Marilyn Monroe, solo «unas gotas de Nº5»

La fragancia de Chanel es mucho más que una colonia, es el mito de las esencias

Esta imagen forma parte de «La última sesión», las fotos que Bert Stern sacó a Marilyn Monroe para la revista «Vogue» en 1962 y en las que la actriz, días antes de su muerte, accedió a posar desnuda
Esta imagen forma parte de «La última sesión», las fotos que Bert Stern sacó a Marilyn Monroe para la revista «Vogue» en 1962 y en las que la actriz, días antes de su muerte, accedió a posar desnuda

En 1921, Gabriel Chanel, la hija de una lavandera y un tendero, ya era el fenómeno Coco Chanel con tiendas en París, Biarritz y Deauville. El olor a jabón de su infancia determinó que buscara lo nunca olido hasta entonces: «Una mujer que huela a mujer». Antes que llegase la revolución Inditex a nuestras vidas, Chanel escucha a sus ricos clientes para venderles lo que demandan. Los ricos y su mente abierta le dan las pautas hacia dónde va el mundo del lujo. Les escucha quejarse del olor espeso a pachuli de sus amantes, como un hedor desagradable pegado al cuerpo. Y si algo tiene Chanel es un desapego a las reglas sociales. Tiene amantes, conduce su Rolls Royce y usa los pantalones con la misma soltura que se libera de corsés.

Cuando supo de la existencia de un perfumista atrevido como ella, que utilizaba aldehídos, cuerpos sintéticos extremadamente volátiles que usados con moderación le dan aire a las notas florales, para crear perfumes, Gabrielle sabe que es su hombre. El perfumista ruso Ernest Beaux y ella enseguida se ponen de acuerdo, tan solo le pide que use mucho jazmín de Grasse, la materia más lujosa del momento. Beaux, inspirándose en el frescor del Círculo Polar, crea varias fragancias que numera, del 1 al 5 y del 20 al 25. Cuando Gabrielle huele la muestra 5, no lo duda: «Huele bien, se parece a mí, es impúdico, ligero, carnal y perdurable». En 1921 nace el Nº5. En la historia de la perfumería hay un antes y un después de él. A todos pilló por sorpresa, pero ella ya había anunciado que quería dar a la mujer una fragancia «artificial, fabricada. Un perfume de mujer con aroma de mujer».

En verano de 1921 llega a Montecarlo acompañada por el primo del Zar de Rusia, el Gran Duque Dimitri, para participar en una de esas exquisitas reuniones sociales de la Costa Azul, donde también se encuentra al pintor español José María Sert y a su esposa Misia. Cocó les adelanta que lanzará una colonia distinta a todas. Ella, que es sombrerera y diseñadora, se introduce en el mundo de los perfumes para revolucionarlo. Cuando está en sus manos, tiene muy claro su método de promoción y, como siempre, es diferente a las pautas de la época.

Chanel, allí donde va, rocía con su perfume las estancias, los desfiles y restaurantes a los que acude. La pregunta es la esperada: «¿A qué huele?». Quizá, su mayor lanzadera llega en 1954, cuando le preguntan a Marylin Monroe qué se pone para dormir, la actriz, pícara, responde que «solo unas gota de Chanel Nº5».

También el envase ha sido un icono artístico. Warhol no duda en hacer una serie de nueve serigrafías y el frasco reposa en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Ese primer Nº5 lleva más de 80 componentes, sin nota dominante, pero con una gran riqueza floral, reforzada por los volátiles aldehídos. Domina el ilang-ilang de Comores, el Neroli, los jazmines de Grasse y la rosa de mayo, con notas amaderadas de sándalo, vainilla o vetiver. De la primera creación de 1921, el perfumista Jacques Polge, que es contratado en 1979 por la Maison Chanel como nariz exclusiva de los perfumes de la Casa, hace una reinterpretación del nº5 en 1986 creando el Eau de Parfum.