Historia

Thomas Ince y Randolph Hearst: el tiro por la culata de diamantes

El magnate ridiculizado en “Ciudadano Kane”, habría cometido un asesinato hacia el blanco equivocado tras intentar descubrir las infidelidades de su amante

Tras un aparatoso incidente provocado por los celos, Randolph Hearst le arrebató por error la vida al director Thomas Ince
Tras un aparatoso incidente provocado por los celos, Randolph Hearst le arrebató por error la vida al director Thomas Ince FOTO: La Razón (Custom Credit)

La cinta de «Ciudano Kane» (1941) comienza con una mano que deja caer una bola de nieve y los labios del magnate que pronuncia una misteriosa palabra antes de morir: «Rosebud». El resto es un analepsis sobre la vida fabulada del inventor de la prensa amarilla R. H. Hearst realizada por Orson Welles. Hoy es del dominio público el significado íntimo de «Rosebud», y no el trineo infantil de Kane que arde en el plano final.

Hasta tal punto estuvo Hearst dispuesto a defender su Xanadú privado que provocó un incidente mortal por sus celos enfermizos de su más preciada propiedad privada: la actriz Marion Davis. Los protagonistas del drama fueron pocos aunque llenó de figurantes el impresionante yate Oneida para que se entretuvieran a los invitados: actrices, estarletes y gacetilleros de relleno. Una banda de jazz tocaban charlestón durante el viaje a San Diego. La excusa del crucero era celebrar el 44 cumpleaños del director y productor, el pionero del cine de vaqueros Thomas H. Ince, con quien Hearst tenía previsto cerrar un acuerdo con su productora.

El objetivo principal era descubrir si su amante Marion Davis le engañaba con Charles Chaplin, del que sospechaba desde hacía tiempo. Vigilarlos en el impresionante yate Oneida, un antiguo buque de vapor de la IGM, de 61 metros de eslora, era pan comido. El buque zarpó del puerto de San Pedro de Los Ángeles el 19 de noviembre de 1924, y recogió a Thomas H. Ince, el «padre del western», en San Diego, acompañado de su amante Margaret Livingstone. En el yate no faltaba un aderezo de lujo: la esnob inglesa Eleonor Glyn, inventora del «it», el «ello», que hizo famosa a Clara Bow; la cotilla Louella Parsons, que ansiaba que Hearst contratara su columna para sus 30 periódicos y la morralla típica de los locos años 20: actrices y los gángsteres que suministraban whisky y cocaína a Marion Davis para los invitados. Entre el rugido de la jazzband sonaban arias de ópera que gustaban escuchar al magnate. La versión oficial de lo ocurrido esa noche en el Oneida es la que contaron los periódicos, tan escueta como la que Charles Chaplin narra en su «Autobiografía» (1964): «Yo no iba en ese viaje pero… empezaron a circular feos rumores acerca de que Ince había resultado herido de un balazo y que Hearst estaba implicado en el incidente, lo cual era completamente falso. Lo sé porque Hearst, Marion y yo fuimos a visitar a Ince a su casa dos días antes de que falleciera; se alegró mucho de vernos a los tres y creía que pronto se encontraría bien. La muerte de Ince trastornó los planes de la Cosmopolitan Productions de Hearst y la Warner Brothers se hizo cargo de ella».

Debacle del imperio periodístico

En realidad, un chivato le susurró a Hearst donde se escondían los amantes a bordo y allí descubrió a su amante faenando con Chaplin. Hecho una furia, corrió a buscar su revólver de culata recamada con diamantes y, mientras Marion gritaba: «¡que lo mata!», le descerrajó un tiro. Entre la confusión y los gritos, el tiro le dio en la cabeza al director Thomas Ince, dejándolo seco en el acto. Esta versión la recoge Keneth Anger en «Hollywood Babilonia», repetida con ligeras variaciones. Para muy fans, Peter Bogdanovich rodó «El maullido del gato» (2001) sobre este vidrioso asunto. Rápidamente se desembarcó el cuerpo de Ince. El certificado de defunción por ataque al corazón lo firmó su médico personal, la doctora Ida Glasgow, y untando a policías y jueces se incineró el cuerpo del delito. El caso llegó a los tribunales, pero el Juez lo zanjó y declaró muerte natural el deceso de Ince.

Louella Parsons, testigo presencial del asesinato, fue premiada con un contrato de por vida para escribir su columna de chismes en la cadena de Hearst y la mujer de Ince recibió un Fondo fiduciario y un retiro lujoso en Europa, de efecto inmediato. Sin embargo, la debacle del imperio periodístico de Hearst no duró muchos tiempo, pues el crack de la bolsa de 1929 lo arruinó y tuvo que acudir al rescate su amante Marion Davis, que vendió sus joya y posesiones por 1 millón de dólares, que apenas dieron para tapar algún agujero de las inmensas pérdidas del magnate megalómano.

No es necesario ver la recientemente estrenada «Mank» (2021) sobre Herman Mankiewicz, el guionista de «Ciudadano Kane» y amigo de Marion Davis, para descubrir que el misterioso «Rosebud» (pimpollo) al que se refería Hearst no era su trineo infantil sino las partes íntimas y carnosas de la flor de su secreto de Marion Davis.