La encuesta profética a Primo de Rivera

Esta encuesta es un documento inédito y curioso que encontré mientras investigaba la vida de la fundadora de la Sección Femenina de Falange Española

José Antonio Primo de Rivera
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Pilar Primo de Rivera conservaba a su muerte, acaecida el 17 de marzo de 1991 con 83 años, un divertido cuestionario de veinte preguntas que le hizo a su hermano José Antonio una prima suya, y que éste contestó con todo el desenfado del mundo tan solo trece días antes de cumplir los 17, el 11 de abril de 1920. Tuve acceso a este curioso e inédito documento mientras investigaba en su día la vida y milagros de la fundadora de la Sección Femenina de Falange Española. El «encuestado» dedicó luego a su «encuestadora», cariñosamente, todas sus respuestas: «Tu primo, que te quiere, José Antonio Primo de Rivera».

He aquí, ahora, el «examen» al que fue sometido el joven de modo informal y que, al margen de sus notas irónicas y hasta humorísticas en algunas de sus respuestas, contiene un innegable sentido profético:

–¿Cuántas rubias y morenas te han gustado en tu vida?

–Se me ha olvidado.

–¿Qué te gusta más en la mujer?

–La naturalidad.

–¿Si te casas, quieres suegra?

–Me da igual, sobre todo, si está lejos.

–¿En dónde te gustaría haber nacido?

–En un barco de vela.

–¿Cuál es tu tipo de mujer?

–Todas las guapas.

–¿Por qué país te gustaría viajar?

–Por el Norte de Europa.

–¿Qué virtud crees más necesaria en una muchacha?

–La agilidad.

–¿Qué prefieres: caballo, auto o aeroplano?

–Bicicleta.

–¿Cuál es tu mayor deseo?

–Ser presbítero.

–¿En este momento, con quién te querrías hallar?

–Con N. N.

–¿Prefieres ser cola de león o cabeza de ratón?

–Cabeza de león.

–¿De qué sitios conservas mejores recuerdos?

–De Alfaro, donde estuve de un mes de edad.

–¿Cuál es tu héroe favorito?

–Hernán Cortés.

–¿Quién te ha inspirado más envidia?

–Colón.

–¿De qué edad prefieres a las muchachas?

–De año y medio en adelante.

–¿Por qué lado te gusta tomar la vida?

–Por donde ponen los cartelitos «llevad la izquierda».

–¿Piensas llegar a muy viejo?

–Creo, ¡ay!, que no.

–¿Qué región de España te resulta más simpática?

–Todas.

–¿Cuál es tu «sport» favorito?

–El diábolo.

–¿Cuál es tu mayor defecto?

–La misantropía.

A esas alturas, hacía ya doce años que José Antonio había perdido a su madre, Casilda Sáenz de Heredia, con tan solo 28 primaveras, a los nueve días de dar a luz a su benjamín y casi sietemesino Fernando, el 31 de mayo de 1908. Cinco años atrás, un 24 de abril, Casilda había alumbrado a su primogénito José Antonio, a quien ella llamaba cariñosamente «mi Bodoque» (apodo destinado curiosamente en México a los seres queridos, sobre todo, a los más pequeños), en el número 22 (hoy 24) de la madrileña calle Génova, esquina a la de García de Gutiérrez.

Entre Génova y Jener

Miguel, el segundogénito, y las gemelas Pilar y Angelita vinieron al mundo en el hogar de su tío materno, Ángel, en la calle Monte Esquinza, 15; y Carmen, en el de Orfila, 12 (hoy 10). Situada entre las calles de Génova y Jener, Monte Esquinza estaba muy cerca de la casa donde nació José Antonio. Llevaba el nombre de un promontorio, junto al de Montejurra, en Navarra, donde se libró una importante batalla carlista en junio de 1874.

No resulta extraño así que José Antonio comentase, resignado: «Cada vez que nuestro padre pronuncia un discurso, tenemos que trasladarnos de sitio»; ni que su hermana Carmen, la mayor de las niñas, preguntase muy seria a su padre: ’'papá, ¿cuándo estaremos todos juntos?’'». A su regreso de Barcelona, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja animó a su cuñado Ángel Sáenz de Heredia, casado con Nieves Osio, a instalarse en un piso alquilado justo encima del suyo, en la misma calle Monte Esquinza. Fue así como Nieves Sáenz de Heredia, prima hermana de Pilar, se crió algunos años con ella: sus amas y niñeras las llevaban a los mismos paseos y jugaban siempre juntas. Nieves, mayor que Pilar, evocaba incluso la calurosa noche de verano en que nació Miguel, cuando unos ladrones sustrajeron varios objetos de plata y cuadros del comedor y del salón tras penetrar por los balcones abiertos del piso bajo que ocupaban los Primo de Rivera.

Y, entre tanto, José Antonio ya había tenido tiempo de responder a la pregunta de su prima: «¿Piensas llegar a muy viejo?». «Creo, ¡ay!, que no», vaticinó.