Karajan, peculiar retrato

Fue, además de un director a quien admiré y admiro, una persona muy compleja, profunda y a veces casi infantil

El director austriaco Herbert von Karajan
El director austriaco Herbert von Karajanarchivo

Enfrentarse a la lectura de una biografía de alguien a quien se ha tratado no es siempre fácil. ¿Será verdad todo lo que se cuenta? ¿Describirá toda la verdad? ¿Qué se ocultará? Herbert von Karajan fue, no ya un director a quien admiré y admiro, sino alguien a quien tuve la suerte de poder tratar en el terreno personal. Leone Magiera, autor de este libro publicado por Fórcola y colaborador estrecho de cantantes tan famosos como Mirella Freni, Luciano Pavarotti o Piero Cappuccilli mantuvo una amplia relación con el maestro entre 1963 y 1988, desde el debut de Freni en la Scala con «Bohéme» hasta un «Don Giovanni» salzburgués.

He devorado de un tirón sus doscientas sesenta páginas, porque están escritas de una forma llana y, sobre todo, amena. Tan sólo algún breve aspecto técnico se desvía de ello. No se trata de una biografía al uso, sino de un retrato a modo de retazos, anécdotas y opiniones. No hay un orden cronológico, ni una relación de sus logros más importantes, porque se circunscribe a trasladarnos la relación que existió entre ambos, tanto profesional como humana, entrando en todo tipo de detalles. Desconozco si todo lo que cuenta será cierto. Por ejemplo, jamás oí el apodo de «Gran gitana» a Montserrat Caballé, pero sí que tuve ocasión de vivir algunas de sus anécdotas. En especial los problemas entre Carlos Kleiber y Renato Brusón en el «Otello» del centenario en la Scala, que acabaron con una pelea en un camerino, un puñetazo que recibió Plácido Domingo y la sustitución de aquel maravilloso barítono por otro no menos impresionante: Piero Cappuccilli. Poco tenía que ver con Karajan esta historia, pero es una de las muchas cosas de las que Karajan y Magiera «cotillearon» y es que a Karajan le gustaba esto. También es cierto el cotilleo sobre la «Anna Bolena» de Caballé en la Scala, un hecho que a mí me costó el único disgusto que tuve con mi querida Montserrat. Entonces sí intervino Karajan, para sugerir a Cecilia Gasdía como sustituta.

Muy interesantes son sus observaciones sobre el modo de trabajar de Karajan, su precisión, afán de perfeccionismo… todo aquello que a Magiera le hace calificarlo como el más grande director de su época. Sus relatos sobre el modo de abordar cada frase de «Otello», «Bohéme», «Carmen», «Don Carlo», «Siegfried», etc. no tienen desperdicio. En este peculiar e interesantísimo retrato no está toda la verdad, aunque se insinúen cosas en las que obviamente no desea profundizar. Karajan era una persona muy compleja, profunda y a veces casi infantil. Logró hacer que me dejasen entrar sin corbata en el Ritz en los años sesenta, conocí su cuarto de juegos en su casa de Anif y Eliette, su mujer, se sonrió cuando, años después y ya fallecido el maestro, le recordase nuestros encuentros en un club de Saint Tropez. Mucho queda aún por contar de quien fuera un divo, pero también un ser muy humano, que descansa ahora eternamente bajo una modesta lápida en el pequeño cementerio de Anif.