Música

Raffaela Carrà: espagueti glam

La artista italiana supo hacer que canciones simpáticas creadas desde un lugar geográfico bastante pequeño encandilasen a todo el mundo

La artista Raffaella Carrà (nacida Raffaella Maria Roberta Pelloni) posando en el año 1983
La artista Raffaella Carrà (nacida Raffaella Maria Roberta Pelloni) posando en el año 1983 FOTO: Mondadori Portfolio Mondadori via Getty Images

Cuando en 2013 se estrenó «La Gran Belleza», la oscarizada película de Paolo Sorrentino, su primera escena devolvió a la actualidad el repertorio de Raffaella Carrà. Esa primera escena es antológica: quizá una de las fiestas mejor filmadas de toda la historia del cine. No escatima en nada; cámaras «slow motion», ecos fellinianos, remixes digitales y, en medio de todo, las avasalladoras canciones de la italiana, a medio camino entre lo extravagantemente lumpen y lo irresistiblemente lúdico. Durante dos décadas (los 70 y los 80), encaramada en lo alto de dos esculturales piernas de bailarina que enfatizaba con orgullo, Carrà facturó toda una serie de canciones de éxito instantáneo, estribillo pegajoso y rudimentaria simpatía que representaron en lo musical algo parecido al equivalente de los westerns cómicos italianos de Terence Hill y Bud Spencer. Y eso que ella rechazó el cine. Es decir, una cosa hecha en un lugar muy pequeño del globo terráqueo, con sus propios códigos de diversión, pero que inexplicablemente llegaba a todo el mundo.

Carrà era en esencia un producto profundamente televisivo, si entendemos que hablamos de la televisión de la época de los setenta, con sus programas de variedades, sus ballets de plató y sus canciones del verano. El dominio que lograría como banda sonora de las verbenas y fiestas veraniegas se alargaría por ese camino hasta la década de los ochenta, pero lo más interesante del fenómeno (sea musical o sociológico) se halla en esos seminales años setenta. Porque, ahora que está de moda la visibilización y el empoderamiento, hay que recordar que, en el origen de sus primeros éxitos de esa década, podemos encontrar los rasgos, tallados a hachazos, de la primera transgresión que fue el glam-rock de 1973. Su primer éxito internacional («Rumore») estaba construido con los falsetes y los ritmos tribales de ese momento musical. Era un momento de cambio que proponía tanto andróginos como Gary Glitter o David Bowie, como mujeres poderosas y agresivas del estilo de Ann Margret o Suzi Quatro. Carrà hizo su elaboración a la italiana copiando la querencia indumentaria de Margret y Quatro por aquellos monos ajustados de una pieza que, lógicamente, exigían para ser exhibidos unos cuerpos mínimamente esculturales.

Cuando vio que ese movimiento de transgresión erótica «low cost» decaía como vanguardia popular, Carrà no dudó en orientarse hacia el efectivo erotismo de paella. Su populismo era ingenuo y torpemente halagador («para hacer bien el amor hay que venir al Sur», decía unos de sus estribillos de supremacismo pobre) pero mezclando malicia ingenua o, no se sabe muy bien, ingenuidad maliciosa, consiguió que el público conectara con una alegría cuya convencional ramplonería era parte del juego cómplice. Lo significativo es que consiguió moverse con dignidad durante años en ese terreno tan difícil, donde lo televisivo, lúdico y musical discurrían por un filo finísimo que bordeaba, sin caerse, lo tóxico y lo populachero. La mejor muestra de que fue capaz de hacerlo dignamente es el cariño y los verídicos lamentos que ha concitado su desaparición