Bocetos wagnerianos
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Ahora que exageradamente han vuelto a nuestras vidas los términos fascismo y nazismo, me viene a la memoria que hace unos meses tuve de ojear unos manuscritos de Wagner y, entre ellos, una especie de borrador en prosa sobre «Wieland der Schmied». El personaje pertenece a esa mitología nórdica que tanto gustaba al compositor. Conocido también como Völundr, fue un herrero y artesano con una tremenda historia de venganza y muerte.

El texto de Wagner se centra en el rescate de la princesa alada Swanhilde, herida por una lanza, a cargo del herrero. Ella deja a un lado sus alas y su anillo mágico de poder y los enemigos de Wieland le roban dicho anillo, secuestran a Swanhilde y destruyen su hogar. El herrero es esclavizado por un rey y obligado a crear joyas para él y su familia, pero acaba vengándose decapitando a sus hijos varones, violando y asesinando a la hija. Völundr fabrica dos cálices de plata con los cráneos de los príncipes y se los regala al rey, y a la reina le da piedras preciosas con los ojos y dientes de sus hijos. La historia continúa con su huida volando gracias a una capa alada. En cierto modo, vemos en este esbozo de libreto concomitancias con personajes de las óperas wagnerianas. El mismo Wieland nos recuerda al infortunado Alberich.

Este boceto, de veintitrés páginas, está escrito en tinta marrón y fechado en 1850. Wagner quiso componer una ópera para París cuando no podía estrenar en su país a acusa de su activismo político e, incluso, aunque en vano, solicitó a Berlioz –cuyo «Romeo y Julieta» le había entusiasmado– y a Liszt su colaboración. Al final, todo quedó en el tintero. Sin embargo, Oskar Schlemm tomó el esquema de Wagner para un libreto al que el compositor Ján Levoslav Bella añadió la música entre 1880 y 1890. La ópera fue finalmente estrenada, bajo el título «Kovác Wieland», en Bratislava, en el Teatro Nacional Eslovaco, el 28 de abril de 1926, dirigida por Oskar Nedbal, en una traducción al eslovaco de Vladimir Ro. Fue la primera puesta en escena de una ópera original en eslovaco.

Mas la historia no termina aquí. Hitler, gran admirador de Wagner, tuvo la idea de escribir una partitura sobre el mismo tema cuando apenas contaba veinte años. August Kubizek, compañero de cuarto, lo contó en sus memorias tituladas «El joven Hitler que conocí». Al parecer, se dedicó con intensidad e incluso diseñó trajes y escenarios, pero musicalmente no pudo pasar del preludio. Sus conocimientos musicales apenas consistían en unos meses de clases de piano. Quizá por ello admiró aún más a Wagner y en «Mein Kampf» relató la impresión que le dejó «Lohengrin» a los doce años.

Ya ven las vueltas que puede dar la vida. Lo que desconocemos es el motivo por el que Wagner desistió de convertir en ópera ese boceto.