Fructíferos paralelismos

La orquesta saluda al final del espectáculo del Auditorio Nacional
La orquesta saluda al final del espectáculo del Auditorio Nacional
Obras de García Abril, Montsalvatge y Stravinski. Nancy Fabiola Herrera, mezzo. David Afkham, director. Focus Festival. Auditorio Nacional, 5 de marzo de 2021.

En paralelo a la programación habitual, con sus ciclos complementarios, este mes la Orquesta Nacional (que, por cierto, cumple 80 años de existencia) alumbra una nueva iniciativa, cuidadosamente preparada por Félix Palomero, Director técnico de la entidad, y Alberto González Lapuente, musicólogo y comisario: un breve y enjundioso Festival, que se presentó a la prensa el pasado día 2 de marzo.

Se han proyectado tres conciertos en tres viernes consecutivos con el fin de pintar el cuadro de una situación de la que se trataba de salir. Una especie de páramo que era el de la música española de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, en los que se vivía un poco de las rentas de las creaciones casticistas y neoclásicas, con una afición y una profesión aún de espaldas en cierto modo a las corrientes más modernizadoras y todavía sumidas en el pozo negro del exilio.

La primera de las tres sesiones tuvo lugar el día 5 de este mes. En ella, con los comentarios previos de una musicóloga cuyo nombre ignoramos, se reunían tres obras, dos de ellas clave en el firmamento de la música de la primera mitad del siglo XX: las “Cinco Canciones negras” de Montsalvatge y la “Sinfonía de los Salmos” de Stravinski. La tercera en liza, mucho menos conocida y programada, era el “Concierto para instrumentos de arco” de Antón García Abril, una composición de 1962 que se alejaba ya en buena medida de las corrientes más avanzadas de la época, que el músico conocía y había experimentado, para buscar aguas más templadas y más propias, en las que, de todas formas, se establecían coqueteos con la atonalidad en la línea de un maestro como Petrassi.

“Largo”, “Allegro con brio”, “Lento” y “Allegro” son sus cuatro movimientos, en los que tienen lugar juegos diversos, contrapuntos, imitaciones, en una escritura que nos acerca episódicamente, de manera menos agresiva, a Bartók. Un paisaje muy aleado del que años antes había dibujado Montsalvatge en sus “Cinco canciones”, en las que los aires antillanos nos mecen y nos aproximan a una atmósfera colorista y embaucadora, que fue estupendamente servida y recreada, con su refinada tímbrica y su sinuosa rítmica por una orquesta flexible y afinada, bien planificada por Afkham, y por el encanto de la voz de mezzo lírica de Nancy Fabiola Herrera, cálida, sensual, expresiva, a través de un muy musical balanceo y un sutil empleo del portamento.

Afkham, que dirigió con precisión y claridad la obra de García Abril, nos obsequió con una muy buena versión de la “Sinfonía de los Salmos” de Stravinski, en la que todo funcionó desde los secos y perentorios acordes inaugurales hasta el dulce “Aleluya” postrero, aunque no siempre se lograra la total diafanidad de líneas. Pero la intensidad, los contrastes dinámicos, el canto en su mayor pureza, aun sin llegar al grado de exquisitez y espiritualidad deseables, alcanzaron gran nivel con la colaboración del Coro Nacional, que sigue su línea ascendente, y una Nacional en buena forma, de acuerdo con la disposición instrumental establecida por la mano creadora, que da a los vientos –muy entonados- el mayor de las protagonismos.