Interiorizar Brahms

El pianista Joaquín Achúcarro durante una entrevista en Leioa, Vizcaya
El pianista Joaquín Achúcarro durante una entrevista en Leioa, VizcayaMiguel ToñaEFE

Obras de Brahms. Piano: Joaquín Achúcarro. Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Auditorio Nacional, Mdrid, 16-II-2021.

Este pianista bilbaíno Joaquín Achúcarro es, desde hace tiempo, y a sus 88 años, toda una institución. Sus muchos lustros de carrera, su profesionalidad sin tacha, su labor docente, su bonhomía y, sin duda también y sobre todo, su arte maduro, su conocimiento –el que da la experiencia y el estudio-, su entrega y su capacidad pare penetrar en los intríngulis de la música que toca lo hacen grande.

“El piano puede cantar, contrariamente a lo que creía Stravinski. Pero para hacer cantar al piano tenemos que ‘cantar’ por dentro, hay algo en nuestro interior que sale a través de las manos, llega al piano y del piano al público. Quizás ese ‘cantar por dentro’ lo puedo asociar con lo que Celibidache me dijo un día: ‘todo pasa por el diafragma’, o Picasso diciéndole a Rubinstein que ‘pintaba con el estómago’.” Estas aseveraciones del propio pianista nos explican a las claras la óptica dese la que acomete sus interpretaciones y evidentemente se unen a factores como el fraseo, la articulación, la necesidad de traducir lo planificado, con todos los parámetros bien medidos.

Achúcarro siempre pretende ahondar en los pentagramas. Lo hemos podido comprobar de nuevo en este recital, en el que, como le gusta, micrófono en mano –hasta que dejó de funcionar–, nos explicó sucintamente algunas de las particularidades de las obras programadas. La primera fue la juvenil “Sonata nº 3 en Fa menor op. 5”, una obra deslumbrante y enérgica, con arrebatos líricos maravillosos. En ella se encontró el artista con algunos problemas de digitación, de precisión y de ejecución, con ocatavas inseguras; lo que no es raro considerando su edad.

Claro que eso nos importó relativamente, pues a pesar de todo la composición se nos explicó estupendamente gracias al dominio del claroscuro, al control de dinámicas y a la sustanciosa manera de abordar los pasajes más líricos, con lo que, por ejemplo, la dimensión liederística del “Andante espressivo” –tan admirado por Wagner– pudo ser reproducida en toda su dimensión. Excelente elaboración del “crescendo” postrero. En el tan schumaniano “Scherzo”, con algunas notas perdidas por el camino, advertimos la dimensión danzable y en el sorprendente “Intermezzo” (“Rücblick”) avistamos el dolor con esas cuatro notas similares a las del tema del destino de la “Quinta” de Beethoven, como bien comentó el artista.

Algunos pasajes borrosos en el “Rondó” final no impidieron que el segundo motivo fuera bien cantado y que la “Sonata” acabara en belleza, puede que un poco lánguidamente. Belleza y hondura que se alcanzaron en mayor medida en los cuatro “Intermezzi”, dos de la “op. 117” y dos de la “op. 118”, que sonaron bien cincelados, hijos de un pianismo muy interirorizado y de una magnífica comprensión de lo escrito. Lo que podemos extender a la recreación de la “Rapsodia en Sol menor op. 79 nº 2”, donde no hubo problemas para el cruce de manos. Achúcarro conservó suficiente energía para rematar adecuadamente la obra.

Luego, ante los cariñosos aplausos de un público que casi colmaba las localidades disponibles, ofreció tres bises, a cuál mejor: “Claro de luna” y el “Preludio” ”Fuegos artiificales” de Debussy y otro “Intermezzo” de Brahms; en “Si bemol mayor”. Una soñadora canción de cuna.