¿Fue la Inquisición un invento de los Reyes Católicos?

Para entender el controvertido asunto del Santo Oficio es preciso remontarse a su implantación en Castilla

"Santo Domingo presidiendo un Auto de Fe", de Pedro Berruguete
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Para entender el controvertido asunto del Santo Oficio es preciso remontarse a su implantación en Castilla. Comprobaremos así que su nacimiento no fue precisamente un invento de los Reyes Católicos. En tiempos del rey Juan II de Castilla, y en concreto en 1442, tuvo ya la Inquisición una intervención firme en un caso de herejía. Sucedió en Durango, donde aparecieron los primeros brotes de un movimiento herético. El obispo de Santo Domingo de la Calzada llevó a cabo el proceso y condenó como herejes a los acusados. Certificada la autenticidad del procedimiento, el monarca ordenó que se les aplicase la pena capital: unos fueron quemados en Durango, otros en Santo Domingo de la Calzada y un tercer grupo en Valladolid, donde residía la Corte. El promotor y jefe de esta corriente herética era el fraile franciscano Alfonso de Mella, quien al enterarse de la apertura del proceso logró fugarse de Granada. Existen fundadas sospechas de la implicación de los llamados judíos conversos en el movimiento de Durango, a juzgar porque el 8 de agosto de 1442 el Papa Eugenio IV dirigió al rey de Castilla, obispos, nobles y demás autoridades la bula «Dudum ad nostram», exhortándoles a cumplir y hacer cumplir las prescripciones del derecho.

La reina de Castilla María de Aragón, esposa de Juan II y madre de Enrique IV, envió por iniciativa propia a dos monjes del monasterio cartujo de las Cuevas de Sevilla, Fernando de Torres y Rodrigo de Mella, al reino musulmán de Granada para que convirtiesen a los sacerdotes, religiosos y laicos que habían apostatado. Los cartujos designados por la reina de Castilla recibieron del Papa Eugenio IV facultades de «inquisidores», lo cual llevó al historiador del convento de La Rábida, Ángel Ortega, a manifestar que en la bula «Exigit sincerae devotionis affectus» (16 de septiembre de 1442) podía apreciarse «un verdadero precedente del Santo Oficio».

Suele considerarse a la «delegación del Papa Nicolás V al rey don Juan II de Castilla», de 1451, como el antecedente más importante del establecimiento de la Inquisición en Castilla. Entre 1449 y 1451, Juan II vaciló sobre cómo actuar ante los disturbios de Toledo. Animado por las peticiones que se le hacían y por los informes recibidos, el Papa Nicolás V urgió de nuevo el cumplimiento estricto de las normas canónicas en relación con los judíos y conversos. Concedió incluso al obispo de Osma y al vicario del Obispado de Salamanca la facultad de actuar en las causas de inquisición contra los conversos, en una muestra palmaria de la tendencia hacia el Santo Oficio centralista con intervención del rey. ¿Y qué era eso, sino un precedente de la Inquisición?

Adeptos al rey

Puede afirmarse, sin temor al error, que Enrique IV elevó a la Curia Romana en 1461 la primera petición formal para establecer la Inquisición en Castilla, no al estilo medieval, sino al moderno. Pidió así al Papa la facultad de elegir él mismo a los inquisidores, nombrados luego oficialmente por el obispo de Cartagena y el nuncio de Pío II, Antonio Giacomo de Venier. Su deseo le fue concedido, con la particularidad de que el nuncio fuese inquisidor general con poder de nombrar inquisidores delegados entre personas adeptas al rey. Aunque los planes no se ejecutaron, es otro precedente interesante de la nueva Inquisición. Como escribe Tarsicio Azcona, «se estaba creando una fortísima corriente de opinión que la exigía [a la Inquisición] imperiosamente». Entre tanto, la Inquisición de tipo pontificio seguía sin funcionar. Los nobles y prelados presentaron por eso al rey un Memorial redactado en Cigales el 5 de diciembre de 1464. Era la célebre Concordia entre Enrique IV y los Grandes del Reino, quienes, tras constatar el gran número de judíos «conversos» y el grave peligro que representaban para la fe cristiana, pidieron al monarca que empleara todo su poder para eliminar la herejía, animándole con la propuesta de que los bienes de los herejes pasasen al Fisco Real. El plan había sido bien meditado y su ejecución era urgente para los representantes del pueblo castellano. Pero el desgobierno de Enrique IV sería la causa principal de que la situación siguiese casi como estaba.

De todas formas, la misma Concordia y algunos castigos aislados impuestos como consecuencia de la misma dispusieron el ambiente para que se pensara seriamente en una pronta y definitiva solución al problema de los falsos conversos. Y así ganó adeptos la idea de la nueva Inquisición en Castilla.

La denuncia del Papa

Ya en el primer año de reinado de Isabel y Fernando, cuando se hallaban éstos en plena guerra defensiva del territorio nacional contra el invasor portugués, el Papa Sixto IV denunció públicamente en unas Instrucciones a su legado y nuncio en Castilla, Nicolao Franco, el criptojudaísmo de los falsos conversos. Este aviso del pontífice a su legado constituyó una fuerte llamada de atención a los Reyes Católicos contra el peligro de los falsos conversos. Pero entonces, como decimos, se hallaban los monarcas más preocupados por la invasión de sus propios territorios que por la situación religiosa. Solo cuando la guerra tocaba a su fin, durante el viaje de Isabel a Extremadura y Sevilla en la primavera de 1477, pudo apreciar la reina sobre el terreno el gran número y la peligrosidad de los falsos conversos. Los informes recibidos por los Reyes Católicos a su llegada a Sevilla debieron ser muy alarmantes.