Cine

Muere Jean-Claude Carrière, legendario guionista francés que dio verbo a Buñuel

Trabajó con Godard, Milos Forman, Louis Malle, Jacques Deray, Andrzej Wajda, Fernando Trueba y Haneke. Falleció a los 89 años “mientras dormía”, según ha confirmado su hija

Jean-Claude Carriere
Jean-Claude Carriere FOTO: ISMAEL HERRERO EPA

Era la pluma que andaba detrás de obras maestras dirigidas por los más grandes en una dilatada carrera que ha sido la viva historia del cine y el teatro de la Francia del siglo XX. Jean-Claude Carrière, una auténtica leyenda reconocida con un Óscar de honor en Hollywood, fallecía el lunes a sus 89 años en su casa del barrio cabaretero de Pigalle, en París, mientras dormía. La prensa francesa le define al unísono en sus obituarios como, ante todo, un extraordinario narrador, término que él mismo utilizaba para presentarse. El impresionante listado de nombres de sus encuentros artísticos podría sintetizar a la perfección la magnitud de su figura. Desde Alain Delon hasta Romy Schneider, pasando por Jean-Paul Belmondo, Milos Forman o Jean-Louis Barrault.

Pero si hay un nombre grabado a fuego en su trayectoria, ése es el de Luis Buñuel, con quien colaboró durante casi veinte años. Juntos firmaron los guiones de nueve proyectos, seis de los cuales se ­convirtieron en película: «Belle de Jour» (1967), «El discreto encanto de la burguesía» (1972), «El fantasma de la libertad» (1974), «Ese oscuro objeto del deseo» (1977) y «La vía láctea» (1969). La complicidad con el director aragonés fue inmediata desde el momento en que ambos se conocieron, allá por 1963 en el festival de Cannes. En aquel momento, tal y como Carrière relataba, Buñuel andaba buscando un guionista que conociese bien la Francia de provincias para «Diario de una camarera».

El flechazo se produjo en aquella primera comida juntos. Buñuel preguntó a Carrière si bebía vino, a lo que éste respondió: «No sólo lo bebo, sino que también lo hago». Aquella fue la primera de las 2000 veces que comieron juntos, según la memoria del propio Carrière, que decía que las contaba. Y desde entonces, Jean-Claude fue la sombra de Luis. Su pluma y su amigo. Una complicidad de casi dos décadas que dio lugar a obras maestras como la citada «Diario de una camarera» con Jeanne Moreau, en la que Carrière también interpretaba el papel del cura, «Belle de jour» con Catherine Deneuve en su papel de culto de Séverine y que consiguió el León de Oro en Venecia, y «El discreto encanto de la burguesía» con el actor favorito de Buñuel, el inolvidable Fernando Rey. De aquellas jornadas con Buñuel, Carrière contaba que si en una de ellas «no reían al menos 3 veces, era una jornada perdida» y que ambos sintonizaban con aquello de «no tomarse demasiado en serio» la vida.

Desde la derecha, Maureen O’Hara, Jean-Claude Carrière, Hayao Miyazaki y Harry Belafonte
Desde la derecha, Maureen O’Hara, Jean-Claude Carrière, Hayao Miyazaki y Harry Belafonte

Director de solo un corto

Nacido en 1931 en la pequeña localidad de Colombières-sur-Orb, cerca de Montpellier, creció en un hogar humilde de viticultores y desarrolló desde pequeño un enorme gusto por la escritura en la escuela pública, símbolo por excelencia de la República del que él se sentía un producto. Graduado en literatura e historia, se inició en el mundo del cortometraje como director en 1961 con «Rupture» y un año después logró el Oscar al mejor cortometraje por Heureux anniversaire, junto a Pierre Étaix. En 1969, Jean-Claude Carrière llegó a ganar el Premio Especial del Jurado en Cannes por su propio cortometraje «La Pince à ongle», antes de acabar con su carrera como director y poner su talento al servicio de los demás. Y esa fue la clave de su vida. Guionista estelar, Carrière encarnó una excepción en el cine francés, tan marcado por el modelo impuesto por la nouvelle vague, donde el director casi siempre era el autor de la película. La lista de directores a quienes acompañó es memorable y sólo por citar un puñado: Jean-Luc Godard («Salve quien pueda, la vida»), Milos Forman («Valmont»), Louis Malle («Milou en mayo»), Jacques Deray («La piscina») o Andrzej Wajda («Danton»). Ya en el tramo final de su vida, colaboró con Fernando Trueba («El artista y la modelo») o Michael Haneke («La cinta blanca»). Además, firmó las adaptaciones de «La insoportable levedad del ser», a partir de la novela de Milan Kundera, y «Cyrano de Bergerac», en la versión de Jean-Paul Rappeneau que protagonizó Gérard Depardieu en 1990. A esa lista de créditos en el cine, que abarcaba casi 150 títulos, cabe sumar su trayectoria en el teatro, muy asociada al nombre de Peter Brook y escribiendo una docena de obras donde destacó la adaptación de «La Tempestad» de Shakespeare, obra por la que recibió un premio Molière. Repasar toda su producción es un ejercicio de prolijo surrealismo.

FOTO: Archivo/Crespo EFE

Su vida también estuvo marcada por el amor a las culturas orientales y a la práctica del yoga. Solía compartir su trabajo con su esposa Nahal Tajadod, una escritora iraní, con la que tuvo una hija nacida en 2003, Kiara. De su primer matrimonio, con la pintora y actriz Augusta Bouy, casada a los 20 años, Jean-Claude Carrière tuvo otra hija, Iris. Bibliófilo, apasionado por el dibujo, la astrofísica y el vino, como quedó demostrado en su primer encuentro con Buñuel, Carrière seguía muy activo en los últimos años de su vida pese a los problemas de salud. En 2018 escribió un último ensayo, «El Valle de la nada» y en 2020 cofirmó el guión de la película «Le sel des larmes» («La sal de las lágrimas») de Philippe Garrel.

Próximamente se le rendirá «un homenaje» en París y será inhumado en su pueblo natal, en Colombières-sur-Orb. Una forma de volver a los orígenes tras una vida cargada de encuentros formidables que se tradujeron en colaboraciones sublimes que Carrière deja para la eternidad.