desconocida, fuera del icono sexual o actriz tonta. Quería mostrar que era una gran lectora, una escritora sagaz y una persona que cada día se esforzaba por ser mejor actriz. Unos aspectos que muchos desconocen aún».

Una de las primeras cuestiones que la autora aborda es el motivo de que nos haya llegado un recuerdo tan tergiversado de ella. «No es algo que le pase solo a ella. A día de hoy, todos somos lo que nuestro contexto nos permite ser. Pero en aquella época, todo era más complicado. Muchos han olvidado que Marilyn Monroe nació justo antes de una crisis económica y una guerra mundial y que estuvo mediatizada por lo que suponía ser una mujer como ella en la década de los cincuenta en Estados Unidos. Intento salir de ese destino, pero... Su vida siempre me ha parecido una tragedia griega. Intentó escapar de aquello que le rodeaba para ser feliz, ser querida, pero, por una cosa o por otra, nunca lo conseguía», afirma la autora.

Ilustración de Marilyn Monroe de María Hesse publicada en su biografía de Lumen FOTO: María Hesse María Hesse

Este volumen explica aspectos que suelen marginarse o dejarse de lado, pero que poseen un enorme valor y peso para evaluar la personalidad de la protagonista de «Con faldas y a lo loco». «Resultaba crucial explicar cómo fue su infancia y cómo le marcaron esos días cuando se convirtió en una persona adulta. Hay que tener en cuenta que fue pasando de una casa a otra, lo que dejó en ella una impresión de ser una niña prescindible. Por esa razón era tan vulnerable y poseía esa necesidad de sentirse querida, y comportarse de una manera honesta y sincera. Poca gente lo conoce, pero en Estados Unidos, el hecho de que fuera huérfana cobraba un valor adicional porque la convirtió inmediatamente en la encarnación del sueño americano: de no ser nadie llegar a ser una estrella de cine. Pero esto también pesa...».

La maldición de las actrices

En este punto comienza su drama, su constante pelea para revelarse como una excelente intérprete, huir de los papeles que coartaban su talento y la encasillaban a unos personajes pobres, todos de parecidos membretes. «Siempre me ha parecido una actriz espectacular. Ella se empeñaba en meterse en papeles serios y era magnífica haciendo comedia. Pero era víctima del estigma que arrastra la comedia: siempre queda la impresión de que no son papeles buenos. La realidad es que más difícil hacer reír que llorar. Sin embargo solo le ofrecían ese rol y le costaba mucho que le concedieran otros personajes que no fueran esos. También hay que recordar que aquella era una época en que el sistema de los estudios maltrataba a todos los actores». Pero Marilyn demostró, antes que otras estrellas, grandes avances para las actrices: «Tuvo la capacidad de romper contratos, de exigir que se los volvieran a hacer, que la subieran el sueldo y que pudiera leer loa guiones. A pesar de eso, siempre regresaba al mismo punto del principio. Se esforzaba, se comía la cámara y cada vez que entraba en plano, la sala se iluminaba. Por otro lado, ella lidiaba desde pequeña con una enorme falta de confianza en sí misma que se potenció debido a la gente que la rodeaba y la tensaba».

María Hesse revindica aquí su figura y denuncia que «se tiene que devolver el lugar que le corresponde. Se la desprestigió de alguna manera. Se la redujo a la parte física, algo que sigue pasando a día de hoy a muchas mujeres. Como no llegó a envejecer, encima se ha perpetuado esa imagen que tenemos de ella. Si hubiera cambiado, hubiera continuado haciendo cine, a lo mejor tendríamos otra imagen de ella, pero murió siendo joven y siendo bella». Este destino de Marilyn Monroe es común a muchos nombres femeninos de Hollywood, como la propia Hesse comenta. Una maldición que Marilyn sufrió en primera: «La belleza te abre las puertas en el mundo espectáculo, pero al mismo tiempo se convierte en una prisión. Es lo que le ocurrió a ella. Marilyn nunca envejeció, pero cuántas actrices de hoy luchan contra el envejecimiento y cuántas se han desfigurado la cara por parecer jóvenes. En cambio a los hombres se les permite envejecer. Son frecuentes los papeles de hombres en la madurez. Incluso se ha considerado atractiva esa edad. El hombre mayor es inteligente, es interesante, tiene atractivo. Pero una mujer, no. El físico fue una prisión para Marilyn. Un caramelo envenenado».

Carta de amor entre el jugador de baseball Joe DiMaggio y Marilyn Monroe, fechada el 9 de octubre de 1954
Los hombres de Marilyn

Pero la vida de Marilyn Monroe también estuvo marcada por sus parejas, como Joe DiMaggio, Arthur Miller y JFK. «DiMaggio era italiano, celoso y familiar. Lo que él hubiera deseado es que dejara de ser actriz y se convirtiera en una ama de casa, pero ella no tenía espíritu de ama de casa. Te pueden querer mucho y quererte mal. Es lo que sucedió con él, aunque después pasaron a ser muy buenos amigos. Él no solo pagó el funeral, sino que la sacó del centro psiquiátrico cuando la encerraron, la acompañó durante toda su vida. Fue un excelente amigo, pero como modelo de relación, lo suyo no funcionó». Otro carácter totalmente diferente fue Arthur Miller, probablemente la persona que más hirió a la actriz. «La despreciaba, la trababa con condescendencia, se aprovechó de ella. Por parte de él existía el interés de lograr su visado porque estaba investigado. También le reportaba reconocimiento estar con la novia de América. La realidad es que la menospreció muchísimo, aunque no la hundió del todo, porque, aunque ella era vulnerable, volvió a resurgir. Para mí, Arthur Miller era el ejemplo de machirulo». En una geografía vital y emocional diferente estaba John Fitzgerald Kennedy: «No tuvo tanta trascendencia como se le ha dado en realidad, pero que mantuviera un lío con él llamó la atención. A su alrededor se ha generado mucha literatura especulativa».

Quien siempre se reveló como un admirador y un defensor de ella fue el incombustible y agotador Truman Capote, que incluso el dedicó unas páginas elogiosas que hoy son un clásico de la literatura americana. «Ella siempre se llevaba bien con los escritores. Capote no era el único que hablaba muy bien de ella. Con muchas autoras quedaba para leer. De hecho existen más fotos de ella leyendo que desnuda. No entiendo por qué a España solo ha llegado una imagen de ella. Ella reconoce que llevaba siempre libros. Y no los llevaba por aparentar. Leía a Withman, a Lorca, los conocía. En su biblioteca, los libros estaban anotados y las páginas tenían las esquinas dobladas».

Moderna y solitaria

Marilyn no solo irrumpió en el cine como un enorme meteorito capaz de cegar a todos los que se encontraban a su alrededor (salvo quizás Jack Lemmon), sino que, también, fue una mujer de una gran modernidad que «vivió su sexualidad» de manera libre, sin complejos, «que no se avergonzaba de salir desnuda, porque ese cuerpo era el suyo» y, además, «lo hacía con una enorme naturalidad, casi apabullante, aunque nunca morbosa. Era moderna y era poderosa, pero eso también puede estar mal visto en algunos círculos del momento». Para María Hesse, Marilyn probablemente nunca se sintió «una mujer objeto, pero sí notó que se aprovechaban de ella». Eso la abocó a una enorme soledad. «Estuvo muy sola, porque muchos se acercaban por el interés. Incluso su psiquiatra. Todas sus relaciones salían publicadas. Ella tenía conciencia de eso y se sentía sola. Estar en Hollywood no era fácil».

Esta sexy imagen forma parte de «La última sesión», las fotos que Bert Stern sacó a Marilyn Monroe para la revista "Vogue"en 1962 y en las que la actriz, días antes de su muerte, accedió a posar desnuda.