Roberto Calasso, el último intelectual

Muere a los 80 años un editor y ensayista clave de las letras europeas de las últimas décadas

Roberto Calasso dominaba el francés, el inglés, el español, el alemán, el griego y el latín
Roberto Calasso dominaba el francés, el inglés, el español, el alemán, el griego y el latínAnagrama

Como editor, ha sido uno de los más importantes en Europa durante las últimas décadas, como presidente (desde 1999) y director literario de Adelphi desde su fundación en el año 1962, habiendo creado un catálogo formidable repleto de grandes autores y obras. Como ensayista, llevó el género a unas altísimas cotas de erudición, profundidad y elegancia, como saben bien en Anagrama, la editorial en la que publicó la mayor parte de sus escritos en español, casi una quincena, caso de «Los cuarenta y nueve escalones», «La literatura y los dioses», «Cien cartas a un desconocido», «La ruina de Kasch», «Las bodas de Cadmo y Harmonía» o «La Folie de Baudelaire». Hablamos de Roberto Calasso, nacido en Florencia, en 1941, y fallecido en la ciudad donde residía, Milán, ayer a los ochenta años.

Precisamente, en el mencionado sello barcelonés, a inicios de año aparecía un libro suyo, titulado «Cómo ordenar una biblioteca», que constituía una curiosa reflexión sobre la relación que el lector establece con los libros desde diversos puntos de vista; ello llevaba a Calasso a presentar su pasión bibliófila acerca no solamente de cómo ordenar, sino cómo editar, escribir, comprar, vender y, sobre todo, leer las obras literarias. «Un viaje a la civilización del libro, una autobiografía involuntaria, una reflexión sobre un posible futuro para las librerías y bibliotecas», dijo de este trabajo Nicola Lagioia en el periódico italiano «La Stampa». Y es que, ciertamente, se dice que la biografía de un editor son los libros que ha sacado adelante, y Calasso es ejemplo paradigmático de tal cosa.

Desde muy joven este intelectual tuvo claro que su destino sería libresco, pues no en vano su abuelo había fundado una editorial y su padre era profesor de Derecho. Calasso estudió literatura inglesa en la Universidad de Roma La Sapienza, y fue alumno de otra leyenda del academicismo trasalpino como Mario Praz, que le dirigió su tesis doctoral, dedicada al escritor renacentista inglés Thomas Browne. En 1968 se casó con la también escritora suiza Fleur Jaeggy, y en los cincuenta años siguientes se consagró a la lectura, la edición, la escritura de ensayos y sus clases; por ejemplo, Roberto Calasso realizó un curso en la Universidad de Oxford a partir de uno de sus temas sin duda preferidos, la relación entre la literatura y los dioses, y cuyo contenido acabó en un libro de 2001.

Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, y merecedor de varios premios, como el Europeo de Ensayo Charles Veillon en 1991 y el Formentor de las Letras en 2016, Calasso ha tenido un final de vida en la semana en que han visto la luz, casualmente, dos libros autobiográficos suyos: «Memè Scianca», sobre su infancia en Florencia, y «Bobi», las memorias de Roberto Bazlen, creador con Luciano Foà de la editorial Adelphi. Quedan estos escritos, y todos los que fue publicando entre nosotros, a destacar, uno en concreto, «El ardor», obra producto de su pasión por un texto de hace unos tres mil años: un tratado sobre ritos védicos de casi dos mil cuatrocientas páginas y que «contienen pensamientos inevitables desde siempre, que sin embargo raramente han encontrado acogida en los libros de filosofía».

De tal modo que Calasso era capaz de explorar unas líneas milenarias para concluir que son «un antídoto poderoso para la existencia actual», pues en ellas se buscaba la «verdad»; todo lo cual se manifiesta en diversos «gestos» que según él sobreviven todavía hoy en la India entre gentes que, sin embargo, ignoran su origen.

Y hablando de la búsqueda de la verdad de este grandísimo autor italiano, mencionaremos otro texto clave en su trayectoria, «K.», y que únicamente puede pertenecer a aquel que buscó lo auténtico de manera obsesiva, Franz Kafka. La obra de este era analizada hasta llegar al meollo de la creatividad literaria, a su génesis lingüística, por parte de un Calasso que centraba su atención en «El proceso» y «El castillo», percibiendo enigmáticas e innumerables conexiones entre los dos libros. El elegante editor florentino, en un rasgo muy suyo, apenas veía la necesidad de plantear sus análisis aludiendo a recursos biográficos. Este procedimiento era demasiado simple para una figura como la suya, pues siempre optó por consagrarse a la pura y tangible literatura. De hecho, de él se podría decir lo que el autor checo escribió una vez de sí mismo: «No soy nada más que literatura»..